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Las partes y el todo que pienso

En el Diario “El Observador” bajo el título “Hay un retroceso cultural que apabulla, una cosa que asusta” se condensa una grabación que hice para ese diario, que duró más de una hora, en una nota que dura diez minutos.
Fruto de este achique sucede que la traducción aplica lo dicho sobre hechos determinados, a la generalidad sin límites que se nombra diciendo “cultura”.
Pienso que sin mala intención resulta que el tradutore al espacio mínimo, se convierte en traditore. Yo no pienso lo que esa nota me hace decir; no analizo “el estado de la cultura y la educación,” todo al mismo tiempo. Digo que nada es más lento para brotar o para morir, que la cultura o la incultura; ambos, son efectos mayores y a la larga.
Esta generalidad pachorrienta, es cosa máxima, diversa y superior, serena ante los percances fulminantes y concretos que se dan en la educación y que pueden alterar el ánimo, hasta crear temores.
Según el Pisa, Uruguay ocupa el último lugar entre todos los países ce

En el Diario “El Observador” bajo el título “Hay un retroceso cultural que apabulla, una cosa que asusta” se condensa una grabación que hice para ese diario, que duró más de una hora, en una nota que dura diez minutos.
Fruto de este achique sucede que la traducción aplica lo dicho sobre hechos determinados, a la generalidad sin límites que se nombra diciendo “cultura”.
Pienso que sin mala intención resulta que el tradutore al espacio mínimo, se convierte en traditore. Yo no pienso lo que esa nota me hace decir; no analizo “el estado de la cultura y la educación,” todo al mismo tiempo. Digo que nada es más lento para brotar o para morir, que la cultura o la incultura; ambos, son efectos mayores y a la larga.
Esta generalidad pachorrienta, es cosa máxima, diversa y superior, serena ante los percances fulminantes y concretos que se dan en la educación y que pueden alterar el ánimo, hasta crear temores.
Según el Pisa, Uruguay ocupa el último lugar entre todos los países censados, en cuanto a repetidores en los barrios pobres. Es un hecho conmovedor. Al medir la frecuencia de los repetidores, el porcentaje promedio de la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) dice: 20%. Cuando el promedio del Uruguay es el 58% de repetidores. Este porcentaje negativo del Uruguay es destacado como el más desfavorable, entre todos los países analizados; nuestra desgracia casi triplica el promedio de cualquiera de los 61 países miembros de la OCDE. Lo repito para que no haya dudas, con alarma. (Diario El País 9/11/14)
Haber llegado a este extremo, da miedo, verifica un atraso abismal del cual costará mucho salir; adelanta una cantidad de desgracias que habrá que soportar y vencer. Hay adelantos de lo que preveo.
El lunes 23 de junio del presente año, una patota de siete o más individuos jóvenes (mujeres y hombres) trabajó durante la noche para destruir una escuela de mil alumnos en Maroñas; incendiaron los salones de clase y por todo botín, se llevaron una computadora que después fue encontrada por la policía y un montón de chucherías de escaso valor; recuerdos de su “hazaña.” Localizaron litros de alcohol en gel para rociar las cortinas y así pudieron prender fuego en muchos lugares al mismo tiempo. El asalto a la escuela fue realizado durante un lapso breve, durante el cual se interrumpía la guardia policial. Se dejaron ventanas abiertas para que entraran de a uno, los atacantes, para no llamar la atención.
Hubo pues, una acción de comando. El hecho bien planeado, es descomunal como síntoma; y con los años, puede marcar un hito en la historia del país, como un grito a la manera de Ipiranga, en Brasil; o el grito Asencio, en esta Banda. Grito es un levantamiento mínimo, pero representativo de un malestar, una impaciencia buena o mala, un rencor. El diccionario dice: Grito: “Manifestación vehemente de un sentimiento general”.
Lo que menos cuenta en el delito incendiario, es el robo, que fue circunstancial y ajeno al programa trazado. Nadie cometió actos vandálicos para obtener algo. La intención inequívoca, fue el repudio a una institución tan inofensiva y mansa como es una escuela; fue un modo de vengar el fracaso de ser repetidores.
El hecho de tratarse de un ataque desinteresado, hace más trascendente lo cometido. El destrozo tampoco iba dirigido contra el millar de estudiantes infantiles, que cursan su aprendizaje en ese local. La razón de ser de lo que hicieron, fue un modo de contestar, mal con mal; un arreglo de cuentas con quienes los humillaron, echándolos de la enseñanza. Justamente, es en Maroñas, donde funciona un liceo cuya repetición llegó al 52%
¿Qué va a pasar en el Uruguay, después de la quemazón de las escuelas 173 y 196? El episodio no es nuevo para las autoridades que tienen como cometido educar todos por igual.
La derrota brutal de la educación pública que menosprecia a los pobres, no es un hecho que pase sin que nada pase. No se arregla la fama del desbarajuste, cubriendo con pintura, el hollín; o reponiendo los muebles. Se reinician las clases y queda la cicatriz que se hace historia.
Los estudios requeridos dentro del tiempo contado del cual dispone un niño o un adolescente, pasa entre nosotros, menguado, carcomido por las medidas gremiales (paros y huelgas) ejercidas como si la pugna fuera por cosas; y no por jóvenes en formación. Y es en este punto exacto, donde radica el doble quid de la repetición, que es a dos puntas.
Hay repetición y merma del tiempo de aprender, toda vez que los profesores se ponen de acuerdo para no dar clase; y el tiempo de aprender es la mitad, cuando la escuela o el liceo que cae en suerte, no tiene doble horario; requisito universal y de probado éxito en el Uruguay y el mundo.
Descalificar al barrer a la mitad de los alumnos, puede llevar a que cada uno, deteste su propio destino; quedan desocupados y además inferiorizados; de ahí, nace la furia. En reiteradas ocasiones hemos denunciado el desastre de la enseñanza pública en los barrios pobres sin dejar de reconocer el éxito en Carrasco, Punta Gorda, Malvín, Pocitos, como contraste al abandono despiadado de quienes más necesitan ayuda.
Pero ninguna de estas consideraciones refiere al todo de la cultura. Encarar la cultura en general es otro cantar, que merece una atención diferente. Diría que la cultura se pesa por el aura que se percibe en un ambiente. Por el modo de la gente. Por las muchas cosas que se hacen y por tantas o más cosas que no suceden. Max Scheler afirma que cuando un hombre culto, sabe, no se nota que sabe; y cuando no sabe, tampoco llega a saberse que no sabe. La conducta rectora y el pensamiento racional consisten en hacer lo más adecuado en cada circunstancia.
Del mismo modo que corresponde a proceder contra la injusticia cultural, corresponde a valorar y defender lo que viene bien y se logra en otros campos de la actividad, que no son la educación sino las inmensidades de lo cultural, que nada deja fuera de sí.
Así como cabe distinguir las escuelas y los liceos públicos que funcionan bien en los barrios ricos, también se logran buenos resultados debido al mérito personal de los buenos directores o la buena calidad del profesorado. Y aparte de esos casos que son positivos, debe apreciarse la movida espectacular que activa la Dirección de Cultura en favor de los creadores; la creación del Ineed, un instituto académico capaz de vaorar los resultado de la enseñanza; los muchos y valiosos espectáculos que llenan los teatros; más los concursos callados en los cuales aparecen o se consagran nuevos talentos; y por sobre todo, la acción incesante, de los libros donde reside lo concebido durante todo el tiempo que la especie lleva apuntando y guardando lo escrito; más la conexión jamás vista y nunca imaginada de internet; monumental y gratuita.
La cultura se difunde noche y día por la mera convivencia; es, como gusta decir Ortega y Gasset, rebotante. Hay una multitud inabarcable de ofertas; la formación de las personas dura lo largo de toda su vida; y nada de eso merece, aquí y ahora, un diagnóstico sombrío; sucede y se cumple al margen de los escándalos puntuales en los cuales se hunde la enseñanza pública, algo que no admite espera.
La formulación sombría de la nota en El Observador no corresponde a mi modo de apreciar el futuro, es favorable a la vida, que a la larga, es siempre invencible; favorable al Uruguay donde vivo y puedo hacer mi trabajo, libremente.

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