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Hay que cambiar

El mundo en que no vivimos


@|¡Otra vez una muerte civil debida a la delincuencia! Otra vez una vida es segada por acciones criminales dejando a una familia en el caos de la angustia y el desconsuelo, y al resto de la población en un estado de intranquilidad, nerviosismo y terror. Así estamos “viviendo”. Igual que en una inevitable pesadilla, nuestros hermanos, madres, padres, hijos, vecinos o amigos son cada día abatidos por individuos infames que ejercen la acción de matar como si se tratara de un juego diabólico y excitante.

Salimos resignados cada nuevo día a la calle a desempeñar nuestra jornada de trabajo, a hacer los mandados, a llevar a los niños de paseo o a la escuela sin saber a ciencia cierta si volveremos luego a nuestro hogar. Cerramos compulsivamente nuestras puertas y ventanas, subimos al bus o a nuestro coche con desconfianza esperando nerviosamente que de la nada surja alguien con el capricho de matarnos, espiamos sobresaltados a todo aquel que pasa por nuestra calle, miramos hacia atrás por encima de nuestro hombro y nos ponemos en guardia al acercarnos inevitablemente a cualquier individuo que pasa a nuestro lado. Ya no sabemos en qué sitio remoto guarecer nuestras pocas pertenencias y desconfiamos de quien se nos acerca o nos ofrece su ayuda. Hemos dejado de creer en nuestros vecinos, en nuestros maestros, en nuestros amigos y en los de nuestros hijos, y reaccionamos agresiva y violentamente ante cualquier acontecimiento circunstancial sospechándolo como un acto de abuso, amenaza o injusticia. Ya no damos gratuitamente ni nuestra amistad, nuestra solidaridad o nuestro dinero y al revés, tendemos a aislarnos de la gente como medida precautoria. 

¿En qué nos hemos convertido? ¿En qué terrible agujero ha caído aquel país de gente amable y solidaria en que solíamos vivir? ¿Dónde quedó aquel ambiente sereno en que la familia podía sentarse a matear en la vereda y conversar con los vecinos mientras miraba a los niños andar en bicicleta? ¿Por qué ya no nos es posible caminar por la calle sin apretar nuestra cartera con el temor de que en cualquier momento alguien pueda arrebatárnosla? ¿Por qué ya no podemos abrir amablemente la puerta de nuestra casa a quien viene a golpearla porque probablemente vaya a asaltarnos? 

Es muy triste la “nueva vida” que tenemos que afrontar hoy los uruguayos.
Pero, ¿por qué? ¿Cuál ha sido el punto de quiebre que ha desbarrancado aquella idiosincrasia de la que nos enorgullecíamos? ¿Por qué ha tenido que cambiar? ¿Por qué tuvimos que dejar de vivir llevando a cabo un modesto o ambicioso proyecto de vida para pasar a sobrevivir como podamos? ¿Cómo es posible que en un país tan pequeño los delincuentes se hayan apoderado tan fácilmente de la sociedad? 

El sentido común nos dice que no puede ser tan difícil controlar un país de tan solo tres millones de habitantes. Pero claro, el sentido común hoy ya no existe. Y la prioridad en el mundo entero parece ser la distribución equitativa del dinero en lugar de la distribución equitativa del respeto y la honradez. Contrariamente a lo que se ha dado en pensar, las “buenas costumbres” no son un cliché de la antigüedad; son por el contrario una forma de vida que asegura el bienestar y la convivencia pacífica de todos los ciudadanos, así como la represión del mal no es una dictadura prepotente sino una garantía de supervivencia. Ahora, está en las manos de quienes tengan realmente la voluntad de hacerlo el detener esa aparentemente imparable “bola de nieve” y revertir esta situación dramática. Y ojalá que todos y cada uno de nosotros pueda llegar a percibir un cambio drástico del rumbo equivocado que hoy llevamos, antes de que una mano siniestra nos abata sin remedio.

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