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“Capocómicos” en apuros

Las épocas van cambiando...


@| No hay día en que no nos desayunemos con nuevas denuncias y destapes de distintas formas de acoso y maltrato , siendo las sexuales, bajo lona de circo o palio sagrado, las más recurridas y publicitadas.

¿Qué ha sucedido? ¿De repente se ha llenado el universo de seres perversos que maltratan a los débiles o siempre convivieron entre nosotros y hoy , por alguna “extraña“ razón, se visualizan?

La “extraña” razón es la pérdida de la vergüenza paralizante que atenazó, desde siempre, a los más débiles, especialmente a la mujer, permitiendo sacar a luz aquello “invisible” que todos veíamos, sospechábamos y consentíamos, -cuando no potenciábamos- por ser parte del mismo problema.

Hoy, algo más lúcidos, comenzamos a ser parte de la solución.
Sucede que el oscurantismo medieval va retrocediendo, aunque a ritmo de reptante babosa, ante la luz del conocimiento científico y cada vez menos creen en el derecho “heredado” de dominio sobre sus semejantes.

Ayer escuché a un conocido empresario y artista teatral salir en defensa de un colega, más añoso que él mismo, el cual, un día antes, había sido denunciado por una de sus antiguas coristas como procaz acosador de jóvenes artistas.

Entre ambos “capocómicos” sobrepasan los ciento setenta años sobre el planeta, de ellos ciento veinte sobre el escenario. Y su permanencia sobre el proscenio solo se justifica por ese imperioso capricho de querer comer todos los días. La condición del viejo artista de escenario, al menos en el Plata, podría calificarse de diversas maneras, menos de cómoda y glamorosa. Ambos están gastados y enfermos. Su público fiel se ha ido muriendo y sus números ya no causan la gracia de antaño, cuando era lícito mofarse de todo lo diferente a la mayoría “normal”.

Cuanto más se ridicularizara a un “diferente”, más éxito tenía la obra escenificada.

Hoy que, gracias a la ciencia y particularmente a uno de sus múltiples brazos, la tecnología digital, se pone el conocimiento racional al alcance de más y más personas, empezamos a comprender que el maltrato a los demás, en cualesquiera de sus formas, debe reprobarse.

Los antiguos rectores morales de la sociedad han caído en tal descrédito por sus propios pecados, que no hay campaña, balconera ni gira de pastoreo por aire o “por campos de adoquín”, que revierta el proceso de lucidez y respeto mutuo que entre todos comenzamos a construir.

Pero es esa misma consciencia la que debe darnos la lucidez para no recaer en el mal que se nos inculcó siglos atrás y hemos resuelto abandonar. Entonces, no golpeemos al caído en el piso, especialmente si hemos incidido, aún mínimamente, en su caída. Intentaré explicarme.

A estos viejos artistas de vodevil, además de venírseles encima los años - que nunca deben ser excusa ni tapadera de ningún crimen o falta grave - se les vino la condena de casi toda la sociedad. Condena que no pueden entender y consideran inmerecida, toda vez que su función, según dicen, no ha sido otra más que entretener de acuerdo a lo que el mismo público les exigía, noche tras noche. Y eso es cierto, pese a quien pese.

Ellos mismos son víctimas, a la par que victimarios. Cuando comenzaron sus carreras estaba bien visto reírse de..., de… y de… , y bajo el escenario de la revista, culta o ligera, magrear a la mujer que intentara ganarse un puesto de trabajo, aprovechando y abusando del cargo ostentado. Era la época en que los circos exhibían bestias domesticadas por látigo y mujeres barbudas por natura. Y la gente decente pagaba por llevar a sus hijos a verlos. ¿O es que, además de la vergüenza, vamos perdiendo la memoria…?
En un acto de sinceramiento, lejos de todo cinismo colectivo o personal, reconozcamos que nunca hubiese florecido aquel humor escatológico de los “Capocómicos” sobre las tablas, ni presiones y manoseos forzados a las aspirantes a actrices en los camarines, si no hubiese público que festejara sus chistes groseros ni sociedad que cobijase la supremacía bíblica del hombre.

Estos agostados y agotados capocómicos, por lo visto, deben haber actuado durante sesenta años cada uno en salas desiertas, solo para sí mismos.

Sentí mucha pena ante sus vanos intentos de querer justificar lo injustificable. No hay razón que los avale. Sin embargo, los entiendo, sin justificarlos en absoluto. Y no los pateo en el suelo.

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