El final de la Cumbre del Mercosur, sacudida por acusaciones y reproches, permitió sin embargo sacar varias conclusiones. Una de las más trascendentes es la división en el continente de dos bloques claramente delimitados y cuya hasta ahora convivencia "pacífica" parece estar llegando a su fin.
Así, quedó de manifiesto tanto en los discursos como en los acercamientos por fuera de los flashes, que se ha consolidado por un lado un grupo de países con una mentalidad más moderna o "pro mercado", liderado por Brasil, Chile, Colombia y al que se intentan sumar Uruguay y Paraguay. Por el otro, y bajo el indiscutible liderazgo de Hugo Chávez, se aglutinan aquellos países partidarios de un retórica más propia de los años sesenta, confrontativa con el mundo moderno, la globalización, y todo aquello que vaya contra sus dogmática y anacrónica forma de ver el mundo. Detrás del líder caribeño se han alineado ya Evo Morales y el recién llegado al club, el ecuatoriano Rafael Correa. Queda ver qué papel jugará la Argentina de Kirchner, fuertemente atada a los petrodólares chavistas, pero que que por momentos resiste a encolumnarse detrás suyo.
Las duras palabras de Morales contra Lula y Alvaro Uribe indicarían que se avecinan tiempos de confrontación en la región. Ese ataque frontal no parece haber sido fruto de un apasionamiento momentáneo, sino más bien el incio de una estrategia para enfrentar el hasta ahora respetado liderazgo regional brasileño. Las palabras de Chávez, defendiendo a su colega boliviano en forma severa, parece confirmar esta visión. Igual que cuando estimuló a Morales a nacionalizar los bienes de Petrobras, da la impresión de que Chávez utiliza a Evo, para lanzar tiros por elevación contra Lula.
Así planteadas las cosas, resulta saludable observar que Uruguay ha mantenido una posición de sobriedad y vinculación con los gobernantes menos confrontativos y abiertos al mundo. Ésta, lejos de ser una directiva de su errática cancillería, aparenta ser la consecuencia de una realidad, constatada por el propio Presidente, de que a los supuestos "amigos" ideológicos les preocupa más su propia agenda política, que la unidad o prosperidad del continente.