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En la era de la prisa

Cómo se conocerá en el futuro a nuestro tiempo? Puede ser que se le llame el de las abreviaturas. Tal vez, el de las grandes prisas. Tantas prisas que la gente, aun si no tiene mucho que decir, vive ensimismada, fija la visión en sus teléfonos celulares, mientras los teclean frenéticos.

Cómo se conocerá en el futuro a nuestro tiempo? Puede ser que se le llame el de las abreviaturas. Tal vez, el de las grandes prisas. Tantas prisas que la gente, aun si no tiene mucho que decir, vive ensimismada, fija la visión en sus teléfonos celulares, mientras los teclean frenéticos.

Una época en la que la gente quiere tener tantas fotografías que no llega a tener ninguna. Todas son tomadas y ubicadas en un archivo virtual, pero rara vez con tiempo para armar, por ejemplo, un álbum. Hasta los delincuentes no pueden concederse un lapso de descanso entre uno y otro ilícito: se nos dice que un comercio de la ciudad de Rivera llegó a ser víctima de más de 100 robos. Perdidos en las brumas del olvido están aquellos delitos de otrora que eran tan raros que uno solo bastaba para alimentar por lapsos prolongados la imaginación, como aconteció con el asalto al Cambio Messina, protagonizado por anarquistas, en octubre de 1928.

También está el caso de las motos, hoy frecuente instrumento de los “delivery” y que son tantas y tan presurosas que un choque entre dos birrodados, en otros tiempos algo realmente raro, actualmente merece escasas líneas. Menos notable aun sería ver hoy lo que hace años dejó estupefacto al que esto escribe: un motociclista montevideano impactando contra un caballo, con el resultado de un “motorista” ileso y un equino fallecido.

Todo esto nos impulsa a retornar a lo que planteamos más arriba: cómo se podrán historiar en el futuro las cosas que ocurren en nuestro tiempo. Algo que quedó expuesto por Anatole France, Premio Nobel de Literatura del año 1921, en su relato sobre el príncipe que reclamaba una historia tan, pero tan abreviada, que era un imposible.

No faltan rebeldes. Uno es Carl Honoré quien hace algunas décadas escribió su libro “Elogio de la lentitud” donde pretende impulsar un movimiento mundial que desafía el culto a la velocidad.

Aunque admite que “el futuro es más bien sombrío”, cree que el movimiento Slow está en marcha y en vez de hacerlo todo más rápido, muchas personas están desacelerando y descubren que la lentitud les ayuda a vivir, trabajar, pensar y jugar mejor. Honoré cree que posiblemente Italia sea lo más próximo a “un hogar espiritual del movimiento Slow, el estilo de vida mediterráneo tradicional que hace hincapié en el placer y el ocio, es un antídoto natural contra la velocidad”.

En 1907 William Dean Howels ya proclamó que “la gente nace y se casa, vive y muere en medio de un tumulto tan frenético que uno pensaría que enloquecerán”. Por su parte, el médico estadounidense Larry Dossey en 1982 acuñó el término “enfermedad del tiempo” para describir la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad y “debes pedalear cada vez mas rápido para mantenerte a su ritmo”. Honoré dice que hoy todo el mundo sufre la enfermedad del tiempo y se pregunta ¿por qué estamos siempre tan apresurados. ¿Cuál es el remedio contra la enfermedad del tiempo?

Sea como sea, aquí estamos, paradójicamente estancados, en la vertiginosidad que en teoría debería liberar. Mientras, la interrogante planteada al principio sigue luciendo válida.

¿Cómo se conocerá en el futuro a nuestra era, plagada de abreviaturas y grandes prisas?

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