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Era tan bella la buena publicidad


@| Hubo una época, también en este bello paisito llamado Uruguay, en que los publicistas nos esforzábamos por hacer de la publicidad algo bello, agradable, disfrutable, y que sin desviarse del objetivo prioritario de transmitir el mensaje de nuestros clientes hacia los consumidores, posicionando sus productos, hacíamos verdaderas competencias de creatividad, tratando de motivar más por “calidad” que por “cantidad”, en el contacto con el televidente.

Buscando la forma de no saturarlo con el abuso de la repetición, lo cual llega un momento en que juega un efecto boomerang, irritando al telespectador. ¡Eran épocas hermosas aquellas, de los años ‘80! Ninguno de los publicistas de aquel entonces éramos formados universitariamente en “Ciencias de la Comunicación”, cátedra universitaria que apenas nacía, a impulso de estos emprendedores. Aún existen descendientes de aquellas pioneras agencias de publicidad, creadas más por vocación y pasión, que por formación.

El mercadeo, la competencia entre productos y la segmentación de los mercados, dieron origen a ese fenómeno maravilloso de la creatividad publicitaria, para motivar, enamorar, sugerir, y posicionar, la preferencia hacia los productos, para los cuales los empresarios e industriales invierten miles de millones de dólares, dinamizando la economía.

Y también en esto Uruguay logró la suficiente credibilidad como para atraer y resucitar en 1989, en Punta del Este, a lo mejor de la publicidad internacional a través de los exitosísimos FIAP (Festival Iberoamericano de la Publicidad) creado por un argentino, pero ya muy venido a menos en su país. Es cierto que no ganamos muchos premios; ¡pero el aprendizaje fue formidable! Recibimos a los mejores creativos de España, de Brasil, de Argentina, Chile, de países hermanos y hasta norteamericanos. Eran realmente lingotes de creatividad que asombraban por su forma sutil pero certera de tocar la emocionalidad humana. Y algo especialmente rechazado era la utilización de la mujer como objeto sexual, y los niños como objeto comercial.

Lamentablemente, todo ello se ha ido perdiendo. Y ha pasado a engrosar esa sensación de autismo a la cual yo hacía referencia en mi artículo “¿Somos una sociedad de autistas?”, publicado el 17 Septiembre, en este mismo medio y espacio. Y es que me siento particularmente identificado con los conceptos expresados el 27/09/2019 y en este mismo espacio, por Javier García Pena, bajo el título “Hipocresía generalizada”, cuando nos interroga: ¿Por qué ningún medio de comunicación masiva analiza o condena las propagandas lavacerebros y los préstamos «fáciles y blandos»?. ¡Porque ellos son parte del negocio, Javier!

Si será esto una verdad que en estos días, y a través de un artículo en el diario El País, un grupo de abogados acusan al Estado por permitir que la población llegue al sobreendeudamiento. “Ninguna autoridad de este país hace nada por evitar el abuso en la generación artificial de necesidades absolutamente distanciadas de las que verdaderamente tiene el ser humano”, indicó el especialista en derecho comercial, Arturo Caumont en el marco de las Jornadas Internacionales de Relaciones de Consumo. Y esto da para pensar.

Pero lo que es verdaderamente indignante, es que las pantallas de la televisión, en lugar de priorizar la publicidad de los productos para cuya fabricación nuestros empresarios e industriales invierten millones de dólares en instalaciones, equipamiento, obreros y contribución al Estado, etc., está llena y cada día más, de esas “propagandas lavacerebros y préstamos “fáciles y blandos”, al decir de Javier García Pena. Deben ser muy grandes las ganancias de esas empresas de préstamos, porque no cualquier productor de bienes y servicios puede contratar esas pautas publicitarias abusivas, en los horarios más costosos, y utilizando personajes que a los gritos, terminan haciéndose odiar por el reto de la sociedad.

Son otros tiempos sin duda, y son otros los valores. Lástima; ¡era tan bella la buena publicidad!

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