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No se les cae una idea


@| No sabemos qué hacer con la basura,
no sabemos qué hacer con la pobreza ,
no sabemos qué hacer con los "ocupas",
no sabemos qué hacer con la delincuencia,
no sabemos qué hacer con los inmigrantes,
no sabemos qué hacer con los refugiados guantanameros y demás infelices,
no sabemos qué hacer con la ¿“insuficiencia”?, de casas habitación. 

Somos tan negados, que derrochamos el dinero, (que debiéramos destinar a educación y salud), en construir viviendas en zonas a las cuales hay que dotar, a precio de oro, de todos los servicios públicos....¡ ya existentes en miles de propiedades deshabitadas y perfectamente urbanizadas!

Es interminable nuestra ciudadana lista de "no saberes".

Por no saber , ni siquiera sabemos qué hacer con el más molesto y a la vez el más sencillo de encarar de nuestros males urbanos: el estado de nuestras calamitosas o inexistentes aceras.

No hay un solo elemento humano ni material que no lo tengamos a mano y en abundancia.

Podemos y sabemos fabricar baldosas. Tenemos y podemos potenciar canteras, yacimientos y procesadoras de pedregullo, arena, cal, cemento (portland), tanto estatales como privadas. Tenemos agua en abundancia. Tenemos buena maquinaria y herramientas de mano (no pocas veces ociosas).

Y lo principal: tenemos gente que quiere, sabe y necesita ganarse el pan decentemente. Sin limosnas ni planes vergonzantes que, lejos de rescatarlos de la miseria, los anulan de por vida.

Démonos una oportunidad de mejorar nuestra sociedad comenzando, al menos, por mejorar nuestras aceras.

Esos mismos seres humanos que hoy duermen bajo cartones su forzada indignidad (y la nuestra) en intransitables veredas sucias y destrozadas, mediante una actividad dignificante podrían constituirse en parte de la solución, no del problema.

El Estado, a través de los Municipios, solo tendría que oficiar de planificador y contralor (y recaudador...) de tal emprendimiento.

Todo vecino podría optar por contratar en formas directa a terceros para renovar su vereda en forma y tiempo razonable.

En caso de indolencia por parte del propietario del frente, el costo de los arreglos se cargarían a sus facturas municipales en cuotas consecutivas, fijas y accesibles.

Y se trata de ciudades enteras (la Capital por lo pronto), no un solo barrio, que reclaman ese mantenimiento.

¿Podemos imaginar la tremenda transformación física, económica y hasta moral que podríamos lograr a partir de aplicar una sola ¡una sola!, de tantas ideas a nuestro alcance, posibles de concretarse con solo sacudir la voluntad política?

¿Cuántos empleos y empresas estables, rentables, decentes y cotizantes, podrían crearse a partir de esa sencilla propuesta?

Las soluciones a nuestros problemas no caerán del cielo ni llegarán de afuera.

Como la felicidad , están dentro de nosotros o en ningún lado.

Tal vez no lo merezcamos, pero tuvimos el mejor maestro, y debiéramos aprovechar sus enseñanzas: Nada debemos esperar, sino de nosotros mismos.

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