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Shakespeare y el César

Estamos a 400 años de la muerte de William Shakespeare. Acelerada según dicen, por un festejo de cierto día de 1616, de profusa libación con sus amigos Drayton y Jonson. Algo que, justo es indicarlo, descansa sobre un único testimonio. Como es lógico, el Bardo y sus obras están ahora en primer plano de atención al registrarse formalmente estos cuatro siglos.

Estamos a 400 años de la muerte de William Shakespeare. Acelerada según dicen, por un festejo de cierto día de 1616, de profusa libación con sus amigos Drayton y Jonson. Algo que, justo es indicarlo, descansa sobre un único testimonio. Como es lógico, el Bardo y sus obras están ahora en primer plano de atención al registrarse formalmente estos cuatro siglos.

La importancia e inmortalidad de Shakespeare es un tema demasiado vasto para encararlo globalmente aquí y ahora. Hasta es casi demasiado vasto querer desmenuzar lo que el crítico británico E. M. Forster califica como las “Cuatro grandes” obras, refiriéndose a Hamlet, Otelo, Lear y Macbeth, siempre aclamadas como ejemplos típicos de su genio. Pero Julio César sí es más manejable y parece fácilmente transportable a las realidades de todos los tiempos. En especial en tiempos emocionantes como los que vivimos en este año con figuras ayer aplaudidas y hoy cuestionadas, así como otras actualmente crujiendo en su caída. El poder, la gloria, con sus terribles vaivenes reflejados en crímenes horrendos como el del fiscal Nisman y otros que transitan por el dolor y la tragedia. Sin olvidar a algunos regímenes latinoamericanos y sus protagonistas corruptos.

A grandes rasgos se puede decir que Julio César trata acerca del poder, de un hombre que llegó a ser casi emperador y fue apuñalado por sus “amigos”. El incidente quedó registrado por Plutarco, Shakespeare leyó una traducción de este registro y la convirtió en una obra teatral alrededor del año 1600.

La obra vive un realismo, que nos transporta a través de los tiempos en forma tan vívida que hasta los críticos a veces asumen que los personajes son personas reales y no figuras puestas allí para hacer funcionar la obra. Esta obra que avanza a través de pilares como el discurso fúnebre de Marco Antonio: brillante, dedicado al César pero de otra manera sin piedad y traicionero.

Y aquí asimismo el lector o espectador puede detectar voces contemporáneas. Así como críticos del tiempo de la Segunda Guerra Mundial, como Forster, palpaban comportamientos mussolinianos hoy no podemos menos que evocar el drama del “presidente” sirio actual y la migración que desangra a su país.

Otro aspecto notable de Shakespeare, que vale la pena rescatar para el hoy es su capacidad post mortem de movilizar fuertes pasiones. Hay que reconocer que particularmente luego de las festividades de 1746 y del Jubileo de Stratford de 1769, miles, indiferentes al mal tiempo concurrieron a visitar los sitios emblemáticos, escuchar a Garrick, el mayor actor epocal de obras de Shakespeare y coleccionar trozos de un árbol que un clérigo desaprensivo había tumbado, provocando un huracán de indignación ya que ese árbol había sido plantado por Shakespeare.

En Londres existe hoy un teatro que es copia fiel del “Globe” donde los londinenses de otros tiempos se deleitaban con el teatro concebido por el gran escritor hace 400 y más años. Actualmente se puede trazar allí paralelos dramáticos entre desgarradoras instancias de hoy y, por ejemplo, el momento en que después del asesinato de César, Shakespeare le hace decir a Casio: “¡Cuánto tiempo más adelante será actuada nuestra escena en Estados aún no nacidos y en idiomas aún desconocidos!”

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