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La igualdad


@|Las palabras pueden ser trampas que esconden más que su significado, su contradicción. Cuando nos referimos a la igualdad, tal vez nos referimos a la diversidad. Es que para que de verdad ansiemos la igualdad partimos de ser distintos, en algún rasgo de nuestra humanidad.

Y esto no es un juego de palabras. Adultos y menores somos todos humanos, pero no somos iguales. Hombres y mujeres todos somos humanos, pero no somos iguales. Perros y gatos son animales, pero no son iguales.

Hay rasgos que nos identifican y por esas diferencias es que precisamos llegar a la igualdad de derechos que es lo que en serio nos hace humanos de verdad.

A su turno, esa igualdad de derechos debe ser un punto de partida para encarar en realidad el cómo hacer efectiva esa igualdad. No hay ley que logre ese objetivo si no reconocemos lo diverso que somos, para descubrir la igualdad que queremos encontrar. Y tampoco el poder ejercer esa igualdad estará sujeta a que todo sea idéntico para todos.

Nos gustan cosas distintas y eso es parte de lo que somos. Y sin eso no habría identidad posible como, para desde esa diversidad, aceptar que otros gustos de otras personas son tan buenos y legítimos como los nuestros.

No se trata de imponer una igualdad que no se entiende como un punto de encuentro entre personas, que sabiendo distinguir su propia identidad es capaz de aceptar la de los otros por más diferente que se vea.

No hay intersocial que cambie esta realidad. Y menos si intenta imponer su vigencia. Eso pasó en el fascismo, el leninismo, el islamismo, toda forma de religiosidad impuesta.

Solo la consciencia de la diversidad es capaz de afianzar la igualdad. Y con ella a la humanidad toda.

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