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Baluartes de la intolerancia


@| En Uruguay, sus pobladores sufren ese problema.

Uno, ha sido potenciado en gran manera en connivencia, o solapadamente por quienes detentan el mando, es el poder sindical mal entendido.

Esa intolerancia la han acrecentando junto con los denominados “logros”, muchos de ellos dirigidos a perjudicar en lugar de apoyar al trabajador, cuya consecuencia, admitida o no, es la liquidación de empresas y con ello, de empleos. Donde hablar de eficiencia es seguido del silencio, en lugar de apoyar como rol trascendental para ir mejor. No entendiendo que la competencia pone a prueba las capacidades de los pueblos.

Su intolerancia fue introducida por los patriarcas del comunismo, el cual conocemos cómo terminó en la mayor parte del mundo, excepto en pequeños territorios tercermundistas. Toda comparación con países del primer mundo y en especial del norte europeo carecen de asidero, al no haber un común denominador e inviabilidad de comparar. En esos países es muy claro que el poder sindical apunta a mejorar la labor, no para destruirla, sino beneficio para todos.

Todo tiene su límite, pero acá en nuestro pequeño país, ese, no se respeta y se ve fluir la intolerancia. Hecho rubricado en estos momentos, insinuando de cómo van a “enfrentar” al próximo gobierno. Como consecuencia, el pueblo pagará los platos rotos.

El otro baluarte que permanece incólume con el paso de los años, en el universitario. Pasó medio siglo y continúa como un estado dentro del Estado. Allí el reino de la intolerancia está presente y nada lo puede cambiar por ser un ente intocable. Pero, no se entiende que es el pueblo quien la mantiene y hasta hoy no le ha pedido cuentas de los resultados, de lo que se invierte y de lo que pierde en dicho reino. Donde pensar diferente es un pecado. Lo que no es comprensible, que, con el transcurso de los años no se haya mejorado, sino que cada vez se distorsiona más ese ambiente, y no se avistan cambios favorables, ni mejores resultados, ni rumbos nuevos, a diferencia de lo que se viene desarrollando en el resto del planeta. Es difícil de comprender como no se hable el mismo idioma en ese territorio que en el resto del país. Donde, quienes no se apeguen a los designios superiores, poca suerte les espera. Al haber dueños y señores de todos los recovecos, muchas veces llenos de telas de araña, donde hablar de hacer algo diferente, sale del contexto.

Si queremos un Uruguay de primera, la intransigencia, debe quedar de lado y entender que existe un pueblo que quiere ir adelante y no ser quien paga para seguir en lo mismo, año tras año, sin obtener beneficios y mientras el resto del mundo sigue adelante.

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