Washington Beltrán
Washington Beltrán

La batalla por Montevideo

No hay dudas de que a la dirección política de los Partidos Tradicionales asentada en Montevideo, nunca le gustó la idea del Partido de la Concertación, de un movimiento de vecinos nucleados en una misma colectividad, sin identificación de divisas, que tuviera como único objetivo rescatar la capital tras 25 años de nefastas administraciones de la coalición frenteamplista.

No hay dudas de que a la dirección política de los Partidos Tradicionales asentada en Montevideo, nunca le gustó la idea del Partido de la Concertación, de un movimiento de vecinos nucleados en una misma colectividad, sin identificación de divisas, que tuviera como único objetivo rescatar la capital tras 25 años de nefastas administraciones de la coalición frenteamplista.

Detrás de esta negativa se esgrimían argumentos históricos, identitarios, de estrategia política, aunque también debía estar latente la posibilidad de la parición de un “outsider” o una nueva figura que de alguna manera pateara el tablero del statu quo directriz.

Pero también es cierto que el Partido de la Concertación no surgió desde la cúpula y bajó hacia la masa de vecinos, sino que se generó desde el llano. De la convicción de los simples ciudadanos que consideraban imprescindible armar una coalición política capaz de competir de igual a igual con la coalición oficialista y se le impuso a la dirigencia, que debió aceptarla para mantener su control, porque corría riesgos de que se armara de manera espontánea.

El frenteamplismo en el poder de Montevideo ya venía en bajada, mientras la desaprobación iba en aumento: Arana tuvo la reelección en el 2000 con el 57% de los votos, Ehrlich fue elegido con el 52% en el 2005, y Ana Olivera reunió solo un 46% en el 2010. Un acuerdo político entre la oposición era un movimiento cantado para terminar con ese proceso y, sinceramente, la gestión de Ana Olivera en la Intendencia de Montevideo parecía precipitarlo. El hastío de los vecinos por ver su ciudad lanzada en un tobogán, podía finalmente canalizarse en una fuerza electoral. El Partido de la Concertación daba forma a una experiencia que ya funcionaba en el interior del país de manera espontánea y sin intervención de la dirigencia en la capital. Es más, en el Partido Colorado lo ha hecho a pesar de las amenazas de la cúpula montevideana. (Ver “¿Concertación, dijo?”, Carlos Maggi, El País 29/03)

Pero, aún después de concretada, da la impresión de que la dirigencia siguió pensando otra cosa. Así fueron bajados los candidatos naturales de los partidos fundacionales: Jorge Gandini, que había iniciado su campaña con tres años de anticipación no fue tenido en cuenta por el Partido Nacional, y Ney Castillo, que en las elecciones del 2010 había reunido un auspicioso 20% de los votos para el Partido Colorado, desistió por falta de apoyo.

Pero si los nombres eran y son importantes, la idea lo es más. La Concertación vive y da pelea con tres candidatos que presentan perfiles muy interesantes, aunque sean nuevos en la actividad política: Álvaro Garcé (con los pergaminos de una labor exitosa en el difícil cargo de Comisionado Parlamentario Penitenciario durante una década, fue designado por el Partido Nacional), Ricardo Rachetti (que lleva el peso y la representación del Partido Colorado, con fuerte presencia en la capital) y el independiente Edgardo Novick, que se ha transformado en la gran revelación de la campaña.

La decisión de formar una coalición llamada Partido de la Concertación fue de los vecinos de la capital. Es su creación y ellos deben defenderla, porque el panorama que hay enfrente, lo que ofrece la coalición oficialista, es la certeza de más de lo mismo. Son tres candidatos (Lucía Topolansky, Daniel Martínez y Virginia Martínez), con el mismo “programa” de gobierno y sujetos a las decisiones supremas de la Mesa Política del Frente Amplio.

En ese escenario, no hay duda de que la actual senadora aparece como favorita para ganar la interna municipal y aspirar a convertirse en la primera dama de Montevideo. Tiene el respaldo de su esposo, José Mujica, de su sector político y de sus aliados.

La trayectoria de Topolansky es bien conocida, pero habría que actualizarla con unos pincelazos sobre su visión de Montevideo, vista su candidatura.

-Es la única persona que defiende el Corredor Garzón. Ni la actual intendenta Ana Olivera se ha atrevido a hacerlo y reconoce su pecado. Fueron US$ 40 millones tirados a la calle (de verdad).

-Ya habló de bajar impuestos: la gente que barre su vereda y limpia su cuadra, “le bajo el impuesto de puerta”. ¿Alguien se imagina cómo se pondrá operativa esta promesa? ¿Habrá que llevar fotos barriendo?.

- Topolansky ha dicho que el problema de la basura es un problema de carácter cultural, que viene de la época de… Bruno Mauricio de Zabala (1724), donde los montevideanos “faenaban vacas y tiraban las achuras a la calle”. A duras penas se salvaron los charrúas y sus tolderías llenas de tierra, pero si ya se maneja ese argumento o justificación histórica parece muy difícil que se pueda hacer algo para cambiar. Así que -según la óptica de Topolansky- a no protestar por la basura y los contenedores desbordados, porque hace 300 años la cosa era peor (las achuras ahora no se tiran) y la cultura de la época de Zabala es la culpable.

Parece más razonable pensarlo bien y pelear por un cambio en Montevideo, buscar recuperar la ciudad-capital del país. Usar el voto inteligente. La Concertación, pese a las piedras que ha encontrado en el camino, es la respuesta. 

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