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“Desde el recodo”

Se cumplirán el lunes 16, seis meses del adiós a todos del Dr. Enrique Beltrán, hijo de uno de los fundadores de “El País” , director de este diario y entrañable amigo de sus amigos. Quiero recordarlo, hoy, a través de las páginas de su libro “Desde el recodo” (Ediciones de la Plaza), una selección de artículos de su columna de los sábados, sobre un abierto abanico de intereses. En este espléndido análisis, la pasión no le es ajena a sus escritos, porque ellos tratan de la libertad y la democracia. Sabía, como dijo André Malraux (al que conoció), que el honor de un hombre consiste en “reducir la parte de comedia”.

Se cumplirán el lunes 16, seis meses del adiós a todos del Dr. Enrique Beltrán, hijo de uno de los fundadores de “El País” , director de este diario y entrañable amigo de sus amigos. Quiero recordarlo, hoy, a través de las páginas de su libro “Desde el recodo” (Ediciones de la Plaza), una selección de artículos de su columna de los sábados, sobre un abierto abanico de intereses. En este espléndido análisis, la pasión no le es ajena a sus escritos, porque ellos tratan de la libertad y la democracia. Sabía, como dijo André Malraux (al que conoció), que el honor de un hombre consiste en “reducir la parte de comedia”.

El paso del tiempo (falleció a los 95 años) enriqueció a Enrique Beltrán, añadiéndole sabiduría, gravedad y hondura. Abogado, legislador del Partido Nacional, viceministro de Instrucción Pública y Previsión Social, fue proscrito cuando el golpe de estado de 1973. Periodista desde siempre, hizo de su columna un género literario.

De los artículos del libro que revisitamos, aquel que habla del retorno de la libertad al Uruguay, es el más distante en el tiempo. Cuando en 1984 se abría el camino hacia las urnas, evocó evanescentes instantes con su padre: “una borrosa imagen de perfil, con una rodilla en tierra, mientras movía ante mis ojos, un pequeño caballo sobre ruedas. Nunca sabré por qué, en el largo torrente, ha quedado flotando ese único recuerdo”.
Sabía que aquel joven de poco más de treinta años, cuya elocuencia seducía en el ámbito político, con la excusa de un partido de tenis, un Viernes Santo, marchó hacia su destino con sencillez. Se batió a duelo con Batlle y Ordóñez. Murió en el campo del honor. En esa evocación descubre “de qué manera aquella vieja y lejana lucha de un ayer que para muchos será remoto, vuelve a tener la admirable actualidad de una verdad siempre permanente”.

Enrique Beltrán analiza en su libro diversos momentos claves de la política nacional, así como otros ocurridos lejos de casa. Escribe sobre “El libro de los archivos literarios de la KGB”, de Vitall Chentalinsky, rescatando al escritor Isaac Babel, quien antes de morir en una cárcel soviética dijo con dolor: “Me he calumniado a mí mismo en mi declaración”.

No olvidaba a los muertos de Tiannamen, ni la caída del Muro de Berlín. Y del Papa Juan Pablo II escribió: “Me ha vuelto a conmover esa figura vestida de blanco, cargada de años, de sufrimientos callados, mensajero incansable de la paz, a pesar de todos sus cansancios, revelando una vez más, la formidable fuerza del espíritu imponiéndose a un físico debilitado y a veces claudicante, al que no deja rendir pese a la dura y larga marcha”. Y, visionario como era, alertó en 1999 sobre los riesgos de la apuesta de Chávez en Venezuela.

Así, entre la muerte de su padre y el asesinato de un demócrata español por la ETA, estas páginas recorren un tiempo sin olvidos ni fugas, trazando un profundo análisis de la época que vivió. Y es que la a la pluma de Enrique Beltrán la guiaba el mismo impulso que a la de Frédéric Bastiat, a quien corresponden estas palabras: “…la Libertad que es un acto de fe en Dios y en su obra”.

Como todos sus amigos, de diversas generaciones, me siento tentado a decir que Enrique Beltrán fue siempre un hombre claro, luminoso y sensible. Por eso podemos recordarlo en sus libros, espíritu que sopla, aún y todavía.

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