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Disciplina, normas y confianza


@|Es conocida y trivial la frase que dice “la conducta de pocos influye en muchos”. También se sabe que la eficacia de resultados depende mucho más del ejemplo de unos pocos que de la voluntad y fuerza de toda una multitud.

La historia - y a veces también la leyenda - muestra que, en variadas ocasiones, la forma más eficaz de asaltar un castillo muy fortificado era la de colar entre pequeñas aperturas o fisuras a algún joven pequeño, hábil y flaco para que penetrase en el interior de las murallas y una vez adentro, se diera maña para abrir los grandes portones o puentes levadizos para que así pudieran entrar en masa los asaltantes del castillo.

A los que nos gusta mirar fútbol - jugarlo ya quedó guardado en un cajón - puede ser un lindo ejercicio de análisis de comportamientos, culturas e idiosincrasias, comparar la cantidad de faltas cobradas y protestadas por los jugadores uruguayos en relación a los europeos. La proporción debe ser al menos tres a uno. Parece casi una obligación, una necesidad vital e inevitable que el jugador uruguayo proteste, se queje, ponga cara de asombro o de “yo no fui” cada vez que un árbitro o línea le cobra una falta.

En el otro continente, un pitazo alcanza para que todo se detenga y nadie diga ni mu. Se cobró algo y punto; ya está, no se protesta. Si fue acertado o equivocado el fallo no importa, al menos en esa instancia. Se aplicó una norma y se acata. Listo. Por algo y para algo están las normas; y estas se deben respetar. Las protestas, las quejas, los lamentos o enojos no sirven para nada, salvo para mostrar emociones y actuaciones tan aparatosas como inútiles. Entre otros motivos, porque esas reacciones determinan una nueva falta de conducta que puede finalizar con la expulsión del jugador protestón de turno.

Detrás de esta descripción de diferentes conductas deportivas hay algo mucho más general, más profundo y más grave. Me refiero a la creciente anomia, a la ausencia de respeto por las normas que con el deterioro cultural que padecemos se ha venido gestando e inoculando en nuestro país.

Nadie discute el aumento de delitos y rapiñas cometidos contra los funcionarios policiales; algunos hasta han profetizado que las siguientes víctimas serán los fiscales y los jueces, cuestión de dejar en claro que de aquí en poco tiempo, el país quedará en control absoluto de los delincuentes y el narcotráfico, y que habrá que resignarse a ello. Todo muy claro y tranquilizante.

Lo que se pretende destacar, es que este tipo de manifestaciones, equivalentes a cuando es sitiada y conquistada una fortaleza, cuando ya se penetró en sus murallas y la población queda a merced de los atacantes, tiene otros síntomas previos, menos ostentosos, más pequeños pero muy significativos como es el que describimos al comienzo. Las cosas grandes comienzan muchas veces por ser chicas, insignificantes, desapercibidas; ahí está su potencial, positivo o negativo, según las circunstancias.

En el caso que nos ocupa, hay un montón de normas que los uruguayos nos hemos acostumbrado a no respetar antes que las penales: las deportivas, de tránsito; en nuestra forma de hablar y de escribir; en nuestra manera de convivir; en cómo actuar éticamente de acuerdo a nuestros principios, valores, virtudes y actitudes; en la forma de aceptar y tolerar nuestras diferencias. En nuestra manera de plantear y discutir nuestras discrepancias.

Entonces, nada nos debería sorprender. El acostumbramiento a no respetar las normas, del tipo que sean, nos hará cada vez más indisciplinados y desconfiados. Sólo con disciplina y respeto normativo podremos revertir este proceso de desbarrancamiento cultural. ¿Estamos todavía en condiciones de hacerlo? De ello depende algo mucho más importante que un mero partido de fútbol.

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