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Una involución

¿Grosería o espontaneidad?


@| ¿Quién no recurre al uso de las llamadas malas palabras? Las usamos en todo momento ante la menor contrariedad, ante un enojo cualquiera y a veces para ser más enfáticos. Cuando no las usamos, las pensamos. En ocasiones (cada vez menos) cuando se escapan delante de algún extraño/a tapándonos la boca pedimos perdón. Antaño los hombres se cuidaban en presencia de mujeres, si alguno se desbocaba no faltaban las recriminaciones para el imprudente.  

Las malas palabras las conocemos desde niño, cuando las oíamos de los mayores que nos amenazaban con lavarnos la boca con agua y jabón si las repetíamos. Decirlas en la escuela o liceo era exponerse a una sanción grave. Jamás las sentíamos en boca de maestros o profesores, ellos se empeñaban en que aprendiéramos el lenguaje adecuado. Nos decían que el español era el idioma más completo y explícito. En las reglas gramaticales no se empleaban, no era necesario. 

Ni en las letras de los tangos las encontrábamos. Interpretaciones de Edmundo Rivero en el lunfardo más puro están exentas de malas palabras.
Sintiéndome muy lejos de un falso pudor o puritanismo alguno eran normas (hoy en extinción) que con el paso del tiempo cada vez valoro y añoro más.  

Hoy día en la radio, en la TV, están presentes, es cierto, la usa una minoría, pero extrañamente son moneda corriente en los programas más escuchados. ¿Se imaginan Uds. a Omar de Feo, Julio Cabot, Cristina Morán, Américo Torres y muchos otros grandes del éter diciendo palabrotas al aire? Ni Barry las decía que era considerado uno de los más “zafados”. Escuchar las transmisiones de Heber Pinto que con sus metáforas divertía y enseñaba. A Carlos Solé que una vez pidió perdón por lo que consideró un exabrupto al haber dicho “ganaron a lo macho”. Por suerte hay muchos que se mantienen en esa línea.

Ni que decir de la excelencia de un Alberto Candeau que no necesitó de ningún improperio en su discurso demoledor en la proclama del Obelisco. Es que ninguna mala palabra puede tener la contundencia de una frase intencional bien construida o de una sátira ocurrente.

A la prensa escrita aún no ha llegado la moda, en verdad se siguen cuidando las normas. Pero apareció el Twiter para leer al pie de las páginas, donde las palabrotas escudadas en el anonimato están al servicio del insulto más soez. 

Principio tienen las cosas, es así como se empezó a importar modas desde la vecina orilla. A copiar lo chabacano, aquello que se festejaba, que hacía elevar el rating. Para justificar el empleo de palabrotas en muchos se hizo carne la muletilla de que mala palabra es “guerra”, “hambre”, “miseria”, etc., confundiendo insólitamente calamidades con modos de expresión. Otro pretexto para usarlas es el de trasmitir autenticidad. Hablar sin acartonamientos - nos dicen- como si estuviéramos en la mesa del café.
Por supuesto que pasan cosas mucho peores que el uso inadecuado del lenguaje para poner el grito en el cielo, pero en todos los órdenes hay una cosa peor que otra, usando este razonamiento acumulamos justificaciones y así estamos. Y después nos quejamos.

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