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Fallo judicial

¡La ignorancia, también es un derecho!


@| Días pasados, mi hermana, una muy vocacional maestra y directora escolar ya jubilada, pero que siente de por vida correr la savia de su profesión, me comentó, entre indignada y asombrada, sobre la difusión dada al caso de la niña con el pase a cuarto año aplazada, y la insólita decisión de un juez, ante una reclamación de sus padres, en darla como aprobada.

Y los dos coincidimos en que -según nuestros modestos paradigmas mentales basados en ciertos valores que fueron los que construyeron la identidad de este país- estamos frente a un disparate más! Negar la probidad, la excelencia profesional y la responsabilidad social de nuestros maestros y referentes de la educación, es como volver a la época de la inquisición.

Cómo puede entenderse que, según el abogado de la familia de la niña, “en un estado de derecho cualquier actividad social está sujeta a derecho”, y que según él, “parecería haber una actitud corporativista en que cualquier decisión de los maestros está por encima de la Justicia”. Y en base a esto, un juez suplente del 20° Turno de Familia, tomó la decisión de que la niña pasara de año. Así nomás. ¡¿Un juez?! ¿Delirio profesional? ¿Exceso de judicialización y falta de ubicuidad ante las competencias profesionales en las responsabilidades del Estado? O sea, ¿el derecho no está en que la niña adquiera los suficientes conocimientos como para pasar de grado e ir enriqueciendo en cada grado sus conocimientos, sino simplemente en que pase de grado aunque no sepa ni la mitad del cuento?

O sea, ¿el derecho le da derecho a ser ignorante de por vida? Y algo más que me pregunto, y que no he visto que nadie se pregunte, ¿cómo queda ahora esa niña expuesta a la opinión pública, frente a sus excompañeros y amigos y demás, al quedar al descubierto -tanto su insuficiente preparación para pasar de año -algo que podría ser absolutamente normal en un estudiante (recordemos que Einstein no fue un muy buen alumno) como la supuesta sobreprotección de sus padres, quitándole la necesaria fortaleza personal para enfrentar sus limitaciones, y frente a quienes sí, tuvieron méritos como para pasar de grado? ¿No puede esto hasta ser motivo de bulling por otros compañeros?

¿No puede esto dejar una marca de por vida en esa niña, sabiendo que irrespetando la opinión de los responsables de su educación, le perdonaron su falta de preparación acudiendo a un mecanismo abusivo que en nada tiene que ver con su formación?

Y es que esto se suma, lamentablemente, a otros hechos vergonzosos, impensados en nuestra época de estudiantes, como el que ahora las madres, cuando no están de acuerdo con las recomendaciones escolares, la emprendan a golpes contra las maestras de sus hijos! Mi Dios; ¿qué le pasó a esta sociedad? Y yo voy a insistir una vez más, como lo hice en mi artículo de fin de año: “Entre Brissas, Valentinas, Felipes, y otras vergüenzas”, en que el problema es de educación y de valores. Y sí; está bien que la educación es una responsabilidad principalmente del Estado. Pero, ¿y los valores sociales, que no se agotan en la niñez? ¿También es una prerrogativa única del Estado? ¿Sólo del Estado? ¿El resto de la sociedad simplemente nos lavamos las manos?

Y entonces quizá también, hoy o mañana, un juez pudiera dictaminar que si a los chicos se les antoja mirar películas pornográficas a las cuatro de la tarde, la ordenanza de protección al menor irrespeta sus derechos, porque “en un estado de derecho cualquier actividad social está sujeta a derecho”. De la misma forma que si a mí se me ocurre que la educación no es algo tan redituable para el futuro de mis hijos, en lugar de mandarlos a la escuela normal, los mando a especializarse con un grupo de especialistas en detonar cajeros con gas, para asegurase el pan y la leche familiar! Al fin y al cabo, “parecería haber una actitud corporativista en que cualquier decisión de los ciudadanos está por encima de la Justicia”.

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