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CELADE a la comunidad internacional


@|Ante nuevos enfrentamientos bélicos, la necesidad de reforzar el derecho de la vida como valor supremo.

A lo largo de estos días en que detrás de la suma de problemas que actualmente aflige a la humanidad, detrás de la violencia, la intolerancia, la discriminación, el hambre, la injusticia, la movilización de la ciencia y la tecnología para frenar y reducir la propagación del Ébola, el cáncer entre otras enfermedades, la permanente amenaza de conflictos y tragedias más increíbles en la que se ve envuelta la comunidad internacional; hoy con el asesinato del general iraní Quassem Soleimani y las impredecibles consecuencias que traerá la misma, la paz ya no solo está en juego en la mesa de las deliberaciones, sino la existencia misma de la condición humana limitada, impotente y plena de preguntas, de instintos primarios de inseguridad y de miedos. Nuestro papel no es situarnos de un lado o de otro, sino de hablarles a los líderes del mundo, de lo peligrosa que es esta escalada militar, no por lo fácil que es empezar una nueva guerra, sino por lo difícil de acabarla en estas circunstancias.

Estamos habituados a vivir sufriendo, por lo que una noticia se torna cada día más rutinaria y lo peor, es la despersonalización que se hace del dolor como si estuviéramos atrapados en el tiempo dejando de considerarse como un síntoma de desequilibrio. La guerra, al igual que otras expresiones de conflictividad violenta, constituye un fenómeno de permanente actualidad. Durante los más de 75 años transcurridos desde el final de la Segunda Guerra Mundial tan solo ha habido un mes, setiembre de l945, en que el mundo pareció vivir en relativa paz, luego de que se viera envuelto en llamas y pocos pueblos, por milagro, dejaran de sentir el tormento del fuego en sus propias carnes.

Desde aquellos días, desgraciadamente nada hemos aprendido de la historia, ya es imposible contabilizar los innumerables enfrentamientos bélicos que han producido la muerte de millones de personas, a causa del quebrantamiento cada vez mayor de las leyes y el orden, de la anarquía reinante en muchas partes del mundo, de la ola de crímenes a nivel planetario, de mafias internacionales de la droga y la corrupción, del debilitamiento generalizado de una sociedad en descenso de confianza y seguridad, de una violencia étnica religiosa predominada por una ola de fundamentalismo y del imperio de las armas. Nada más hace suponer que la Tercera Guerra ya se ha instalado hace tiempo y en pleno siglo XXI en camino a una era de oscuridad cediendo ante la barbarie y el desdén humano. El futuro de la paz y de la civilización va a depender de la comprensión y la cooperación entre los líderes políticos e intelectuales de las principales civilizaciones del mundo, donde será necesario dar una nueva dimensión al concepto de vida y por consecuencia al sentido humanitario que es el logro más elevado que ha sido dado y que será dado al conocimiento de todo ser pensante.

El material inflamable está en nosotros, hará falta inflamarlo de voluntad y coraje, porque estos enfrentamientos bélicos no resuelven los problemas de fronteras ni territorios, sí vidas humanas que se pierden, aparte de sitios culturales que no son estéticamente asombrosos por su antigüedad sino que son hogares vivos del pensamiento, diálogo y vida de las comunidades.

La verdadera paz involucra todo un proceso digno de ser vivido como seres humanos. Nuestro deber como occidentales y demócratas, es defender la libertad y procurar la paz. Si el género humano no pone fin a las guerras y a la intolerancia, sea cual fuere su origen alimentado por la codicia del poder, la soberbia, la intolerancia, será la guerra, quien más tarde o temprano, ponga fin al género humano. Ha sonado a esta altura, la voz de alarma para todos nosotros.

De ahí el llamado urgente que hacemos a las Naciones del mundo, a sus líderes, la responsabilidad de mostrar máxima contención y reflexión en estos momentos. El mundo no puede permitirse otra guerra.

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