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Problema uruguayo

Hace pocos días el ministro de Trabajo dictó una conferencia sobre “La Cultura del Trabajo para el Desarrollo”. Entre otras cosas anunció que en este mes se implementarán las primeras medidas sobre cultura del trabajo y que ellas se ejecutarán con fondos ya existentes. Así fue que mencionó que el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop) dispone de 90 millones de dólares que se utilizarán para aplicar esta política.

Hace pocos días el ministro de Trabajo dictó una conferencia sobre “La Cultura del Trabajo para el Desarrollo”. Entre otras cosas anunció que en este mes se implementarán las primeras medidas sobre cultura del trabajo y que ellas se ejecutarán con fondos ya existentes. Así fue que mencionó que el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop) dispone de 90 millones de dólares que se utilizarán para aplicar esta política.

Es interesante que sea un ministro del actual gobierno y continuador de políticas de gobiernos anteriores (donde él también ocupó altos cargos), quien haga este planteo ya que uno de los problemas del Uruguay de los últimos años es justamente el deterioro de la cultura del trabajo. Eso que Francis Fukuyama describió como un aspecto central del capital social de un país. Concretamente, la cultura del trabajo que, según señaló cierta vez Germán Sopeña, “es la suma del conocimiento específico, una actitud honesta y productiva, el deseo de progresar, la capacidad para trabajar en conjunto y el respeto por el trabajo y los derechos de los demás”. Agregaba el periodista que quienes trasmiten la cultura del trabajo son, además de la educación familiar, fundamentalmente “las empresas o los ámbitos de trabajo, en los cuales hay una suerte de jerarquía vinculada con la experiencia y el mayor conocimiento, trasmitido a los demás en forma gradual y constante”.

Los gobiernos del FA se han caracterizado por políticas opuestas a todo esto, llevando el país a un ámbito donde trasmitir una cultura del trabajo luce lejano e innecesario. Por ejemplo, tenemos el Ministerio de Desarrollo Social, ese ministerio que nació a poco de haber asumido por primera vez la presidencia Tabaré Vázquez y que se convirtió en máquina de regalar dinero. Algo que se expuso en toda su realidad, a través de un estudio realizado en 2011 que reveló que el 80% de la población rentada por el Mides que se había anotado para planes de trabajo, rechazó la oferta laboral cuando ella se concretó. Esto evidenció que las prestaciones económicas ministeriales para los sectores pobres de la sociedad, se volvían un desestímulo cuando los beneficiarios recibían la oferta de un trabajo formal. Esto aunque cierta vez una subsecretaria del ministerio dijo que más de 12.000 hogares habían salido del “Panes” por acceder a un trabajo formal.

A pesar de lo expuesto, hoy en Uruguay existen lugares donde se cultiva la cultura del trabajo. Pero ellos no parecen abundar. Empresas privadas y algunos casos estatales, pueden ser ejemplos de una cultura eficaz, comparable a la de países del Primer Mundo, donde se da la tradición del buen funcionario. Tanto en el Reino Unido como Francia, o Estados Unidos, países del norte europeo y hasta Oceanía. Pero aquí se siente una decadencia que no es frenada por sectores de los cuales cabría esperar otra cosa. Como el sindical, tan favorable hoy a establecer formas para que empleados, en especial estatales, cobren sin trabajar o para que ellos mismos, como dirigentes, se conviertan en profesionales del gremialismo.

Quienes hoy ocupan los más altos cargos han estimulado el problema señalado. Estamos ante un escenario grave. ¿Las palabras del ministro implican que se dará un sorprendente golpe de timón para encarar el cambio necesario?

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