ECOS
Email:
Teléfono: 2908 0911
Correo: Plaza de Cagancha 1162
Escriba su carta aquí

Hipocresía generalizada

Violencia generalizada


¿Qué tal si nos preguntamos si el acceso a la pornografía de pantalla, fácil e ilimitado a todas las edades, ¡a todas las edades! En que la mujer, como siempre, sigue siendo un objeto de use y tire, tiene algo que ver con el imparable aumento de las agresiones sexuales en grupo o en solitario?
O, ¿por qué ningún medio de comunicación masiva analiza o condena las propagandas lavacerebros y los préstamos «fáciles y blandos»? 

La felicidad prometida se convierte en frustración y reproches mutuos, en amargura, al regreso del viaje de placer a plazos, o cuando no alcanza el dinero para pagar las cuentas del nuevo auto que tan felices nos haría, según el evangelio de Santa Tevé.

El siguiente paso al mutuo reproche y a la frustración, es el odio y, acto seguido, la violencia desatada.

En la desigual batalla, ya se sabe, sucumbe el más tierno a manos del más brutal. Una y otra vez, muere Abel, no Caín. -Mi hijo es un santo. No sé qué pudo haberle pasado...-, se dice, en España y horrorizada, la madre de quien asesinó, delante de sus hijos, a su mujer, a su cuñada y a su suegra. El suegro se salvó, en ancas de un piojo, por no estar presente, no por falta de balas o ira del bestial trastornado .

En Uruguay, desgraciadamente, no nos faltan casos tan truculentos como el citado. Aún se me eriza la piel al recordar las precarias cartas de papel, pizarrón y trapo, del doble homicida de Quebracho. (Triple, debí decir. Se descerrajó un balazo a la entrada de las termas de Guaviyú, ¿lo recordás")
El periodismo al uso da por cerrado cualquier caso de violencia, doméstica o urbana, tras la captura o muerte del agresor. Rara vez -no me atrevo a decir nunca- trascienden los motivos puntuales y el estado psicológico de quienes desencadenan tales tragedias.

Será, entonces, tarea de sociólogos y criminalistas desentrañar y revelarnos, de una buena vez, las pulsiones criminales de tales individuos. Pero mientras no lo hagan, tenemos el derecho, y hasta la obligación, de preguntarnos si tras el incontrolable avance de esta plaga social, no subyace un consumo exacerbado de bienes y servicios superfluos y elitistas, acicateado por la impudicia de una propaganda pensada para todos sin reparar en la distinta capacidad económica de los destinatarios de sus alegres y perversos mensajes .

Perversos, sí.
Porque, si bien tengo derecho a comer un pollo entero yo solo, me vuelvo perversamente indigno si lo hago frente a semejantes que pasan hambre.
Es obsceno crear la "necesidad" de poseer bienes de consumo cuya oferta, pantalla mediante, nos llega a todos por igual y sin excepción, vivamos en una tapera o en un penthouse.

En consecuencia, nos afectarán de diferente manera.

La cacareada igualdad social, la verdadera democracia, mal que nos pese, es un concepto abstracto que, por ahora, solo se ejerce en las urnas.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
volver a todas las cartas