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Washington Beltrán

Podríamos, hoy, comentar resultados electorales más o menos descontados y arriesgar orientaciones políticas —hacia lo interno de nuestra colectividad— con vistas a las inmediatas contiendas, que ya principian. Pero como escribimos antes de que se conozca el fallo de las urnas, preferimos ocupar nuestro tiempo y nuestro espacio en saldar una deuda, aunque sea en parte y a destiempo. Porque ser agradecidos y respetar lo que es justo, es una buena manera de sentirnos mejor nosotros mismos.

Cuando falleció Washington Beltrán, nuestro ex Director, nada escribí sobre su ejecutoria porque nadie me lo pidió y, entonces, no correspondía. El diario, su pasión de tantos años, lo despidió impersonal y oficialmente, si cabe este término. No era de buen gusto ni necesario, entonces, llover sobre mojado. Enfundamos pues la pluma y silenciamos nuestros sentimientos.

Tampoco pudimos asistir a su sepelio. Una ineludible obligación profesional y familiar nos llevó ese día al interior del país. Pero mientras, a la ida y al regreso, transcurrían tediosas las horas y los quilómetros, la imagen cálida y generosa del doctor Beltrán no se apartaba de nuestra mente. Lo veíamos, por ejemplo, cuando la muerte de mi madre, el primero en apresurarse a saludarnos —encorvado ya su físico bajo el peso de la hermosa montaña de sus años—, al bajar yo de un auto en la puerta de la vieja necrópolis. Y lo veía en otras circunstancias de mi vida, con su presencia generosa y su confianza invariable en mi persona. Cuando yo era un don nadie y cuando ya no lo era.

El 17 de diciembre de 1965, como presidente del Consejo Nacional de Gobierno, firmó mi designación como subsecretario del Ministerio del Interior, cuya titularidad asumía el Dr. Nicolás Storace Arrosa, a quien recordamos con afecto. En carta que se hizo pública, no acepté el honroso nombramiento. No se me había consultado y yo era muy joven, en horas convulsionadas, para ocupar tal cargo.

El episodio, que no dejó bien parado al Consejo, pudo haberle dejado un mal regusto. Pero lo superó con señorío. En 1970 o 71, al formarse bajo su inspiración rectora el gran Directorio de unidad que presidió el Dr. Justo M. Alonso, me ubicó, sin yo pedirlo, como primer suplente del Dr. Augusto Martínez, nada menos. Pasaron los años y sus muestras de consideración personal se sucedieron invariables.

En 1995 me abrió las puertas de esta gran casa periodística, lo que le agradeceré mientras viva. Y callaré alguna otra —y última— demostración de noble confianza, por pertenecer al reducto de la vida interna del diario. Pero el personaje, por su misma significación impar, jamás perteneció al ámbito restricto de las simpatías o antipatías singulares. Su personalidad tuvo relieve nacional.

Nárrase que el dueño de un garito y bar de mala muerte, decía que sus mejores clientes solían tener nombres de calles. Hijos y nietos de próceres, eran. A Washington Beltrán no lo arredró el peso de su nombre famoso, enaltecido por el sacrificio de su encumbrado e ilustre padre. Más bien fue acicate para cumplir con altura y limpidez un destino político que llevaba en la sangre, al que supo ser fiel con honor.

Irrumpió en la arena política con brío juvenil y con soltura intelectual y moral. Mientras escalaba los más altos destinos, por cierto merecidos y honrados, se dio tiempo para trabajar sin pausas y con tesón por la unidad de su Partido Nacional, que lo tuvo por adalid invariable, desde que en 1954 comenzó a forjarla con la Reconstrucción Blanca.

Ese, junto a su defensa sin concesiones de la libertad y la legalidad, de la que dio ejemplo señero en las aciagas jornadas de febrero de 1973, fueron los mensajes esenciales de su vida política, sumados a la rectitud inmaculada de su conducta. Brilló en todos los círculos en que actuó. En el Parlamento, en el foro y en el periodismo, al que siempre enalteció en éste, su diario El País.

Finalizada la dictadura, frisaba en los setenta años, plenos de lucidez, de experiencia y de patriotismo, pero se retiró de la gestión pública. El país y su partido se dieron el lujo de prescindir de él, que, sin embargo, siguió sirviendo a uno y a otro. Permanentemente, desde sus magníficos editoriales. Y ocasionalmente, toda vez que fue requerido su concurso o su consejo. Se sometió a esa injusticia como algo natural, con altura y señorío.

Probó así, también, la fortaleza de su alma y la nobleza de su espíritu. Era de la mejor madera y así lo recordaremos siempre.

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