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El libre albedrío


@| El oficialismo ejemplificó la Caja Bancaria por un impuesto eficiente para bajar jubilaciones, pero ineficaz para abatir su déficit porque lo hizo un lustro después con el traspaso de empresas del BPS, y que hoy es un adolescente con “14 años transitorios” a pesar del largo reclamo de los jubilados para derogarlo. Con este pésimo modelo, un afán recaudatorio y un adicional de venganza, se difamó a 7000 militares retirados por la “sangría” causante del “gran déficit” en el Servicio de Retiros y Pensiones de las Fuerzas Armadas, y se proyectó abatirlo con una “transitoria contribución pecuniaria coactiva” que fue aprobada en el senado y denegada al culminar su trámite parlamentario en la cámara baja. 

En el momento sublime de la votación, confirmaron la posición preanunciada y se opusieron al proyecto todos los diputados no oficialistas, por razones de inconstitucionalidad y discriminación, fundamentadas en la lógica, el buen juicio y la opinión oficial y privada de la academia, incluyendo el de la izquierda opositora que también destacó con serenidad, decencia republicana e integridad libre de prejuicios por la historia reciente, el afán recaudador del gobierno y el mal precedente para otras jubilaciones. 

Como la mayoría necesaria para su aprobación exigía la unanimidad de la bancada, se pretendió previamente obligar por “disciplina partidaria” el voto decisivo de un diputado oficialista discorde, con una resolución de la Mesa Política, una declaración de “asunto político” y con amenazas de conspicuos “compañeros”, que seriamente ofendidos por su “rebeldía” querían castigar la “indisciplina” perjudicial a la “fuerza política”.
El carácter autoritario tiene una mentalidad sectaria, lo fastidia la disidencia, lo agravia la rebeldía, lo fanatiza su modelo político con verdades absolutas y lo adueña de la razón. Es habitual en la omnipotencia de la dictadura, pero también puede manifestarse en la democrática mayoría absoluta de un partido, si la detenta con soberbia autovaloración de sus postulados, la infravaloración del entendimiento ajeno y el intransigente rechazo sistemático de la minoría. 

Cuando necesita la unanimidad olvida la ductilidad democrática, se confunde y extralimita, porque transforma su autoridad civil para gobernar en autoridad jerárquica militar. Invoca la disciplina partidaria con la mentalidad de la “obediencia debida”, para “mandar” a los legisladores discordes como si fueran “subordinados” y castigarlos con rigor si desacatan la “orden”. 

También rechaza el “libre albedrío” como potestad civil del ser humano para tomar sus propias decisiones y obrar libremente según sus principios, sin presiones ni limitaciones de cualquier naturaleza y, en ese ambiguo proceder cívico-militar, encadena a los genuinos representantes de la ciudadanía que son los mayores responsables de mantener a la democracia como un sistema de hombres libres. 

Pienso que la condición humana del Gral. Artigas lo identifica con las causas justas sin etiquetas ideológicas y es el hilo conductor para reverenciar el pasado, vivir el presente y soñar el futuro de los Orientales del Uruguay; y que el Artiguismo es: ideario, deber, espíritu para la acción, conducta valiente y consecuente con los principios, humildad, sacrificio, sentimiento de patria y compromiso de los patriotas. Creo que con esta firme convicción, vino desde San Carlos sin cadenas el diputado oficialista vilipendiado por pensar y actuar diferente al resto de su bancada, para votar negativamente el impuesto por inconstitucional, discriminatorio y otras razones expresadas con el sentimiento, la sencillez y el alma noble de un criollo levantisco de cuero duro para la afrenta. Sinceró a su partido mayoritario, revalorizó la democracia, prestigió al parlamento, defendió al Estado con pragmatismo y a sus opresores del pasado con nobleza, y lo más importante, demostró la fuerza de un espíritu libre al servicio de la República. 

No han formalizado una sanción partidaria por su voto negativo, pero muchos “compañeros” las estudian e insisten en desprestigiarlo ante la opinión pública como una forma de sanción simbólica que, según ha expresado, le genera una penosa sensación de soledad. Al respecto, hago mía la frase de un ilustre moralista: “La independencia moral es el sostén de la dignidad. Si el hombre aplica su vida al servicio de sus propios ideales, no se rebaja nunca. Puede comprometer su rango y perderlo, exponerse a la detracción y al odio, arrostrar las pasiones de los ciegos y la oblicuidad de los serviles; pero salva siempre su dignidad. Nunca se avergüenza de sí mismo meditando a solas".

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