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Asunción de Maduro (I)


@|En el día de ayer, jueves 10 de enero, Nicolás Maduro asumió un nuevo período constitucional como presidente de Venezuela, a raíz de una reelección que considera verificada el 20 de mayo de 2018. Uruguay decidió acompañarlo.

Lo ocurrido el 20 de mayo de 2018, no puede calificarse como elecciones libres, no sólo por la existencia de presos políticos, candidatos y partidos proscriptos, sino también por la ausencia de garantías electorales mínimas toda vez que no existieron observadores internacionales plurales; el Registro Electoral no fue actualizado ni depurado ni auditado; la existencia de condiciones escandalosamente ventajosas para el partido de gobierno, entre otras tantas que produjeron el desconocimiento de dicho evento electoral por la comunidad internacional.

Tan ciertas serán aquellas condiciones que despojan de legitimidad la presunta elección del 20 de mayo, que recientemente un magistrado de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia del madurato escapó de Venezuela exponiendo estos y otros hechos ante la comunidad internacional –Explicando además cómo el Tribunal opera para desconocer opositores que resultarán electos a pesar de lo descrito como pasó con la Asamblea Nacional-.

Adicionalmente, la grotesca transgresión de todo lo que conforma un Estado constitucional de derecho conforma el día a día en Venezuela.
La crisis sigue empujando una migración cada vez más numerosa, más necesitada y más desesperada. Es muy clara la existencia de una dictadura, cruel y tortuosa como todas las que pasaron por nuestro continente en el siglo XX y que a fuerza de dolorosas experiencias, parecían haber enseñado que a pesar de sus imperfecciones, la democracia es al mismo tiempo el camino y la meta para vivir en libertad.

Así lo han entendido casi todos los gobiernos del continente, que mientras reciben la oleada de migrantes, han sido firmes en la reprobación de la dictadura. Solo unos pocos escollos ideológicos insisten en sostener lo ilógico y en negar lo que cada vez es más evidente.

Es complicado para los venezolanos que nos hemos asentado en Uruguay, entender la postura del gobierno de este país que respetamos y queremos tanto, porque aquí recuperamos la libertad que en Venezuela se extinguió.
El Canciller y Vicecanciller, dejan claro que Uruguay busca ayudar y no confrontar, que reconocen al Estado venezolano y por eso asistieron a la toma de posesión; Bergamino recuerda como “una señal política” que hoy no se tenga embajador de Uruguay en Venezuela.

Todo esto me hace recordar aquel cuento de Hans Christian Andersen, en el que, un Emperador camina desnudo, asegurando que lleva un traje tan espectacular que es incapaz de ser visto por un estúpido o incapaz, por lo cual, el emperador y su círculo de asesores insisten en que pueden ver el traje y que éste es único y espectacular, aunque no ven nada, aseguran en colectivo lo que individualmente saben que no es cierto. La farsa dura hasta que un niño de viva voz grita que el Emperador está desnudo, con lo cual, el resto de la gente se atreve a aclamar lo evidente.

Asistieron ustedes al desfile del Emperador que está desnudo, que exhibe una legitimidad que no tiene y que sólo él y sus funcionarios manifiestan en acto de ignorancia colectiva.

No aprovecharon la ocasión y la cercanía para defender los valores democráticos e institucionales que caracterizan al pueblo uruguayo actuando como aquel niño de la fábula, diciéndole al Emperador que estaba desnudo.

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