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El levantamiento de las baldosas

Mi amigo y maestro, José Bergamín, brillante escritor, edificó la siguiente greguería: “La oruga es una arruga que se fuga”. También compuso (sobre el bolero de Osvaldo Farrés, “Quizás, quizás, quizás”), “El himno de los intelectuales” que dice así: “Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando…” No había en Madrid, en esa época, otro peligro de lesión grave, que no fuera algún obús del ejército franquista. Vivían más seguros que nosotros, ahora; por eso les quedaba tiempo para el buen humor.

Mi amigo y maestro, José Bergamín, brillante escritor, edificó la siguiente greguería: “La oruga es una arruga que se fuga”. También compuso (sobre el bolero de Osvaldo Farrés, “Quizás, quizás, quizás”), “El himno de los intelectuales” que dice así: “Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando…” No había en Madrid, en esa época, otro peligro de lesión grave, que no fuera algún obús del ejército franquista. Vivían más seguros que nosotros, ahora; por eso les quedaba tiempo para el buen humor.

Yo sabía desde hace mucho, que las baldosas iban a rebelarse algún día, cuando cobraran conciencia de que son pisoteadas; pero nunca supuse que una arruga de vereda se la agarraría conmigo.
La que se me vino encima, el viernes pasado aprovechó la semi sombra del crepúsculo, no la vi y me frenó el paso tan firmemente, que tuve que zambullirme sin trampolín; un pantallazo que sacudió mi esqueleto, casi sin excepción.

Al rato, subía yo rumbo a Dieciocho y tuve que parar un tiempo para saber hacia dónde iba. Despejado, pasé revista a mi sobretodo para evaluar los daños y perjuicios del tropezón y el meñique de la mano derecha se hizo presente con una molestia suave, pero rara. Adiviné de entrada: este es un caso de endorfinas, cuando se enfríe la lesión, me hace gritar. Y era cierto, miré la mano con la palma hacia abajo, orientada para adelante; y el dedo que fue, señalaba hacia un costado, de acuerdo con la flecha de la calle Colonia. Un disidente con causa municipal. Quise alinearlo con los otros tres y no aguantó; fue tocarlo y me fulminó en vida con una descarga de dolor que no cabía en tan poco espacio; felizmente mi alarido ronco, sonó como una tos perruna; nadie se fijó. Dejé quieto al caído y su furia fue atenuándose sola; pero él seguía firme, saliendo de la mano temblorosa, en un ángulo de 90 grados.

Caminé despacio como quien lleva colgando un tigre dormido.
Tardé en volver a pensar y lo primero que hice fue comprar un diario. Tenía que tapar mi espectáculo manual (un dedo que señala contra natura, es obsceno) y así, descartado el público y aquietada la bomba de tiempo (cuando se enfríe…uy uy uy) detuve un taxi . El conductor me pregunta sin alarma: ¿Viene armado? Retiro el diario, ve al pobrecito descolocado y resulta que el tachero tenía una hija y un amigo, también víctimas del baldosaje embravecido. Me llevó a cien por hora, a la emergencia de Impassa, que ahora se llama de otra manera, pero sigue muy bien de salud. Mientras un par de radiografías, aclaraban que no había nada roto, el médico y yo, hablamos de fútbol, hasta que fui prevenido: Va a doler. Y sin esperar respuesta me curó de un tirón. Mientras yo trataba de dominar mi apariencia desesperada, alcancé a balbucear algo así como: Siempre el dolor es menos de lo que uno espera. Todo trabándoseme la lengua.

No voy negar que a la salída del sanatorio portando la mano como si fuera un bebé (el dedito iba alineado y metido en un sarcófago de cartón) yo ya pensaba en esta nota sobre el símbolo del malón de las veredas. Repasé en el fondo de mí, la memoria del derecho administrativo referido a las cuadradas yacentes, casquivanas recostadas, encamadas al cordón de granito rojo; pensé en la pampa de granito (Rodó ni Dios permita) y volví a ellas, las baldosas, de uso público; vivían del señor de la finca que pagó su colocación y después debió pagar y no paga, el “mantenimiento” de sus mantenidas. La intendencia indiferente, se borra y deja de intimar como le corresponde, para eliminar los riesgos del burdel del piso liso, hecho trampero de peatones giles. Buen título, el tango del mal paso; y agregué maquinalmente por cómo suena: el mal paso … que caduca los meñiques, repartiendo luxación. Pero estaba ¡como para cantar!
Me pregunté de donde mana tanto desprecio por la convivencia amable. Perdimos los modales. No digo la cortesía, digo el pan de cada día en la relación de la gente. Las cuadradas insumisas, son pura figuración. Pero cada paso que das, te acerca a la sepultura.

A partir de la invención del portland, lo chanta se multiplica al cuadrado. Nunca camines, pues, meditabundo, pendiente de otra cosa. Aquí, Sócrates y Platón hubieran tenido que usar un casco peripatético. En la Grecia clásica, el ágora jamás los traicionó encrespando el suelo por donde caminaban; y ellos pensaron siempre con tanta elevación, que jamás tocaron el piso.

Vuelvo a mi cuento: mi pequeño Napoleón yace en el pretil de la mano, metido por la nurse en un féretro de cartón. Fue casi inmolado por atajar y salvar el caballete de la nariz que iba a martillar el suelo, como quien estornuda y en el envión, se da de cara, contra la pared.
Hoy, serenado y siendo sábado, contemplo mi viernes. Importa un bledo la marcha interrupta, lo que cuenta es percibir la inundación de cambalaches que pulula a ras del suelo.

En las ciudades sanas, uno cruza la calle y después sigue atento al fluir de la vida, mirando vidrieras. Pero Montevideo se hizo selva de emboscadas. Mirad mi casa rota , escribó Neruda.

Hubo otros que hicieron estas calles y estas veredas que relucían recién estrenadas y ahora no pueden caminarse; por la gravedad, de la ley de la gravedad; demasiado Newton y el retroceso del ser de cada uno, ahito de pesadez.

Por momentos pasearse es tirarse en paracaídas. Y si caigo. ¿Qué es la vida?/ Por perdida ya la dí/ el día que me caí/ caminando en la avenida. (José de Espronceda). Precursor es, “El pozo” de Onetti; quien titula como los dioses. Le bastaron cuatro letras para prever el futuro; solo le faltó un toque de baldosón cuando Cecilia baja de blanco por Eduardo Acevedo, hacia la rambla.

Divagar en nuestros días en la muy fiel, no es cosa ufana, la ciudad es un erizo capaz de corroer la imagen más imborrable.

Feizmente, el malestar de mi volteada terminó antes de empezar. El dedito no se queja, escribo probándolo y él se encarga, como puntero derecho, de los acentos, de la eñe y del punto y aparte.

Aquí no ha pasado nada. “Con libertad, no ofendo ni temo.” Pero el héroe andaba a caballo y nunca vivió en la ciudad Aquí no ha pasado nada; pero pasó. ¿Qué pensaría ahora mi querido Liber Falco que escribió: “Madre cruel, Montevideo”.

La miro de lejos, como si oyera de nuevo “Un real al 69”: y su toque de bullanga ingenua: Montevideo que lindo te veo/ con tu cerro y la fortaleza. Yo corregiría: Montevideo que fea te veo/ no te quieren , ni yo te quiero. Logré arrancármela un día, ya no siento el corazón.

Tú, una ciudad como tú, llena de privilegios a escala humana ¿puede, corromper su cotidiano? Una rambla que el mundo no tiene, sobre un río imaginario, una luz africana de par en par y el sabor neto de la carne de vaca, los pescados, las frutas, las verduras deliciosas. Playas y playas. ¿De dónde sale este desprecio nuevo que nos destrata y te degrada? Te quedaste vacía del remanente aldeano que antes tuviste, candorosa.
Recuerdo la canción de Daniel Amaro, escrita en los días tristes cuando no hubo libertad y hubo dictadura; se cantaba con alegría y a veces, lágrimas: Si de nuevo me tocara/elegir para nacer/elijo Montevideo/Para morir de tanguez//Elijo Montevideo/Para volverla a querer.

Quiero pensar que froté el meñique por el asfalto como quien intenta prender un fósforo quemando la mano, para volver a tener un cacho del resplandor, algo de aquel amor que te tuve, Montevideo; y ya no puedo sentir.

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