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Crisis en Argentina

Preocupación


@|El Sr. Presidente de la República dijo estar “preocupado” por la situación en Argentina. 

Otro tanto le ocurre a la Sra. Vicepresidenta que se alarmó porque el vecino país haya tenido que recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI).
Como mirarse el ombligo es difícil cuando se desarrolla la barriga – por algo el dicho de Martín Fierro: “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen” – así como el otro “se ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, tendríamos que analizar qué ocurrió en Argentina, así como en otros países de América Latina gobernados por “gobiernos populistas” para tener una predicción de lo que ocurrirá en el nuestro en el mediano plazo. 

En Argentina gobernó el matrimonio Kirchner durante doce años (3 períodos consecutivos de cuatro años) con mayorías parlamentarias absolutas, sostenidas en gran medida por esquemas de corrupción que eran notorios y denunciados desde los primeros años de gobierno y ahora finalmente juzgados en la justicia con una avalancha de confesiones de exfuncionarios e importantes empresarios. 

En Brasil gobernó el Partido de los Trabajadores liderado por Lula Da Silva, que reconoció el uso de métodos corruptos a través del “mensalao” para comprar votos de parlamentarios. Luego siguió el “lava jato”, Odebrecht, OAS y otros casos de corrupción que han abarrotado de funcionarios, parlamentarios y empresarios las cárceles brasileñas. 

En Venezuela el gobierno del Coronel Chávez utilizó los recursos de su inmensa riqueza petrolera para “exportar su revolución bolivariana y su socialismo del Siglo XXI” y es allí donde podemos apreciar en su real medida las consecuencias de la corrupción desmedida que su sucesor Nicolás Maduro y sus acólitos han ejercido sumiendo en la pobreza a su pueblo y provocado una descomunal emigración, comparable a la de un país sacudido por la guerra. 

El Uruguay en su medida – obviamente mucho más pequeño territorialmente – el gobierno frenteamplista también ha aplicado un modelo “progresista”. 

Después de 13 años y medio de gobierno, con mayorías parlamentarias absolutas, en los que durante los primeros años se disfrutó de una bonanza económica derivada de los altos precios de la carne, arroz y soja, llegamos a la actual situación de incertidumbre económica que afronta el país. 

Se planificó el uso de los recursos públicos para sostener a su partido en el poder. Se usó el Mides para “comprar” voluntades de los desposeídos y se incrementó la plantilla estatal en 70.000 funcionarios para ubicar correligionarios. El mayor presupuesto del Ministerio del Interior y para la educación ha tenido el consabido resultado negativo en cuanto a su efectividad. Se han aumentado impuestos y tarifas a límites insostenibles para la industria, el comercio y las familias. A pesar de ello, el déficit fiscal ronda el 4% del producto interno bruto, es decir del total de la producción del país. Se venden millones de dólares por parte del Banco Central del Uruguay para sostener su cotización con el propósito de mantener una inflación – la oficial – que trepa sostenidamente como lo experimentamos con el poder adquisitivo de nuestros ingresos cada vez que realizamos la compra cotidiana. 

La conclusión es que por más grado inversor que nuestro país tenga – que para lo que sirve es para endeudarse un poco más barato que los países que no lo tienen – y que se usa para financiar ese déficit a pagar por las generaciones futuras y no los actuales gobernantes o su partido. 

Esto es algo que se debería tener muy en cuenta al elegir al próximo gobierno, el que deberá administrar la crisis venidera, ¡sí, esa que tenemos cada veinte años…!

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