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El muro como metáfora

El pasado domingo se cumplieron 25 años de la caída del Muro de Berlín, o al menos del comienzo de su destrucción material. En 2010 estuve en la ciudad y pude constatar que hoy se ven muy pocos rastros visibles del Muro -por lo general en sitios conmemorativos- y el hecho de que parte de sus restos se convirtieran en souvenirs comercializables no deja de ser una broma de la historia.

El pasado domingo se cumplieron 25 años de la caída del Muro de Berlín, o al menos del comienzo de su destrucción material. En 2010 estuve en la ciudad y pude constatar que hoy se ven muy pocos rastros visibles del Muro -por lo general en sitios conmemorativos- y el hecho de que parte de sus restos se convirtieran en souvenirs comercializables no deja de ser una broma de la historia.

Lo de “muro” es una simplificación: en realidad lo que las autoridades del Berlín Oriental levantaron a partir del 13 de agosto de 1961 fue un complejo sistema de aislamiento que en sus casi tres décadas de existencia no dejó de cambiar, crecer y adquirir más sofisticación. Toneladas de concreto, kilómetros de alambre de púas, alarmas, fosos, reflectores, torretas de vigilancia, veredas para la ronda de los guardias, hilos conductores para la correa de los perros y un ejército atrincherado detrás para impedir que la barrera fuera burlada por los ciudadanos orientales, nos hablan de un proyecto kafkiano. En su desmesura la obra simbolizó, como pocas realizaciones humanas, el espíritu de la Guerra Fría que en el siglo pasado dividió al mundo a partir de 1945. Pero fue también un emblema del colapso del comunismo y el mundo bipolar, y el verdadero final de ese “siglo corto” que como muchos historiadores señalan fue el siglo XX.


Sus constructores lo denominaron “Muro de Protección Antifascista” (Antifaschistischer Schutzwall) y rápidamente, los medios occidentales lo bautizaron “Muro de la vergüenza”. Así comenzó la batalla propagandística, tan enconada como la política o la militar. En las dos semanas previas a que empezara a levantarse, más de 47.000 personas cruzaron la frontera para emigrar del este al oeste. Desde 1945, esa cifra asciende a tres millones. Cuando su presencia era ya visible circulaba el chiste de que en realidad había sido levantado no para impedir la fuga de orientales sino para evitar que los occidentales entraran.

Muchas personas fueron asesinadas en el intento de superar la dura vigilancia de los guardias fronterizos de la RDA. El número exacto de víctimas está sujeto a disputas y no se conoce con certeza. No obstante, hay que consignar que fueron cerca de siete mil aquellos que lograron escapar de una Alemania a la otra durante la vigencia de su división material.

En su apogeo, el muro llegó a tener una longitud de más de 120 km. La construcción inicial fue mejorada regularmente porque las obras producto de la insania y el dogmatismo nunca pueden terminarse. Lo asombroso de su final es que fue derribado sin que se disparase un solo tiro y con una noche entera de celebración que congregó al pueblo alemán a ambos lados de la nefasta barrera. En la euforia de esa noche, muchos berlineses occidentales escalaron el muro y comenzaron su destrucción con todos los medios disponibles (picos, martillos, palas, barretas, etc.). El virtuoso violoncelista Mstislav Rostropovich, que había tenido que exiliarse en el Oeste, fue al pie del muro a animar a los que lo demolían. La fotografía de ese gesto se volvería célebre.

Más arriba he aludido a Kafka, que siempre es asombroso en sus anticipaciones. En su cuento “La construcción de la Gran Muralla China”, el autor se apropia de la monumental obra para crear una metáfora magistral sobre el miedo, los hombres y el poder. En un pasaje afirma que en la muralla “existen huecos que jamás fueron cerrados”. De alguna manera nos dice que por más perfecta que sea una muralla material, su resistencia máxima suele estar en la mente de los que acatan sus límites.

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