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Elecciones internas


@|¿La oportunidad perdida?

Todo parece señalar al Partido Nacional como el partido de la oposición en mejores condiciones de desplazar al Frente Amplio del gobierno. Pero no faltan nubes en ese horizonte. Y ellas provienen aún desde el seno del propio partido. Las frecuentes controversias públicas, dirimidas a través de los medios de comunicación, especialmente entre Jorge Larrañaga y Luis Lacalle Pou, hacen pensar en grietas en las filas nacionalistas a la hora de respaldar a Lacalle en el balotaje de noviembre. Si se pierde la unidad, se pierden las elecciones. Es bueno tenerlo claro. Y ojalá que a todos les importe por igual.

En las elecciones de 2014, en la segunda vuelta (balotaje), Lacalle Pou obtuvo el respaldo de 955.741 votos, incrementando su caudal de la primera vuelta (732.601) en casi 230 mil votos, muy probablemente provenientes del partido Colorado (Pedro Bordaberry tuvo 305 mil en la primera vuelta).

Con los problemas que hubo con la candidatura de Jorge Gandini a la Intendencia de Montevideo (quien ahora niega su apoyo a la Concertación entre blancos y colorados), y la enemistad de Juan Andrés Ramírez con Lacalle Herrera, no es aventurado pensar que en noviembre faltaron a la cita miles de votos blancos del sector de Larrañaga. Basta con comparar las cifras de la primera vuelta de octubre, oportunidad en la que todos los sectores se juegan las bancas de diputados (99) y senadores (30), con las cifras de noviembre, en las que ya solo está en juego la Presidencia de la República. Nada menos. El sector de Larrañaga obtuvo, en octubre de 2014, el 40,7% de los votos del Partido Nacional.

Ese escenario debe estar vivo, grabado a fuego, en la memoria de Lacalle y su gente. Porque si se repitiera en estas elecciones, se arriesgaría conquistar el gobierno de la República, con todo lo que ello implica, no sólo para el Partido Nacional sino también, y principalmente, para los uruguayos todos.
La unidad política de blancos y colorados es absolutamente fundamental.

En términos prácticos, no sentimentales. Si algo se puede tomar de la experiencia del Frente Amplio, formación integrada por más de veinte agrupaciones, partidos y corrientes, es el de la unidad, por sobre todas las diferencias ideológicas y de pensamiento, como herramienta esencial para la conquista y la conservación del gobierno y del poder político.

Estoy firmemente convencido de que los partidos fundacionales, blancos y colorados, tienen, en los temas fundamentales, mucho más en común que discrepancias sustanciales. Es hora de poner en obra las coincidencias. Pero ello es aún más esencial si cabe en el seno del propio partido Nacional.

Y es buena cosa que se empiece a concretar desde ya, en estas elecciones internas. No hay peor cuña que la del mismo palo. En primer lugar, cuidando no profundizar las diferencias entre sectores, ni exaltar los personalismos al límite de lo irreconciliable. En segundo lugar, parece que el ejemplo debe partir de Luis Lacalle Pou, primero cómodo en las encuestas, y del senador Jorge Larrañaga, pero sin ignorar que esa conducta también debe alcanzar a los otros precandidatos.

El empresario y economista Juan Sartori - un fenómeno que sorprende y crece con cada ataque que recibe, hasta colocarse en el segundo lugar-, acompañado por Alem García y la senadora Verónica Alonso, no parece inclinarse a la crítica de sus competidores.

El Intendente de Maldonado, Enrique Antía -acompañado por algunos Intendentes (Cerro Largo, Tacuarembó) que antes estaban con Larrañaga- ha sido más crítico, pero sus posibilidades disminuyen en la encuestas.
Y Carlos Lafigliola es una presencia meramente testimonial de un gran esfuerzo personal en pro de una respetable agenda de principios.

En las elecciones del 2014, Tabaré Vázquez obtuvo 1 millón 134 mil votos en octubre y en noviembre alcanzó 1 millón 226 mil, (superando por 270.259 votos los 955.741 de Lacalle Pou). Es decir que el F.A. creció 90 mil votos de una instancia a la siguiente. Saber quiénes fueron esos votantes es de enorme importancia para el Partido Nacional. ¿Votos independientes (tuvieron 73 mil), blancos disidentes, algunos batllistas (hubo unos100 mil que no acompañaron a Lacalle en la segunda vuelta)? De cualquier manera, cualquiera sea el cristal con que se mire, las elecciones internas en el Partido Nacional deben encararse pensando en junio y en octubre, por supuesto, pero sin perder de vista que el gobierno de la República se juega en noviembre, en el balotaje. Y sabiendo que, sin la unidad interna y la necesaria coordinación con el Partido Colorado, nada tendrá sentido, porque no habrá posibilidad alguna de producir el gran cambio institucional, político, social, cultural, económico y sindical que el Uruguay necesita, reclama y merece.

Se ha dicho que la política es el arte de lo posible. Para el Partido Nacional es hora de demostrarlo.

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