Washington Beltrán
Washington Beltrán

La hora de Venezuela

Venezuela juega su futuro mañana, en unas críticas y controvertidas elecciones parlamentarias. No tanto por el resultado de este pronunciamiento, sino porque se respete en paz ese resultado.

Venezuela juega su futuro mañana, en unas críticas y controvertidas elecciones parlamentarias. No tanto por el resultado de este pronunciamiento, sino porque se respete en paz ese resultado.

Acorralado en su pánico ante la derrota, Nicolás Maduro ha elegido en los últimos días el camino de la amenaza al pueblo venezolano para revertir una decisión que se prevé adversa. El respaldo que se le escapa y el inminente descalabro en el sufragio, le han hecho perder la compostura y el fascismo que lleva adentro apareció en todo su esplendor: “Ustedes pónganse a rezar porque la revolución triunfa el 6 de diciembre, pónganse a rezar desde ya para que haya paz y tranquilidad... porque si no, nos vamos para la calle, y en la calle nosotros somos candela con burundanga. Mejor estamos aquí tranquilitos”.

Y no es la primera vez que utiliza la bravata en su campaña electoral. Cuando el kirchnerismo en la Argentina empezaba el camino de la retirada por la excelente votación de Macri en la primera vuelta, Maduro lanzó un “si se diera ese escenario negado, Venezuela entraría en una de las más turbias y conmovedoras etapas de su vida política y nosotros defenderíamos la revolución, no entregaríamos la revolución y la revolución pasaría a una nueva etapa”. Y para que quede claro, “quien tenga oídos que entienda, el que tenga ojos que vea clara la historia, la revolución no va a ser entregada jamás (…), gobernaría con el pueblo (?) y en unión cívico militar”.

He ahí la gran carta de Maduro: amenazar con el regreso de gobiernos cívico-militares, esos regímenes que atormentaron a América Latina 40 años atrás. Es que Maduro, opaco de luces y pleno de soberbia, no tiene muchos argumentos para convencer, salvo el miedo.

Hace tiempo que la República de Venezuela es cada vez menos República y solo existe una parodia de democracia, donde el Consejo Nacional Electoral (CNE), máximo órgano en la materia es juez jurado y parte en todas las convocatorias a las urnas; donde el Poder Judicial es cualquier cosa menos independiente; donde no existe la libertad de expresión y de prensa; donde se violan los derechos humanos, se apalean y matan estudiantes en manifestaciones y se apresan sin más a dirigentes opositores; donde la gente muere porque pasa hambre y las góndolas de los mercados están vacías. Que está inundada de petróleo pero tienen que importarlo para el consumo. Que tiene un presidente paranoico que vive denunciando conspiraciones mundiales contra su régimen o hablando mano a mano con un pajarito que es la reencarnación del difunto coronel Chávez, que la sensación de corrupción es insoportable. Venezuela es una democracia taimada, solo le queda el ropaje que le prestan los actos electorales.

Ahora parece que ya ni eso. Si la mano viene de derrota para Maduro -por paliza, pronostican las encuestas- y los números no alcanzan para sobrevivir, queda la instancia del fraude. Porque el fraude sobrevuela las elecciones en Venezuela: por algo el régimen se ha negado a aceptar observadores de Naciones Unidas, de la Unión Europea y de la OEA, mientras que Brasil, que había designado al frente de su delegación a Nelson Jobim (destacado jurista y exministro de Defensa de Lula da Silva) se retiró de la misión internacional de observadores porque se le impidió, según dijo el Tribunal Superior Electoral brasileño “observar las diferentes fases del proceso y verificar si las condiciones institucionales vigentes aseguran equidad en la disputa electoral”.

Con la OEA es un capítulo especial. Las 18 carillas que el secretario general, Luis Almagro, envió a la presidente del CNE cuando rechazó su aspiración de enviar observadores, es categórica.

Comienza recordándole que las garantías electorales son para todos los partidos políticos, “tanto del gobierno como de la oposición”, le enumera todos los atropellos y desviaciones que se han hecho en ese proceso contra la oposición y concluye diciendo que “El 6 de Diciembre es de todos. La libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos son valores de todos. Frente a la más mínima duda sobre el funcionamiento de la democracia, nuestro deber es dar garantías para todos y no desviar la vista ni hacer oídos sordos a la realidad que tenemos frente a nosotros”.

La respuesta de Maduro fue patética, pero mucho más grave fue lo que ocurrió pocos días después, cuando el dirigente opositor Luis Manuel Díaz, mano derecha de Leopoldo López, fue asesinado en un acto político. Maduro dijo que se iba a “investigar a fondo”. El problema es que, obviamente, nadie cree en Maduro ni en la Policía o que la Justicia sea imparcial a la hora de aclarar el homicidio y castigar a los culpables. El fantasma del fiscal que acusó a Leopoldo López, logró su condena y luego confesó que el juicio había sido “una farsa”, sobre la base de “pruebas falsas”, niega cualquier credibilidad a lo que digan. La convicción popular es más fuerte.

Con ese panorama la patria de Bolívar va a las urnas. Buena suerte Venezuela, mañana y para siempre.

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