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Gobierno y medios de comunicación


@|Los medios de comunicación son herramientas de construcción social y cumplen una función fundamental que no sólo es informar, sino formar.
Si son un medio y no sólo un fin, las noticias no sólo remiten a la actualidad sino a contenidos que dejan de ser verdades absolutas para ser interpretación de la realidad; y, por ello, una versión acorde a quien emite opinión editorial, firma una nota o asume un informe en periodismo de investigación.

Aquí es donde la ley, y fundamentalmente el Estado, deben arbitrar la pluralidad y diversidad de voces en estos medios de comunicación. Justamente, para que el fin no sea dirimir quién tiene razón o tiene la verdad, sino que el fin sea el bien común de una sociedad que se forma y conforma en una comunidad de visiones y opiniones, que nunca deben ser uniformes u homogéneas, sino, por el contrario, expresen en diversidad la unidad de una cultura del encuentro en las diferencias que enriquecen el debate y no que cancelan desde la omnipresencia del Estado, que no es propiedad de una facción partidaria sino la noble herramienta de administración del bien común de una Nación.

Fomentar reglas de juego en la comunicación es función de los gobiernos que respetan la independencia de los poderes que hacen a la esencia de la vida republicana; y no el abuso de poder y la imposición de mayorías automáticas en los ámbitos donde se argumenta la falacia de quien ganó una elección hace lo que quiere y no lo que debe.

En este aspecto preocupa la manipulación con la que se reeditan prácticas autoritarias en el manejo intervencionista de un Estado tomado por un partido para profanar la comunicación social, plural y democrática en una gigantesca herramienta de propaganda partidaria pagada con el dinero público de todos los uruguayos; para además de llevar las prácticas demagógicas y populistas que autocracias, dictaduras y prácticas fascistas de diverso signo a lo largo de la historia, han utilizado para el fracaso anticipado de pretender forjar un pensamiento único y tóxico, en el que se pretende imponer la ficción de un relato como única verdad.

Y así, penosamente proponer que los uruguayos debemos dividirnos y confrontar como si fuéramos enemigos, en lugar de reconocernos como hermanos, que, sin pensar igual, crecemos y maduramos en el diálogo que ofrenda consensos a partir de los cuales nadie cancela sus convicciones ideológicas, pero sí antepone la lógica de una fraternidad que sostiene por igual la ley, que nos hace libres; y la equidad, que nos hará justos.

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