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¿La democracia en crisis?


@|Macanas. Según “Our World in Data” en 2015 sobre un total de 7.270 millones de almas en el planeta, más de la mitad, 3.850 millones, vivían bajo regímenes democráticos.

A fines del siglo XIX, sobre un total de 1.640 millones de habitantes, sólo 177 millones vivían en regímenes democráticos (8%). Con frecuencia accedemos a concienzudos análisis que, a partir de una percepción por la cual se da por sentado que la gente en general no quiere o no entiende a la democracia, se concluye en que ésta estaría atravesando una severa crisis. Esta opinión, errada en mi concepto, estriba en dos grandes yerros de cuantos analistas la sostienen.

El primero consiste en realizar un análisis atemporal, por el que se omite estudiar qué pasaba con esos mismos fenómenos sociales en el pasado.

Dejando atrás el siglo XIX, ¿qué decir del XX, cuando como sabemos representó el infeliz auge de los totalitarismos: el comunismo, el fascismo, el nazismo? Luego de la 2ª guerra, uno de los polos que protagonizó la sobreviniente guerra fría no sólo era una potencia totalitaria, sino que proponía aún en el plano teórico, la extensión de su modelo dictatorial urbi et orbi. Y más grave aún: capitalizó la entusiasta adhesión de varias generaciones que combatieron por ese “ideal” totalitario.

La otra potencia, siendo la primer democracia liberal moderna, se vio forzada a prohijar dictaduras a lo largo y ancho del continente sudamericano. El fin de la guerra fría y la caída de la cortina de hierro trajeron consigo al este y al oeste el desmoronamiento de decenas de dictaduras de uno y otro signo. Numerosos dictadores y sus secuaces, terminaron en la cárcel o enfrentados al pelotón de fusilamiento, como la oprobiosa dupla comunista del matrimonio Ceausescu. La derecha antidemocrática languidece sin predicamento alguno con su vergonzante recuerdo a cuestas.

El proceso democratizador es más lento en las izquierdas nostálgicas de la revolución sesentista, pero aún así, es innegable que gran parte de la izquierda a marchas y contramarchas se ha ido sometiendo al funcionamiento democrático. Los trasnochados que aun se solidarizan con Cuba o Venezuela pagan grandes costos políticos.

El otro error consiste en la incomprensión de los cambios de época. La democracia plena de ideales libertarios y garantistas del siglo XIX y de la primera mitad del XX fue una democracia de elites. Las masas vivían en la ignorancia, la incomunicación y el aislamiento. Recordemos cómo eran comunicaciones incluso hasta de los años 40 y 50. Los que viajaban eran pocos, los que estaban informados muy pocos y los que realmente sabían poquísimos.

De allí saltamos en apenas algunas décadas, a esta otra realidad en la que cada hijo de vecino, celular en ristre, tiene una audiencia en las redes de cientos y miles. Ellos no leyeron a los padres fundadores. Lo más lógico es esperar cualquier disparate, (retórica antidemocrática incluida) antes que el tratado de un constitucionalista. Pero por verificar la existencia de esos dislates y contemplar incluso las asonadas de violencia que ellos contribuyen a generar, no podemos concluir en que a la gente de buenas a primera se le ha dado por abjurar de la democracia y desea volver a los regímenes de facto.

Por el contrario, el hombre común occidental, vive la democracia de manera tan trivial como la bocanada de aire que respira y percibe a la declaración de los derechos del hombre como vigente desde que hizo su aparición la vida en el planeta.

Es el totalitarismo el que está en crisis, no los estados de derecho ni las democracias.

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