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Carlos Julio Pereyra


@|Han pasado varias horas y recién puedo decir que comencé a "digerir" la triste realidad de la pérdida de Carlos Julio. De todo lo vivido en estos momentos difíciles me quedo con una frase que escuché varias veces y que incluso yo dije: "¡parece mentira!".

El que nos escucha de afuera, pensará que estamos locos: tenía 97 años, estaba con su salud muy delicada. Pero además había pasado batallas muy duras años antes: diálisis constantes, la pérdida de Rosita y de amigos de toda la vida, operaciones. Y si nos ponemos a hilar fino, incluso sobrevivió a algunos atentados por defender la democracia.

Entonces.. ¿por qué parece mentira?

Parece mentira porque pienso que cuanto más vive una persona, uno va creyéndose eso de que es inmortal.

Él era muy fuerte; de todas salía, y se reponía con firmeza. Uno de mis primeros recuerdos en Lamas es verlo subir las escaleras a días de ser operado de la cadera.

Pero además, va a a ser muy difícil imaginar el futuro sin el Profesor.
Ese que siempre tenía la palabra clara. El que siempre daba consejos valiosos. El que nunca dejó de trabajar, de crear, de escribir, de planificar, de opinar y criticar. El de la mirada profunda y el oído atento. El del humor inteligente y despierto. El del carácter fuerte y exigente. El que iba a Casa de los Lamas siempre. El que se sentaba en su despacho y (con la excusa de pedirnos algún mandado) llamaba a los más jóvenes, nos servía un cafecito y nos daba charla... nosotros felices y honrados y él - como buen viejo sabio - se nutría de lo nuevo, se actualizaba.

Nunca dejó de ser profesor, siempre amó rodearse de jóvenes.

Será difícil imaginar un nuevo aniversario del Movimiento de Rocha sin él. Pero más difícil será imaginar el desafío de un gobierno blanco sin Carlos Julio: él fue garantía de honradez, de ética, de transparencia, de defensa de las instituciones y de la democracia. La muestra clara de que en Uruguay no hace falta pertenecer a una noble familia para permanecer en el sistema político.

De origen humilde, le ofreció al país su carisma, su tiempo, su compromiso, su solidaridad, su honestidad e incluso su vida. Y el país se lo reconoció.
Capaz de discrepar con otros correligionarios, y de ser blanco, pero blanco díscolo, como nos gusta a los rochanos. Capaz de dar batalla a gobernantes de todos los colores en democracia y en dictadura. También fue una figura de diálogo, de puertas abiertas, de encuentro y de unión. Ojalá su solo nombre siga funcionando como faro. Ojalá su Movimiento de Rocha sea valorado como bastión de esas virtudes y funcione como refugio de la rebeldía nacionalista, que a veces siento perdida. Ojalá el gobierno entrante no olvide las lecciones que nos enseñó el Jefe.

Por todo eso parece mentira. Porque una persona como él, va a hacer falta, porque jamás pasó desapercibido, por ser tan generoso y por sus ideas claras.

Me quedo con la profunda alegría de haber formado parte de su vida. De pasar largas horas de charlas interminables. De mis eternas jornadas tratando de poner orden en una biblioteca que nunca tuvo remedio. De las decenas de libros que me regaló y de su apoyo para que termine mi carrera.
Del orgullo que me generaba y genera que todos tengan solo palabras de elogio hacia él. De mis inolvidables meriendas en su casa, con Rosita.

Alegría de haber podido poner un granito de arena para que las Cartas de Wilson vieran la luz. De acompañarlo, junto a la familia que formé, en largas tertulias y asados que a él le hacían tanto bien y a mí me reconfortaban el alma. Lo consideraba mi amigo, pese a la distancia etaria.
Mucha gente pasó por su vida, algunos no tuvieron el privilegio de acompañarlo en sus últimos años. Pero como me dijo mi amigo Rogelio... "¡nosotros sí que lo disfrutamos!" y eso sí que no tiene precio.

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