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A contrapelo


@| La criminalidad es una epidemia que va en aumento. Los ataques cada vez más originales y feroces cobran vidas sobre todo entre la clase trabajadora. Esas vidas cercenadas antes de tiempo son las únicas que no merecen ni protestas ni marchas.

Cada vez aparecen cepas con más anticuerpos ante las siempre tardías medidas de seguridad. Una de ellas lo es la proliferación de cámaras, orgullo de la administración actual. Útiles para espiar estadios y calles, pero una simple capucha de verdugo, uso de la edad media, anula la efectividad de estos instrumentos de última generación, demostrando que por sí solas no son la panacea como pretenden hacernos creer.

Es necesaria una fuerte presencia policial respaldada en el accionar de la justicia que proteja eficazmente al ciudadano normal. Algo similar a lo que ocurre entre otros, en países bajo el dominio marxista.

En materia del combate a los delincuentes -ya se trate de mayores o menores- sería recomendable por lo menos imitar algunas de las bondades de ese régimen (no me refiero a la pena de muerte que impera en China Popular) para tener ese blindaje que han logrado a pesar de la pobreza de algunos y la superpoblación de otros.

Entre los posibles candidatos solamente Larrañaga (estratégicamente apoyado ahora por Sartori) y Novick proponen algo distinto, detallado con precisión, contra esta plaga letal que no deja vivir en paz a tres millones y poco de habitantes. No he leído o por lo menos no han tenido amplia difusión los pormenores de las propuestas de los otros candidatos.

Es más que obvio que el oficialismo ha llegado al límite de lo que puede hacer. Ese límite lo ponen los “marxistas” vernáculos con su postura tolerante y permisiva con los criminales. Es así que no solo fueron adalides del “no a la baja”, para completar eso quieren borrar antecedentes criminales. No quieren encerrar a delincuentes, se oponen a allanamientos nocturnos de sospechosos, se oponen a pedir identificaciones en la vía pública, no quieren que la guardia Republicana vigile las cárceles y otras “perlitas” más.

En resumen, están a contrapelo (interesadamente) con la tolerancia cero que impera en sus metrópolis.

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