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La carta perdida


@| Yendo desde Montevideo, entre los pueblos de Reboledo y Cerro Colorado, a la izquierda, ustedes podrán ver una imponente construcción de fines del siglo XIX, que fue la estancia de Pedro Etchegaray. 

Este vasco fue un influyente personaje de la política de fines de ese siglo y principios del XX. 

Gran amigo de José Batlle y Ordoñez, también gozaba de la amistad y confianza del caudillo blanco Aparicio Saravia. 

En esa estancia, en la época de las revoluciones civiles de Saravia, se reunieron varias veces delegados blancos y hasta el propio Aparicio con Etchegaray, que oficiaba de mediador, para a veces impedir un levantamiento y en otras llegar a un acuerdo de paz. Hasta hace pocos años, en un dormitorio, estaba todavía la cama donde había dormido en varias ocasiones Aparicio Saravia. 

En 1904 estalló la última revolución civil de nuestra historia. Fue una revolución en que nadie tuvo piedad de nadie, ni la pidió. El gobierno, dispuesto a todo, armó al ejército con los modernos rifles de repetición y las novedosas ametralladoras que hicieron estragos entre los revolucionarios.
A su vez expropiaba de todo lo que poseían a los revolucionarios, para llevar adelante una guerra sin cuartel. 

Pedro Etchegaray intentaba por todos los medios que se abriera una tregua, con la consiguiente negociación. Se reunió más de quince veces con Batlle, buscando una fórmula de paz. Finalmente, convenció al presidente de intentar negociar en base a condiciones que podría aceptar Aparicio.
Un mensajero, en total secreto, partió de la estancia de los Etchegaray a encontrar a Saravia y entregarle la siguiente carta de parte de Pedro Etchegaray. “Mi muy apreciado amigo: esta guerra está enlutando a todos los uruguayos, es un pedido de todos y de nuestra patria, que finalice con honor para ambas partes. Le pido que se reúna conmigo en mi estancia, donde le mostraré lo que el presidente ya aprobó. El mensajero, de total confianza mía, tiene un salvoconducto de Batlle, para usted poder llegar en seguridad. Lo espero. Un abrazo de su dilecto amigo”.

Cinco días después el mensajero consiguió llegar al lugar donde estaba el ejército revolucionario. Los dos bandos estaban cansados de matarse.
Aparicio ordenó que le dieran comida y ropa seca al mensajero y se retiró a su tienda de campaña a leer la misiva de su amigo. 

Después, salió caminando lentamente hasta llegar al fogón donde mateaban sus principales jefes revolucionarios. Le alcanzaron un mate y después de tomarlo le dio a Muñoz, la carta. Este la leyó y se la pasó al más próximo, hasta que todos la hubieran leído. Nadie hablaba, debían estar pensando en tantos amigos muertos en la batalla de Tupambaé y que esa misiva podía ser la solución para acabar con la guerra. 

Aparicio entendió perfectamente lo que pasaba y volteándose hacia su ayudante, solo le dijo, “prepáreme lo indispensable para viajar y ensille mi caballo”. 

Tres largos días demoró en llegar a Reboledo, a lo de los Etchegaray.
Durante dos horas estuvieron reunidos Etchegaray y Saravia, conversando, con la calma que les daba saber que no habría engaños ni trampas de ningún lado. 
Al final se dieron un largo abrazo y Aparicio, le dijo, “esperemos que sea la paz definitiva”. 

Ya era casi de noche, pero, de cualquier forma, Pedro Etchegaray escribió una carta, que firmaron él y Aparicio. 
Llamó a su mensajero de confianza, se la entregó y le dijo a dónde llevarla.
Ya totalmente de noche, el mensajero partió hacia Fray Marcos, para que telegrafiaran la carta a Batlle. 
Pero, estaban en plena guerra, las tropas gubernamentales desconfiaban de cualquiera que pudiera pasar información al bando revolucionario. Los controles eran estrictos. 
Pasando Reboledo tres kilómetros, en un monte al costado del camino, acampaban ocho soldados, vigilándolo.  
El sargento que comandaba la tropa sintió el galopar fuerte y veloz de un caballo, que venía hacia el retén. 
Dio la orden a los soldados de preparar sus rifles, engatillar y apuntar hacia el camino. 
El mensajero, con la carta de paz, quizás no vio al grupo, ya que la oscuridad era total, o quizás no frenó a tiempo a su caballo.
Se sintieron las detonaciones, los fogonazos en la oscuridad.
Cayó el jinete.
Dos soldados corrieron hacia él, y lo vieron en un charco de sangre, balbuciendo algo, mientras en la mano, apretaba la carta manchada de sangre. 
Como era común en esa época, ninguno de los soldados sabía leer. Solo pensaron en el escarcheo, dividirse las prendas del muerto. El sargento se quedó con el caballo y lo demás lo dividieron entre la tropa.
Se mandó enterrar al muerto. Cuando lo tiraron en la fosa, todavía apretaba en su mano la carta de paz, la carta que hubiera ahorrado miles de muertos de la batalla de Masoller. 
Dos días después, era la mañana en que comenzó el combate de Masoller. Ni Batlle supo de la carta, ni Aparicio se enteró de que el presidente nunca la leyó. El general gubernamental dio la orden de atacar al mismo tiempo en que lo hacían los revolucionarios. Miles de uruguayos murieron ese día, se enfrentaron hermanos contra hermanos y al final también cayó muerto Aparicio, sin saber que la carta yacía ensangrentada, dentro de la mano de un muerto.

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