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Mi viejo, el mar y yo


@|Tantas muertes pudiste vencer, viejo, que tu fortaleza me hizo pensar que eras invencible. Con tus 81 años recién cumplidos, este 16 de febrero, te fuiste. Pero me dejaste muchas cosas. Y solo puedo decir: gracias.

Gracias por enseñarme a ser quien soy hoy. Con muchas de tus virtudes y (por qué no, también) con algunos de tus defectos. Pero orgulloso de lo que me diste y ofreciste durante toda tu vida.

Gracias por inculcarme ese amor por las cosas más sencillas. Hablando de ese amor simple y llano, hay un recuerdo que por estos días se me viene a la cabeza, que habla de nosotros, de mi infancia, de nuestro vínculo: esos veranos eternos de familia en Costa Azul. De verdad, son imborrables, viejo.

Es verdad que casi siempre, y con tu complicidad, terminábamos yendo a Bello Horizonte, porque ahí estaban las “olas más grandes”. El trayecto hasta llegar a la playa era toda una fiesta. Vos te encargabas de que así fuera. Siempre fuiste un gran “constructor de momentos”. Y esas cosas no se olvidan, pá.

Mis hermanos y primos, todos revoloteando alrededor tuyo. Nos hacías atravesar los médanos corriendo (o rodando, literalmente). La felicidad estaba toda entera ahí, en esos instantes.

Yo era, por lejos, el más chico de mis hermanos y primos. Me acuerdo que me quedaba en la orilla porque era peligroso. Vos entrabas con todos al agua, te zambullías y venías a buscarme. Me cargabas a los hombros y te juro, viejo, que no había otro lugar en el mundo donde yo me sintiera más seguro, a pesar de esas inmensas olas que no daban tregua y nos querían revolcar.

Pero siempre ganábamos, porque estábamos juntos, agarrándonos fuerte. Y ese simple hecho, viejo, aunque no lo creas, fue de las mejores enseñanzas que pude tener al lado tuyo.

Miles de otras olas nos trajo la vida años después. Algunas muy amargas y más saladas que las del propio mar. Pero ahí estábamos, como siempre desde que te conozco: juntos haciendo frente a lo que sea. Sé que así tiene que seguir siendo, solo que ahora desde otro lugar. Para vos, un lugar celestial, sin dolor, ni quejas ni paso cansino. Un lugar merecido por lo dado en vida.

Sé, también, que ahora voy a tener que batallar contra el tiempo para que no me robe el recuerdo nítido de tu voz, de tu sonrisa, de tu olor y tus abrazos, porque temo se vayan desfigurando en mi mente. Pero me aferro a tus enseñanzas.

La vida es sabia, pá, y a veces (sin saberlo incluso) nos va preparando y ubicando en los lugares que tenemos que estar. Esto nunca te lo conté, pero también tiene que ver con el mar y con nosotros. Me acuerdo, por el año 2014 o 2015, nos fuimos un Carnaval a Cuchilla Alta.
Yo ya no era ese niño y vos ya no eras aquel joven. Tenías algunas nanas que el tiempo te fue dejando. Pero allá bajamos a la playa, como tenía que ser.

El mar estaba un poco movido. Yo me adelanté para zambullirme y cuando di vuelta, te vi ahí, todavía en la orilla, dudando. En tu mirada noté que estabas inseguro, aunque sonreías para disimularlo, claro. Me acerqué, te tomé del brazo y la cadera, como si nada pasara, y nos metimos al agua.

Fue de esos instantes que son lecciones de vida. Esta vez, era yo el que te sostenía fuerte. A la noche, en el cuarto, lloré por lo que había pasado. Es que “mi viejo”, el de manos firmes, el que toda la vida trabajó duro y nada lo vencía, ahí estaba, ya no tan fuerte como aquellos días de Bello Horizonte, y con el temor a caer.

Esa misma noche, viejo, entendí todo. Entendí que, a partir de ese momento, iba a ser yo tu sostén durante todo lo que te quedara de vida. Que no estaba escrito en ningún lado, más que en la propia naturaleza de las cosas. Que así tenía que ser, porque vos fuiste mi sostén y ahora yo también era el tuyo. Así como lo fuiste del abuelo tata y tuve el privilegio de verlo día a día.

Ese legado que me dejaste, viejo, de amor incondicional, se lo voy a llevar a mis hijos. Son de esas herencias que no tienen precio. Hoy, que lamento no tenerte físicamente, solo deseo una cosa: que ojalá mis hijos sientan por mí lo que vos lograste que yo sintiera por vos. Porque ese día, pá, ya me puedo ir tranquilo. Así como te fuiste vos. Te adoro, tu hijo Gastón.

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