Washington Beltrán
Washington Beltrán

Cinco años después...

Feos, realmente muy feos fueron los últimos días con los sindicatos de la educación jaqueando al gobierno y, lo que es más grave, a la institucionalidad. Soplaron fuertes vientos del pasado -ese pasado que siempre vuelve a ser presente en este “bendito” Uruguay- que apuntaron al Presidente de la República, líder indiscutido del partido político mayoritario y que asumió hace pocos meses con el respaldo explícito del 50% de la ciudadanía, como si se tratara de un déspota inhumano y avasallador, o un títere manejable por el poder en la sombra, que se había rebelado.

Feos, realmente muy feos fueron los últimos días con los sindicatos de la educación jaqueando al gobierno y, lo que es más grave, a la institucionalidad. Soplaron fuertes vientos del pasado -ese pasado que siempre vuelve a ser presente en este “bendito” Uruguay- que apuntaron al Presidente de la República, líder indiscutido del partido político mayoritario y que asumió hace pocos meses con el respaldo explícito del 50% de la ciudadanía, como si se tratara de un déspota inhumano y avasallador, o un títere manejable por el poder en la sombra, que se había rebelado.

No sé si todo terminó o si solo fue el primer round. Pero el episodio dejó varias temas para reflexionar.

Los sindicatos docentes hace tiempo que desbancaron a Adeom como los más difíciles a la hora de negociar. Intransigentes y cargados de fundamentalismos, tienen a los estudiantes como rehenes permanentes cuando plantean sus exigencias, que nunca bajan de ese tono: exigencias. No piden ni reclaman: exigen, y si se intenta debatir sus propuestas, responden con paros y jóvenes sin clases y sin educación.

¿El presidente Vázquez no sabía esto cuando declaró la esencialidad que luego tuvo que levantar? ¿Por qué jugó tan fuerte para dar marcha atrás a los pocos días en una señal de debilidad que estremeció?

La primera posibilidad podría ser que Vázquez actuó mal asesorado. Parece imposible que haya tomado la decisión inicial sin haber consultado a sus allegados (ministros) más leales. Si fue así, debería rodearse de un equipo más informado, porque es un espanto que el Presidente de la República quede desairado a la hora de imponer su autoridad. Pero, sinceramente, no creo en esta hipótesis: hay gente muy sólida, informada y recta en su gabinete.

La segunda, es que Vázquez no haya tomado en cuenta qué representó para este país el factor Mujica, los cinco años que fungió como Presidente. Que pensara que muy poco había cambiado el Uruguay desde su primera presidencia (cinco años no es nada), que el Frente Amplio seguía fiel a la verticalidad de su figura, emblema ganador y líder de sus principales conquistas. Si fue así, su error es más grave que un mal asesoramiento, porque la siembra de Mujica fue letal y de largo alcance. El pecado original del corporativismo de la enseñanza fue de Vázquez y su Ley de Educación. Tiene su culpa y muy grande. Pero lo que vino después lo multiplicó impiadosamente.

Mujica destrozó a este país, lo despojó de todos sus valores, los minimizó y los pulverizó. Convirtió la banalidad, la chabacanería, el lenguaje soez, el doble discurso y el irrespeto por el Derecho, en emblemas de su gobierno y del manejo de la cosa pública. Elevó a la categoría de dogma oficial la falsedad humana que encierra el “como te digo una cosa te digo la otra”, y el desprecio institucional que implica aquello de que “lo político está por encima de lo jurídico”. ¿Qué se puede construir de bueno y dejar de positivo para la posteridad, si esos fueron los valores que “iluminaron” su gobierno?

Este Uruguay pos Mujica no tiene nada que ver con el que Vázquez encontró en su primer mandato en el 2005. Allí se salía de una crisis infernal a base de sacrificio y trabajo. Ayudó el viento de cola de la bonanza mundial, pero, sobre todo, fue decisivo el dolor de lo ocurrido para motivar a un pueblo a redoblar su esfuerzo para que nunca más volviera a ocurrir. Eso se tiró por la borda cinco años después, como si alguna plaga bíblica hubiera arrasado con el espíritu nacional. Los valores no cotizan en esta sociedad, a muy pocos le interesan. Sobre todo el respeto, algo muy difícil de encontrar.

Y existe otro factor, que es propio de los partidos políticos: la lucha por lograr el poder alienta la unidad; el reparto por el poder -y el Frente Amplio lleva 10 años con poderes absolutos gracias a sus mayorías parlamentarias- genera fricciones. Las voces que desafinan parecen ser cada vez más numerosas en el coro del FA y la sensación es que van a ir en aumento. Hay una generación de líderes (Vázquez, Mujica, Astori) camino a emprender la retirada por un problema de cédula y hay otra que busca acomodarse para ocupar los lugares que quedarán vacíos. Para ello, debe voltear a algún compañero y aliarse con otros. Y allí juegan también los sindicatos, no sólo por el número de afiliados que tengan sino de manera fundamental por su capacidad de movilización.

El conflicto de la educación mostró a numerosos legisladores de los distintos grupos del FA sonriendo a los gremios y enfrentados directamente con Vázquez. A las primeras de cambio se le cuestionó de forma abierta que cumpliera con su promesa electoral de garantizar 200 días de clase; abundaron los desmarques y las críticas. Ni siquiera se quebró una lanza por la institucionalidad ni dar garantías de gobernabilidad a las autoridades a solo seis meses de asumidas. Demasiados se afiliaron al “como te digo una cosa te digo la otra” y a “lo político está por encima de lo jurídico”. Malas señales que ojalá la discusión del Presupuesto Nacional se encargue de disipar. Pero, me inclino a que no. Que lo de la enseñanza fue solo el primer round y los siguientes pintan peores.

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