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Carta a Nin

De una venezolana


@| “Lo que no queremos para nosotros no debemos quererlo para otros” expresó usted hace unos días, en relación a las supuestas elecciones convocadas en Venezuela, en las que, además de existir serias dudas sobre las condiciones electorales, se proponía adelantar comicios de poderes constituidos cuyo periodo constitucional vence en 2020.

No sabe Sr. Canciller la alegría que me produjo esa frase. Puede que algunos llamen a esta postura tibia, otros dirán que es tardía, otros la criticarán profusamente considerándola intromisión (esos que insisten en entender la soberanía en su acepción decimonónica y apartada de los compromisos que, frente a la democracia y los derechos humanos, se han suscrito y ratificado, pero eso es tema profundo para otro día).

En todo caso, me agrada saber que en lo que respecta a Maduro y a su gestión de gobierno, la postura oficial de este país, empieza a distanciarse de aquello que representa un proceder antidemocrático. El problema de mi país no es un asunto de defender a la izquierda, de no plegarse con la derecha, de simpatizar o no con las corrientes de un sector o de hacerse gracia con otros países influyentes en la dinámica internacional.

Esto es un asunto de democracia y de derechos fundamentales como presupuesto de existencia de aquella. Se trata de entender que la democracia no le pertenece a ninguna corriente ideológica, sino que es (o debería ser) el bien más apreciado y mejor cuidado de las sociedades modernas. Lo anterior, supone valentía por encima de simpatías, exige que seamos capaces de separarnos de aquellos que dicen compartir nuestros ideales, si su proceder está destruyendo o aniquilando el Estado de Derecho. Y eso por una razón muy sencilla: el costo de una democracia débil, erosionada o destruida lo pagamos todos, absolutamente todos.

Por eso, me agrada saber que usted no desea para este país lo que mismo que ocurre en Venezuela. En consecuencia doy por entendido que usted no desea que la gente muera literalmente de hambre, que los habitantes huyan en desbandada a los países vecinos, literalmente caminando (como lo hice yo), asumo que no desea que los enfermos renales se encadenen en la puerta de los hospitales en protesta y suplica porque van a morir en breve por no encontrar medicinas (como ocurrió la semana pasada en Venezuela). Estimo que no quisiera que la gente entierre los víveres secos por temor a que entren a robarles lo poco que tienen guardado (como me contó un conocido que están haciendo sus padres) o tampoco quiere que existan centenares de presos políticos y torturados que de paso, no llegan en promedio a los 30 años porque son estudiantes universitarios y lo único que hicieron fue salir a manifestar su descontento, seguramente odiaría que los ancianos mueran de mengua sin acceso a medicinas ni comida y de paso en soledad porque sus hijos y nietos se habrán ido en busca de una vida digna.
En Venezuela no hay democracia, y eso debe estar por encima de cualquier corriente, de cualquier partido y de cualquier simpatía. Bienvenida sea toda postura que entienda eso.

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