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Jornadas del Patrimonio


@|Felizmente desde 1995, nuestro país viene cumpliendo con el saludable ritual de destinar un par de jornadas a celebrar el “Día del Patrimonio”; brindando la posibilidad a nuestra población de disfrutar y conocer espacios y lugares que normalmente no son de fácil acceso.

Resulta importante esta iniciativa que vincula especialmente a todos quienes habitan este territorio con la cultura, y en cierto modo los sensibiliza, al permitirles acceder a espacios donde normalmente no concurren, dejándoles tal vez la semilla de querer volver, de querer investigar, de informarse, en suma: de sentirse parte de una nación que tiene mucho para ofrecer y donde el pasado puede proporcionar muchos elementos de los que sentirnos orgullosos.

Todo ello sin perder de vista que, el ser debe seguir siendo más importante que el tener, pues detrás de los oropeles que puedan apreciarse o de la grandiosidad de los edificios y monumentos que se visiten, existieron en su momento y existen en la actualidad, muchos conciudadanos comprometidos en el trabajo cotidiano y en la necesaria superación permanente que les permitió no solo construir y mantener tales edificios, sino también, hacer realidad con su esfuerzo, muchos de sus sueños.

Año a año, las autoridades públicas responsables han sabido seleccionar a quién dedicar esas jornadas, lo que ha sido un verdadero acierto.

Esta denominación, si se quiere, orienta en buena medida al público, quien por fortuna, podrá realizar las visitas que estime de su interés. Y marca una tendencia, la que seguramente influirá en la concurrencia a uno u otro lugar, donde el disfrute correrá luego por cuenta de cada quien.

Este año, bajo la publicitada consigna “Las ideas cambian el mundo”, el personaje a quien rendimos homenaje fue, nada menos que, José Enrique Rodó, del que se cumplieron ciento cincuenta años de su nacimiento.

Este gran representante de la intelectualidad de nuestro país, pensador, escritor, periodista, docente, político (fue electo Diputado por el Partido Colorado en tres legislaturas) quien recibiera el título de “Maestro de la Juventud de América”, es tal vez el más reverenciado en el nomenclátor no sólo de nuestra capital, sino de cada población del interior del país y, sin embargo, duele reconocer que sea el escritor menos leído. Vaya si Rodó ejemplifica ese cúmulo de valores e ideales que otrora hicieran grande a nuestra República en el concierto de las Américas y el mundo.

Hoy, su pensamiento sigue siendo objeto de estudio en universidades extranjeras y esperemos que este impulso que ha tenido el evocar, tanto su figura como su obra, en las pasadas jornadas del Patrimonio, opere de acicate para que se le lea, disfrute y estudie, más aún en el nuestro.

Pues es, en sus principales obras como “Ariel” y “Motivos de Proteo”, donde Rodó nos brinda su concepción sobre la libertad, alejada de todo dogmatismo, la superioridad del espíritu, del dominio de la razón y el sentimiento, por sobre la irracionalidad del materialismo individualista, poco solidario, competitivo e intolerante.

Ese concepto de libertad en consonancia con la dignidad humana, constituye la fuerza de las ideas que efectivamente son las que pueden “cambiar al mundo”.

Con seguridad, se tendrá que insistir con estudiar a este autor y a su obra, e impulsar el desarrollo de la comprensión lectora y con ello, del espíritu crítico, si es que verdaderamente pretendemos formar futuros ciudadanos en plenitud de sus valores republicanos y democráticos.

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