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El oprobioso muro de Berlín

Todo eran abrazos y lágrimas esa noche; desaparecieron las categorías humanas, todo el mundo era uno más”. Estas emotivas palabras las pronunció alguien anónimo, que estaba derribando el Muro de Berlín. Describen el espíritu de la cultura de la libertad. Porque ésta es diálogo, intercambio de opiniones, diversidad y crítica. Y sólo es posible en las democracias, porque en las sociedades cerradas todo ha sido diseñado para no pensar.

Todo eran abrazos y lágrimas esa noche; desaparecieron las categorías humanas, todo el mundo era uno más”. Estas emotivas palabras las pronunció alguien anónimo, que estaba derribando el Muro de Berlín. Describen el espíritu de la cultura de la libertad. Porque ésta es diálogo, intercambio de opiniones, diversidad y crítica. Y sólo es posible en las democracias, porque en las sociedades cerradas todo ha sido diseñado para no pensar.

Tras la caída del muro, muchos se atrevieron a hablar. Y hemos visto películas inolvidables, como La vida de los otros, ambientada en Berlín Este. Hoy queremos evocar este acontecimiento histórico, porque el domingo 9 se cumplen 25 años de su derrumbe.

En la calle Bernauer de la capital alemana, miles de soldados de la extinta Alemania oriental, comenzaron a construir aquel Muro que dividió la ciudad y al mundo por 28 años. Al menos 136 personas murieron al intentar cruzar hacia el mundo libre, en tanto millones vivían atrapados en el llamado Berlín oriental.

A propósito del histórico derrumbe del muro, escribió Jean François Revel en su libro La gran mascarada (Taurus): “Lo que marca el fracaso del comunismo no es la caída del Muro de Berlín, en 1989, sino su construcción, en 1961”. Y agrega: “Era la prueba de que el “socialismo real” había alcanzado un punto de descomposición tal que se veía obligado a encerrar a los que querían salir para impedirles huir”.

Revel señala, además: “Es un deshonor para Occidente que el Muro fuera, a fin de cuentas, derribado por las poblaciones sojuzgadas por el comunismo en 1989 y no por las democracias en 1961, cuando hubiera sido tan fácil que ocurriera”. La utopía, como señalaba el destacado pensador francés, “no está sujeta a ningún resultado obligado”. ¿Por qué? Pues, porque “su única función es permitir a sus adeptos condenar lo que existe en nombre de lo que no existe”.

Tras el derrumbe por implosión de la Unión Soviética, se hizo patente el fracaso político, económico e ideológico de aquel régimen. Muchos pensaron que los llevaría a una seria reflexión crítica sobre la validez de sus ideas, teniendo en cuenta, además, los millones de víctimas causadas; baste recordar que el escritor inglés Martin Amis comparó las cifras de las muertes con las del nazismo, en su libro Koba el Temible. Pero, sin embargo, dice Revel, la última década del siglo “ha sido testigo de la poderosa contraofensiva por los políticos e intelectuales de la vieja izquierda con el fin de borrar e invertir las conclusiones…”.

De esa forma se buscó reeditar la utopía. Tras la caída del Muro de Berlín, Revel agrega: “En el fondo, el reino del comunismo no es de este mundo, y su fracaso, aquí, en la tierra, es imputable al mundo, no a la idea comunista”. En ello coinciden Revel y François Furet en su celebrada obra El pasado de una ilusión, que fuera prologado por el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, y elogiado por el escritor Jorge Semprún, dueño de una vasta obra literaria, cineasta y ministro de Cultura de Felipe González.

La caída del Muro de Berlín, citando una vez más a Jean François Revel, se ha convertido en el mejor testimonio de que, “a pesar de todos sus defectos, es en los países democráticos y capitalistas donde se mantiene la libertad”.

Este instante eterno ocurrió hace ya un cuarto de siglo.

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