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Socialismo libertario

De pronto ato cabos y compruebo que el lugar pacífico y descansado donde vivo (Las Toscas, casi Atlántida) es un precursor universal del gran estallido naciente, que se llama "economía colaborativa".

De pronto ato cabos y compruebo que el lugar pacífico y descansado donde vivo (Las Toscas, casi Atlántida) es un precursor universal del gran estallido naciente, que se llama "economía colaborativa".

La nueva actividad que de golpe abarca miles de millones de dólares y crece desaforada, floreció aquí, suavemente, desde hace mucho. Las familias clásicas del balneario, cuando empieza cada primavera, se mudan a una casita y pintan y arreglan su casa (amueblada y provista de todo), para alquilarla por día, por semana, por quincena o por mes, durante el verano. Es un hábito sano y lucrativo que se practica en el mundo desde siempre, pero que ahora se echó a correr en todas direcciones, como una bomba que explota. La mentalidad generosa y comercial de compartir lo que se tiene; estrenó recientemente, una velocidad inesperada al actuar abrazada a la nueva comunicación.

El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) le calcula un potencial de 110.000 millones de dólares" -escribe Miguel A. García Vega; y agrega: "Quienes participan a título personal en este sistema basado en intercambiar y compartir bienes y servicios a través de plataformas electrónicas, mueven según la revista Forbes, más de 3.500 millones de dólares por año".

La economía así compartida "crea un concepto nuevo de la propiedad", sostiene Thomas Friedman, columnista del periódico The New York Times.

Desde la noche de los tiempos, el sentido de posesión ha sido inherente al ser humano; sin embargo, ese témpano moral empieza a derretirse. Rodolfo Carpentier dice: "Quien no puede tener algo, se conforma con que se lo presten y ese motor mueve un cambio humanístico, aminora los sobrantes de la opulencia".

El capitalismo sin control derrocha y aferra, reflexiona Jan Thij Bakker, cofundador de Shareyourmeal, una plataforma holandesa dedicada a compartir comida, que empezó siendo un grupo de WhatsApp y que cerrará este año con 100.000 miembros.

El taxi fue el principio: fue como tener auto propio por un rato; el sueño del pibe. Cuando el gran poeta estrafalario, José Parrilla, cobraba sus primeros sueldos, invitaba a Javiel Cabrera, Cabrerita, pintor de otro mundo, a viajar en taxi. Supe que le decía al chofer: "Vaya adonde quiera y nos trae de vuelta" (vivían en un sótano en la calle Sierra) y le daba los ochenta pesos de su mesada.

Andar en taxi es el sueño del auto propio con chofer; se parece a volar.

El taxi no necesita taller mecánico, por que otro lo manda reparar si el vehículo deja de funcionar a la perfección.

El taxi no tiene chapista porque no choca nunca; y si choca, otro se encarga de dejarlo a nuevo.

El taxi tiene un solo defecto: cuando uno lo necesita, no viene.

¿Qué pasaría si todos los autos fueran taxis y uno pudiera llamarlos levantando una mano, cada vez que tiene plata? Si, yo sé: sería hermoso, pero no es posible.

¡Sorpresa! Es, posible; y está sucediendo, en gran escala en los países de vanguardia. Miles de plataformas electrónicas de intercambio de productos y servicios germinan a toda velocidad en abierto desafío a las empresas tradicionales. Obra el contagio del espíritu gratificante y gratuito de Internet, donde miles de softwares se ofrecen gratis (apps), correo electrónico, buscadores, la información infinita de Google…todo sin costo. Un post capitalismo digital empieza a invadir sectores de la economía afuera de pantalla. A eso llamo socialismo libertario que no suprime la libertad en busca de la igualdad, sino que multiplica la libertad diferencial de cada persona, al socializar lo que le sobra a cada uno. La izquierda fósil es el statu quo, el yeso que inmoviliza estructuras para preservar los curros.

El espíritu anárquico poscapital, desregulado y mundialista, que usa Internet, va contagiando al campo analógico. Un "medallón" (la chapa) de un taxi, cuesta 1.200.000 dólares en NY; pero los autos de Uber que circulan por la capital del capital, no tienen chapa de taxi, dan mejor servicio y son autos particulares que se ofrecen para ser compartidos; es el futuro que se acerca sobre ruedas.

Un Director de la intendencia de Montevideo dijo: "Cuanto más lejos del taxi esté la tecnología, mejor. La tecnología tiende a desregular y reducir los puestos de trabajo" y puso como ejemplo a las doscientas telefonistas uruguayas desplazadas por el software de Uber, Easy taxi o Flywheel.

Por ahora el estado actual de la inteligencia artificial es rústico y en consecuencia, solo suplanta los trabajos elementales. Para Bernard Pouvet, la tecnología que duplica su capacidad cada 18 meses, mostrará sus uñas a breve plazo. A mediados de siglo, solo quedarán empleos de alta gama, disponibles para seres humanos; empleos super creativos como el arte, la opinión, la decisión, el entretenimiento del ocio... Vinculado a este pronóstico de avanzada, con la educación actual (que no toma en cuenta ese horizonte y enseña como en el siglo XIX) el año que marca la crisis del desempleo, ya llegó. En el caso de los taxis, la discusión refiere crasamente, a los intereses inmediatos de la intendencia, la patronal y el sindicato, sin tomar en cuenta al pasajero que es la razón de ser de ese servicio. Y allí no para la cosa.

Para el 2020, una fecha que está a la vuelta de la esquina, los oficios tacheros serán desplazados por el "Google car", un equipamiento que cuesta actualmente 150.000 dólares y permite viajar en un auto mucho más seguro, prescindiendo del error humano. Hace muy poco, fue autorizado el "Google car" en California y Nevada y ya llevan los autos sin conductor, un millón de kilómetros, circulando sin accidentes. En seis años el equipamiento será muchísimo mejor, el costo 100 veces menor y habrá una estadística, demoledora, al comparar los niveles de inseguridad que ofrecen los choferes humanos y el grado de seguridad de los autos autómatas.

Vuelvo a mi tema que es la coparticipación que brinda internet al servicio de la economía simpática.

Ya hay 5.000 grandes empresas compitiendo con las tradicionales, en la más variadas actividades: intercambio de ropa (ThredUP); coches compartidos (Zipcar, Uber, SideCar, Lyft, Bluemove, Getaround), préstamos económicos (LendingClub); alojamiento de viajeros (Hipmunk); Trueque de comida: Compartoplato, Shareyourmeal; 'Crowdfunding' KickStarter, Verkami; AirBN, que ya vale más que cualquier cadena de hoteles, dispone de diez millones de camas.

Uber, la de los autos, es otro gigante; en cuatro años de existencia ya vale 18.000 millones de dólares y opera en 132 países.

Compartir, prestar, ofrecer son verbos en expansión. Surgen miles de plataformas electrónicas. Y aunque quede tarea pendiente -regular ciertas aplicaciones, evitar la economía sumergida, mejorar los derechos, curar a los consumidores excedidos- el éxito de esta forma nueva de tener, revela una sociedad que quiere más, ávidamente.

Y dejo para lo último el rasgo más deslumbrante: el control de todos los participantes en la economía compartida.

No hay en el sistema la posibilidad de un centésimo mal ganado o de un gesto destemplado. La vigilancia digital verifica y documenta al milímetro todos los actos y recibe las quejas y las congratulaciones. La máquina expulsa de sí, a quienes destratan o abusan.

El mundo es malo porque morimos y es bueno cuanto más se vive y se convive y se usa con naturalidad, un sinfín de cosas difíciles de tener, como un utensilio más de la rutina común.

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