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La violencia política

Largas consecuencias tuvo cierto dislate proferido por el ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Todo empezó con el hecho de que tres ladrones lograron entrar en la casa del jefe de Policía de Montevideo, Mario Layera, y se llevaron dos relojes, ropa y otras pertenencias menores. Un asunto nada llamativo en el Uruguay de hoy y que sólo se destacaría porque muestra que ni el máximo jerarca policial puede eludir la inseguridad. Pero Bonomi agregó su parecer: “Después del martes 26 de octubre están pasando una serie de cosas que yo no sé si son casualidad”. Luego concretó: “No estoy diciendo que sea algo organizado partidariamente, pero sí por gente a la que no le gustó el resultado electoral y buscan acentuar los problemas de seguridad con cuestiones que llamen la atención”.

Largas consecuencias tuvo cierto dislate proferido por el ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Todo empezó con el hecho de que tres ladrones lograron entrar en la casa del jefe de Policía de Montevideo, Mario Layera, y se llevaron dos relojes, ropa y otras pertenencias menores. Un asunto nada llamativo en el Uruguay de hoy y que sólo se destacaría porque muestra que ni el máximo jerarca policial puede eludir la inseguridad. Pero Bonomi agregó su parecer: “Después del martes 26 de octubre están pasando una serie de cosas que yo no sé si son casualidad”. Luego concretó: “No estoy diciendo que sea algo organizado partidariamente, pero sí por gente a la que no le gustó el resultado electoral y buscan acentuar los problemas de seguridad con cuestiones que llamen la atención”.

Todo esto, por más que se trate de apenas un hurto común mal manejado por el señor Bonomi, roza el tema de la violencia política que fue perceptible en la reciente elección. Por ejemplo, con el pintarrajeo de las casas cuyos habitantes se atrevieron a exhibir emblemas del Partido Nacional. Carecemos de espacio como para exponer toda la serie de atropellos registrados, pero si a alguien le interesa, he aquí dos casos: un retrato de Aparicio Savaria exhibido en una ventana de una finca de la calle Brito del Pino y Gestido, mereció una pintada abundante, donde resaltaba la palabra “facho”, mientras que otro cartel nacionalista visible en una casa de la calle Simón Bolívar también recibió el rótulo “facho”.
Es así que los auténticos demócratas, que se atrevieron a exponer su color político fueron estigmatizados por los verdaderos exponentes de una mentalidad de corte fascista. Algo no raro si consideramos que el fascismo suele entremezclarse con otros ismos en boga.

Es decir que la violencia política genuina y no aquella imaginada por Bonomi, está entre nosotros como ya lo había estado en las elecciones de 2009 cuando poco antes de la votación que le dio el triunfo al entonces presidenciable Mujica, sedes de los partidos tradicionales resultaron patoteadas. En aquella circunstancia también se dieron agresiones físicas, como la sufrida por el diputado nacionalista Gustavo Borsari.
Más adelante, al acercarse las elecciones municipales montevideanas en las cuales resultó ganador el señor Ehrlich, hubo más violencia lanzada contra los seguidores del candidato del Partido Nacional, Dr. Javier García y en algunas instancias contra García en persona. Insultos, pedradas y hasta una llave inglesa arrojada desde un auto contra una chica de 14 años que resultó herida.

El embadurnamiento con pinturas descrito más arriba podría ser el prolegómeno del retorno de los antisociales que en años recientes hasta lanzaron cócteles molotov contra locales del Partido Nacional. Una violencia ausente en las campañas electorales del Uruguay anterior a 2004 pero que ahora podría extenderse como una plaga ponzoñosa.
Es evidente que en el Uruguay inseguro de hoy es fácil que tal cosa pueda ocurrir, con un actuar más o menos embozado de los enemigos de las formas democráticas y del país de la convivencia pacífica. Puede ocurrir y puede no ser combatida debidamente, si seguimos contando con jerarcas como el señor Bonomi, tan propenso a calificar absurdamente los delitos que deben soportar los uruguayos, incluyendo al máximo jerarca policial.

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