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¡Indignación total!


@|Uno se pregunta, muchas veces, por qué, cómo y dónde se produce tanta intolerancia, tanta violencia, tanto malestar, tanta frustración y tanta disconformidad en la sociedad uruguaya.

Bueno, quizá deberíamos remontarnos una vez más a la famosa “teoría de las ventanas rotas”, surgida de los experimentos de James Q. Wilson y George Kelling, quienes desarrollaron la misma, y que, desde un punto de vista criminológico concluye que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden, la falta de autoridad ante los mismos y los abusos, son mayores.

Sí, esa que les dio tantos méritos y satisfacciones, en 1982, al Comisario William Bratton y al Alcalde Rudy Giuliani cuyas políticas policiales, frente al caos y la delincuencia reinante en las calles de New York, se vieron influidas por la teoría que sostiene que los signos visibles de la delincuencia, como el comportamiento antisocial y los disturbios civiles, crean un entorno urbano que fomenta la delincuencia y el desorden, incluidos los delitos graves.

Sugiere, además, que los métodos policiales centrados en atacar los delitos menores como el vandalismo, la vagancia, el consumo de alcohol en público y otros actos reñidos con la convivencia ciudadana ayudan a crear una atmósfera de orden y legalidad.

¡Y todo lo contrario cuando no son atendidos en su momento y oportunidad!

No voy a alargarme describiendo los experimentos en EE. UU. Simplemente voy a aterrizar en las consecuencias de estos graves delitos para los residentes del barrio Cordón, en la ciudad de Montevideo y en este hermoso y tan alabado Uruguay.

Cientos de veces hemos denunciado ante todas las autoridades pertinentes, en este medio y por todos los habidos, los abusos de un grupo de ciudadanos que se concentran a vivir en un asentamiento creado por ellos en la esquina de la calle Pablo de María con Brandsen.

No hay vecino que no se haya quejado y denunciado; no hay medio de comunicación al cual no hayamos acudido; no hay autoridad pública a la cual no hayamos alertado. A su vez, no hay vecinos que no se sientan perjudicados.

El último suceso me tocó a mí, precisamente el 31 de diciembre y para finalizar el año, cuando una femenina (según el término policial) ubicada ahí, me siguió lo suficiente como para, en un descuido, arrebatarme el celular del bolsillo de mi camisa. Por supuesto, hice las denuncias del caso.
Resultado: comencé el año violentado y amargado por una situación en la cual tengo obligaciones, pero no derechos. Tengo obligaciones de pagar todos los impuestos y contribuciones para vivir en una sociedad digna donde se respeten mis derechos. Pero no disfruto de los derechos que deberían brindarme esas obligaciones. Debería tener los “derechos humanos” de cualquier humano derecho. Pero no los tengo.

Ellos, felices tomándose unas cervezas, disfrutando de nuevas compañías femeninas y yo nuevamente empeñándome financieramente para adquirir un bien del cual, sin tener derecho a disfrutar, deberé terminar de pagar. ¡Indignación total!

¡Y uno se pregunta a quién acudir para que no se sigan vulnerando y burlando nuestros derechos!

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