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Festejar y cantar la muerte (Síndrome DMM)


@|Al comenzar un nuevo año hubiera preferido escribir sobre otras cosas, como el retroceso de la pandemia, la vuelta a los encuentros personales, los saludos con abrazos, la mejora de la economía o los nuevos horizontes comerciales que están despuntando.

Pero la nota de El País de un domingo de diciembre a las barras bravas me obliga a reflexionar sobre esto, pues otra vez algo podrido, muy podrido huele en este país y no en Dinamarca, al decir de Shakespeare… “Vamos a cantar más…” fue la respuesta de algunos integrantes de las barras bravas luego de la citación del fiscal Romano a los dirigentes de Peñarol y Nacional al comprobar en las redes sociales la forma de festejos que cada vez se han realizado en forma más ofensiva, agresiva y virulenta. No los voy a repetir, basta que lean las páginas 8 y 12 de Qué Pasa del 19/12/21.

Si esas letras y canciones no son un claro ejemplo de apología del delito, no sé qué hay que esperar para que lo sean. Más allá de que se interpreten de una forma u otra, pienso que son una clara manifestación de algo profundo que se está agravando cada vez más: el síndrome DMM (Deterioro Mental y Moral) que trivializa cada día más la agresividad y se contagia cada vez más de la “cultura de la muerte”.

Resulta que un simple partido de fútbol (o de basketball, porque este deporte también ya se ha cobrado víctimas) tiene que transformarse en una lucha de enemigos implacables que se burlan de la muerte en las filas contrarias y la festejan como el mayor de los logros. Cuantos más puedan morir del otro lado, mejor. A festejar, y si se pudiera, a condecorar a quienes los maten o dejen minusválidos, porque los victimarios deben ser considerados héroes de guerra… Una película tan buena como visionaria (Rollerball, 1975, dirigida por Norman Jewison y protagonizada por James Caan) ya nos anunciaba hasta dónde se puede llegar con el manipuleo de masas; el pan y circo que entretiene y enfervoriza en los tiempos futuros…
¿Acaso alguno de estos gestores de los cánticos piensa en la posibilidad de que en algún momento el muerto pueda ser un familiar o amigo suyo? Sin importar qué camiseta y colores defiende, ¿prevén que un día más próximo que lejano, la víctima puede ser un conocido y querido muy cercano? ¿Cuál es el límite? ¿Tienen estos promotores que trivializan y festejan la muerte la manera de frenar u orientar esta irresponsable escalada de violencia?

Si no lo hacen ellos, alguien debe hacerlo. Con el relato de que las costumbres y las generaciones cambiaron, no podemos caer en una resignación tan indiferentista como imprudente. Ningún deporte, ninguna cultura que se precie de tal y ningún país del mundo se lo merece. Pero si seguimos así y no paramos la mano, desafiando y estúpidamente festejando las tragedias, vamos a recibirlas y se instalarán por largo tiempo.

Un apunte final: esto no se arregla con ilusas sanciones económicas ni con ingenuas pérdidas de puntos. Pero hay que concientizar con firmeza y disciplina, realismo, pragmatismo y esperanza. De lo contrario, todos nuestros descendientes, si llegan vivos, van a sufrirlo.

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