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Plan de Emergencia Cultural 2

El domingo pasado 22 de junio escribí en este espacio una nota titulada “Plan de emergencia cultural” que concluía con estas palabras; “Aquí y ahora, no se construyó un edificio impecable donde se trasmita el saber y la cultura; un templo donde salir de pobres; lo contrario de lo que funciona en Maroñas, el liceo más vergonzoso del país con más de un 50% de repetidores. ¿Alguien hizo algo para que en ese barrio hubiera un liceo modelo, con un edificio confortable, un director vocacional, un equipo de profesores seleccionados y muy bien pagos?” (Hasta aquí, lo publicado hace una semana).

El domingo pasado 22 de junio escribí en este espacio una nota titulada “Plan de emergencia cultural” que concluía con estas palabras; “Aquí y ahora, no se construyó un edificio impecable donde se trasmita el saber y la cultura; un templo donde salir de pobres; lo contrario de lo que funciona en Maroñas, el liceo más vergonzoso del país con más de un 50% de repetidores. ¿Alguien hizo algo para que en ese barrio hubiera un liceo modelo, con un edificio confortable, un director vocacional, un equipo de profesores seleccionados y muy bien pagos?” (Hasta aquí, lo publicado hace una semana).

Al día siguiente, el lunes 23, una patota de siete o más individuos jóvenes (mujeres y hombres) trabajó durante la noche para destruir una escuela de mil alumnos en Maroñas; incendiaron los salones de clase y por todo botín, se llevaron una computadora que fue encontrada por la policía y un montón de chucherías de escaso valor. Eso sí, encontraron y usaron litros de alcohol en gel para rociar las cortinas y que prendieran fuego en muchos lugares. El hecho es descomunal como síntoma y con los años, puede marcar un hito en la historia del país, como un grito a la manera de Ipiranga, en Brasil; o el grito Asencio, en esta Banda.
Grito es un levantamiento mínimo, pero representativo de un malestar, una impaciencia buena o mala, un rencor. El diccionario dice: Grito: “Manifestación vehemente de un sentimiento general”. Todo indica que el comandante Héctor que planeó y llevó a cabo el siniestro bien puede convertirse en un jefe subversivo. Lo que menos importó en el delito incendiario de Maroñas, es el robo. Nadie cometió actos vandálicos para obtener algo. Lo fundamental fue el repudio a una institución tan inofensiva como lo es una escuela.
¡Cuánto encono fue sembrando el fracaso de la enseñanza pública en los barrios pobres! Cuanta desesperación. Cuánta situación límite.
El hecho, por ser desinteresado, hace mucho más grave lo cometido, por en su motivación. Se hizo ese destrozo que tampoco iba dirigido contra el millar de estudiantes infantiles, que cursan su aprendizaje en ese local. La razón de ser de lo que hicieron salvajemente, fue el modo de una contestación; un arreglo de cuentas con quienes los humillaron, echándolos de la enseñanza. Los modos de conmover lo vigente pueden ser muchos, y algunos resultan dignos y otros, despreciables; pero todos tienen algo en común: el desespero.
Hace tres años, el 15 de enero de 2011, un joven de 26 años diplomado en computación al que le confiscaron su puesto de verdura, se prendió fuego para morir y ese mero desenlace dramático, desató un torbellino en internet, propagado desde los países árabes; fue tan notorio y tan arrasador, que dio origen a la primavera árabe, una revolución cultural que terminó con el presidente de Túnez y un poco después, con Mubarak en Egipto.
Algo así es lo que entreveo a escala nacional en Maroñas: un agite subterráneo capaz de mortificar a quien sea, con tal de mortificar.
¿Qué va a pasar en el Uruguay, después de la quemazón de las escuelas 173 y 196? Habrá un in crescendo. El episodio no es nuevo para las autoridades de Primaria y del Ministerio del Interior. La inquietud viene de la magnitud del caso y del ajuste en la preparación de los hechos. La premeditación fue tan minuciosa que incluyó la supresión previa de la vigilancia a cargo de la policía; el ingenio para obtener in situ, el combustible. La ventana abierta para que entraran en tandas, los atacantes, concertados para participar de esta primera acción de comando. Durante el año 2013 hubo agresiones y hechos de vandalismo en las instituciones de Primaria. Según los estudios realizados, el problema afecta sobre todo a Montevideo, pese a que se nota un crecimiento de las reacciones violentas también en otros departamentos del interior del país como Rivera - donde dos centros educativos fueron incendiados - Maldonado y Rocha.
Los abandonados, los excluidos, los que quedaron a merced de una formación callejera, quieren vengarse de la gente y de los lugares de donde fueron arrojados a la malicia de vivir en la calle.
La derrota brutal de la educación pública que acosa a los pobres, no es un hecho que pase inadvertido. Los analfabetos y semi analfabetos, los no aptos para integrarse, son legión; y todos aprenden en la TV como se hace para asaltar y dañar.
La mala praxis escolar y liceal tiene frutos malevos que no se curan reparando a la ligera lo que se quiso voltear. No se arregla la fama del desbarajuste, cubriendo el hollín y reponiendo los muebles. La herida del destrozo anuncia más y peores destrozos. Los quebrados sin futuro, acorralados e inservibles para ganarse la vida, solo son aptos para malvivir. Esto determina un proceso en subida, cada vez más acelerado. Los cantegriles procrean enemigos que nacen con cada repetición masiva de estudiantes. Únicamente un castigo tan ciego como descalificar al barrer a la mitad de los alumnos, puede llevar a detestar el mundo en el cual viven. Ellos son los que no llegaron a entender a tiempo y se invalidaron en un abrir y cerrar de ojos. De ahí nace la injusticia cultural.
Desde hace años, hemos denunciado el desastre de la enseñanza pública contra los tranquilizantes encargados de corregir de mala manera: éxito en Carrasco, Punta Gorda, Malvín, Pocitos y al mismo tiempo, abandono despiadado de quienes más necesitan ayuda; los más desgraciados, como los llamó Artigas.
La única respuesta ante las ruinas vandálicas que dejaron y van a dejar, los incendiarios, es combatir la causa de sus atentados. ¿Qué gana esta sociedad encarcelando como corresponde a los delincuentes?
Al fuego de los incendios se debe corresponder con la unidad; una respuesta que no consiste en rehacer lo quemado. Habrá que construir en tiempo record, una escuela y un liceo de tiempo completo en Maroñas, que sean el modelo a seguir una y cien veces; edificios con gimnasio y biblioteca con mesas de lectura; un club deportivo que compita a la sombra del campeón uruguayo, el Danubio fútbol club, que demostró con sus méritos de ganador, que en esa zona se pueden lograr grandes cosas con su muchachada.
Los 4 partidos, los sindicatos, las iglesias, los empresarios, todos en un acto del “nunca más”, deben reunirse y reconstruir el ánimo. La realidad no puede generar un ícono más eficaz y lacerante que la ruina de esas dos escuelas derruídas de un saque. Basta ver las fotos publicadas, para sentir la vehemencia del ataque. Lo acontecido reclama mucho más que una mera reparación arquitectónica. La respuesta impone una acción en cierto modo monumental. A la escuela deshecha, responder con la edificación de otra escuela mejor que ninguna otra; el inicio de una serie de excelentes institutos de enseñanza de doble horario. Lo necesario es un hecho aleccionante, que ponga en su lugar al malón padecido. Tras el fuego irracional, debe obrar la unión de los contrarios; el revés, de dejar todo como está o como estuvo. La respuesta debe marcar el cambio. Sobre los escombros ennegrecidos, la fundación del nuevo espíritu. De esta emergencia cultural debe crecer lo nuevo ¡ya! y precisamente en Maroñas, en el lugar donde alguien pudo pensar que suprimir las escuelas era un acto satisfactorio.
Si la voluntad política se armoniza y manda, ningún escollo delincuente podrá impedir que se normalice la educación; veremos desarrollarse la tarea ínsita a la condición humana: preparar el futuro.

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