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¿Aporofobia o sentido común?

Enfrentamientos sociales


Existe una confusión importante en nuestro país, que hace que las personas crean que piensan de manera equivocada respecto a la consideración social de la “pobreza”. Si bien la división tradicional de los individuos en “clases sociales” fue siempre “clase alta, clase media y clase baja”, actualmente se debe pensar en otro tipo de clasificación.

Esta nueva clasificación ha sido originada bajo la ideología populista, y divide a los ciudadanos en dos clases inéditas: la clase productiva y la clase parasitaria.

La primera comprende a la fuerza productiva del país, y está integrada tanto por “ricos” como por “pobres” que trabajan incansablemente (aunque a veces son mal reconocidos y peor remunerados) produciendo bienes materiales y servicios, mientras que la otra se alimenta de la promoción estatal que apoya su subsistencia mayormente con medios económicos (estimulando así el consumismo irresponsable) y sin exigir una contrapartida productiva (como por ejemplo el cumplimiento de algún tipo de trabajo).

Esta división es la que actualmente está movilizando una verdadera “lucha de clases” (y no la otra, más antigua), dentro de la cual quienes producen (ya sea desde el “patrón” que arriesga su dinero manteniendo una empresa hasta el asalariado que cumple estoicamente las “8 horas”) rechazan de plano a quienes no producen (comprendiendo en este caso el caso manido de quienes exprimen el trabajo ajeno pero agregando la novedad de aquellos que evitan producir para no perder las subvenciones del Estado).
O sea, el afán de conseguir y mantener una importante masa de votantes se alimenta por una parte de los sectores más humildes a los que se beneficia indiscriminadamente, maleducándolos (al no hacérseles aprender por ejemplo el cumplimiento de horarios y obligaciones) y facilitándoles el consumo de objetos inútiles (cuando no, haciendo la vista gorda a la apropiación indebida argumentando la “falta de oportunidades”), y por otra de los que creen en la buena fe de este plan o no se atreven a contradecirlo aunque su sentido común les indique su inconveniencia.

Entonces, la supuesta aporofobia (es decir, el “rechazo a los pobres”) con que se descalifica comúnmente a aquellos ciudadanos que critican esta situación parece más un mecanismo de control de opinión, es decir una coartada utilizada para mantener a raya a quienes desean abolir dicho parasitismo.

En una palabra, los “buenos sentimientos” de los ciudadanos son manipulados (como por ejemplo por medio del panfleto “ser pobre no es delito”) y de esta forma trucados haciéndoles creer ser aporofóbicos cuando en realidad su fobia es solo hacia lo nocivo que el crecimiento de esa clase vacía representa para la salud social y productiva del país.

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