Valor de las palabras

Antonio Mercader

En tiempos electorales aumenta el valor de las palabras por lo que conviene sopesarlas y escrutar qué hay detrás de ellas. Por ejemplo, usando casi las mismas expresiones, Lacalle y Mujica, triunfadores de las internas, lanzaron el domingo recíprocos mensajes de paz hacia octubre. Los dos recordaron a sus adictos que los adversarios merecen respeto -coincidieron en llamarlos "compatriotas", vocablo de alto valor semántico-, señal de que ambos anhelan un proceso electoral civilizado. Es una buena noticia porque esas palabras equivalen a un compromiso. Ojalá todos las escuchen.

Otros vocablos cargados de señales circulan por estas horas. Inquietan los referidos a una "asamblea constituyente", idea que el Frente Amplio inscribió en su programa postulando la reforma de la Constitución, y que promete convertirse en la gran interrogante del tiempo electoral. Sobre todo después que Mujica advirtió que esa reforma sólo tenía sentido si se ocupaba del "derecho de propiedad". ¡Menuda mención en plena campaña!

Hoy el candidato de la izquierda se rasga las vestiduras porque Lacalle replicó que esa propuesta reformista puede ahuyentar a inversionistas del exterior, pero ¿qué extranjero estaría dispuesto a poner dinero en un país que se apresta a discutir las normas que garantizan el derecho de propiedad?

Es un error que, a imagen y semejanza de Venezuela, Ecuador y Bolivia, la izquierda uruguaya se deje tentar por la voluntad de refundación del país. Es como borrar y empezar de nuevo para lo cual es preciso reescribir la ley fundamental. A los tumultuosos procesos reformistas de esos países -baste recordar a Evo Morales haciendo huelga de hambre acostado sobre un colchón en el palacio de gobierno, en La Paz- se suma ahora el colapso institucional en Honduras cuyo detonante fue, precisamente, un polémico intento de reforma constitucional empujado por el presidente de la república. La actual crisis hondureña debería servir de aviso sobre los riesgos que entraña ese camino.

Otras palabras que calientan el ambiente apuntan a zarandear al adversario y a confundir. Por ejemplo, la etiqueta que Danilo Astori le puso al candidato blanco en carta redactada desde su lecho de enfermo hace un par de semanas: "Lacalle es la restauración", sentenció. Esa expresión gustó tanto que la prensa de izquierda la adoptó de inmediato y hasta la impuso en titulares de primera página. La idea de la restauración, vía Partido Nacional, hizo tan buena carrera que Mujica se la apropió en su discurso de la victoria cuando instó a sus fieles a "frenar la ofensiva restauradora de la derecha".

A ciertos nacionalistas no les desagradaría el empleo de ese término si acaso aludiera a Juan Manuel de Rosas (conocido como el "Restaurador de las Leyes"), pero la intención de Astori parece apuntar a otra dirección histórica más lejana. "La Restauración" fue el período que siguió a la caída de Napoleón, cuando retornó a Francia la dinastía borbónica junto con una reacción conservadora que barrió los cambios decretados por la Revolución Francesa.

¿Qué tiene que ver esto con la actual coyuntura política? Nada. Nadie propone monarquías absolutas de origen divino y los conservadores natos que medran por estas tierras se hallan en la izquierda troglodita que reivindica el marxismo y todavía se aferra a los años sesenta.

"Compatriotas", "constituyente", "derecho de propiedad", "restauración", palabras que pesan mucho en estos días en donde la semántica y la política se dan la mano.

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