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Jorge Abbondanza


@|Si algo nos es ajeno, es el día que llegamos a la vida y el día que partimos. Si ese misterio de llegar y partir tuviera una retaguardia segura, racional, filosófica, espiritual o religiosa con el eterno enigma develado, el día a día sería un limbo, una neutralidad más tediosa que papa hervida sin sal ni oliva.

Esta impronta de apertura se explica por mi hermano Martín, quien ayer angustiado me comunicó la partida de Jorge, con quien mantenía contacto semanal.

Por el hecho de que “El Mana” llegó a tierra en 1955, diez años después de quien esto escribe, me permitió hacerle sentir, desde su adolescencia, la pasión por el cine y por la lectura de la crítica de los films; como único camino para que con el acumulado de concurrencias a las salas oscuras (a la cuáles siempre aludía poéticamente Abbondanza, anticipándose al feroz individualismo de la virtualidad), seguida de revisiones de críticos de probado fundamento, uno pudiera llegar a “jugar“ a adjudicar el rango de estrellas que merecía un film, antes del juicio de los expertos y luego de cotejar el acierto o no, del pronóstico amateur efectuado.

En ese ejercicio compartido con Martín obviamente me anticipé, pero “El Mana” alcanzó a sorprenderme con su retribución; por lo menos 15 años atrás, me convocó a cenar en su casa con dos prodigios de la cultura uruguaya con afanes y peripecias comunes: Jorge Abbondanza y Antonio “Taco” Larreta, con quienes tenía asentada una sólida vinculación. Fue una de esas instancias que en el río del tiempo que nunca se detiene, se ocupan unas horas que quedan a prueba del olvido.

Y ahora sí, una clave personal, si se encuentra adecuado el tono y la formulación de estilo de esta carta, se debe al aprendizaje que me permitió desde mis 15 años cumplidos en 1960, la lectura diaria de la Página de Espectáculos de El País, con un “dream team“: Rodríguez Monegal, Homero Alsina Thevenet y Taco Larreta en el podio, antes del arribo, a mediados de los 60, de Jorge Abbondanza, a quien descubrí previamente como crítico de un Semanario de tiraje y llegada minúscula, EL Ciudadano, pero en el cual Jorge ya lucía su sensibilidad y talento.

Voy camino a mis 76 años y Martín a sus 66, franja etaria en la cual todos los que nos sensibilizamos con la esencia de lo que aludimos en estas breves líneas, sentimos con más pasado que futuro la advertencia de Abbondanza, cuando en su tramo final, ya ciego, hace unos pocos meses, tomando un café nos dijo: “Pertenezco a un mundo clausurado”.

Jorge: nos diste mucho en la tierra, como el título de un mítico film latino con Zully Moreno y Arturo de Córdoba: “Que Dios te lo pague”.

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