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Izquierda y derecha

Una de las batallas culturales más importantes que ha librado y ganado la izquierda en Uruguay es haberse arrogado definir lo que es la derecha política en el país. Y lo ha hecho con tanta eficacia que el resultado ha sido una fórmula simple y llana que, aparentemente, se da como indiscutible: todo el que no es izquierda, es derecha. Esa generalización le ha dado réditos políticos al punto de dividir la realidad partidaria entre buenos y malos.

Una de las batallas culturales más importantes que ha librado y ganado la izquierda en Uruguay es haberse arrogado definir lo que es la derecha política en el país. Y lo ha hecho con tanta eficacia que el resultado ha sido una fórmula simple y llana que, aparentemente, se da como indiscutible: todo el que no es izquierda, es derecha. Esa generalización le ha dado réditos políticos al punto de dividir la realidad partidaria entre buenos y malos.

Como sabemos, el origen histórico de esta oposición radica en un hecho casual: la ubicación geográfica de los delegados con diferentes orientaciones doctrinales en la Asamblea Nacional de agosto y septiembre de 1789 en Francia. Tras la revolución violenta y cuando se debatía sobre el peso de la autoridad real frente al poder de la asamblea popular en la futura constitución, los diputados partidarios del veto real (pertenecientes mayoritariamente a la aristocracia o al clero) se agruparon a la derecha del presidente. Por el contrario, quienes se oponían a este veto se ubicaron a la izquierda y se autoproclamaron “patriotas”.

Inmediatamente, esa marcada oposición se instaló en la cultura política de los sistemas de asamblea, aun cuando hubiese grupos antagónicos con otras características. Durante el siglo XIX, la dicotomía derecha-izquierda se extendió por Europa, y a partir de 1830 lo hizo también en América del Sur. No obstante hoy, el filósofo francés Marcel Gauchet sostiene que el verdadero nacimiento de la derecha y la izquierda políticas, data del período de la Restauración Borbónica en Francia. En efecto, allí estaban, de un lado y a la derecha, los ultrarrealistas, los contrarrevolucionarios, y aquellos que de una forma u otra apoyaban la causa real. Del lado opuesto, los liberales (herederos principales de la Revolución Francesa y del Imperio, defensores de las libertades individuales y del libre intercambio), así como los partidarios de una Monarquía Constitucional equilibrada. Al medio y entre estos dos extremos, es decir al centro, se ubicaban los constitucionalistas y los independientes. Hasta aquí el origen histórico de la división.

Trasladado esto al presente nacional y atendiendo al enunciado del primer párrafo, la realidad nos conduce a Vaz Ferreira y los silogismos de falsa oposición. La falacia lógica o falso dilema involucra una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más opciones alternativas que no se consideran. Y las alternativas únicas y excluyentes son, por lo general, los puntos de vista más extremos dentro de un espectro de posibilidades. Quien ha leído un poco de filosofía y lógica sabe que los sofismas son falacias intencionales, dolosas, en las cuales quien las comete es consciente de ello en la medida que representan engaños deliberados.

Volviendo al principio, y sin valorar aquí el significado último de las dos opciones en una lectura actual, es de toda evidencia que en el espectro político uruguayo, todo lo que no es izquierda no necesariamente es derecha. De la misma manera, no todos los que se definen de izquierda, lo son. Por ejemplo, quienes apoyan con fervor dictaduras totalitarias y sangrientas que asesinan estudiantes, torturan, encarcelan opositores y desconocen la constitución y la separación de poderes no deberían llamarse de izquierda porque aceptan para otros los abusos que alguna vez ellos tuvieron que padecer y avalan lo que condenaron, por ejemplo, durante la Dictadura.

Pero esa operación reduccionista de las posiciones políticas que la izquierda ha desarrollado con rotundo éxito ha contado con la indiferencia, la omisión y la pereza intelectual de los supuestos aludidos agrupados en esa derecha innominada o, cuando menos, no expresada de manera clara por quienes supuestamente la integran. Porque, vamos, ¿qué político uruguayo, qué partido, qué facción, qué movimiento, se define en este país como de derecha? Que yo recuerde, el último político que lo hizo fue Daniel García Pintos que se reconocía públicamente como “demócrata, derechista y anticomunista” y era impulsor de las pintadas en muros de la Brigada Palo y Palo.

No obstante, ninguno de los aludidos como pertenecientes a la derecha sale al cruce de la invocación genérica -que involucra a casi toda la oposición- y dice: no somos lo que la izquierda dice que somos. O, en caso contrario: sí, somos eso y lo admitimos. En voz alta y sin complejos vergonzantes. Porque el que calla, otorga.

Pero en el imaginario colectivo esa falsa oposición se expresa también en otro silogismo: el de la izquierda inmaculada, propietaria y crisol de la ética, la honradez y el bien pensar, incorruptible por definición -Sendic dixit- que se erige contra una derecha conservadora, rapaz, corrupta, insensible socialmente, autoritaria y culpable de todo lo que el pueblo ha padecido y padecerá. Los buenos y los malos invocados al principio de esta columna.

Esa posible derecha químicamente pura que la izquierda dibuja y la central obrera anatemiza, ¿existe realmente como tal? ¿En dónde se ubican entonces el centro político, las opciones socialdemócratas, el wilsonismo, lo que queda del batllismo, y todos los etcéteras que quepan? Por supuesto que no hay dudas de que en Uruguay existen personas y pensamiento de derecha, como también hay anarquistas, maoístas o neoestalinistas. El tema pasa por otro lado: ¿qué partido político expresa hoy de manera manifiesta una opción de derecha como por ejemplo, en España lo hace el PP de Mariano Rajoy o en Estados Unidos el Partido Republicano?

Es claro, además, que esa polarización artificial se amolda sin problemas a la idiosincrasia del país que siempre tiende a ver la realidad como un escenario de campos contrapuestos que parecen irreconciliables. Una lógica que impide acordar políticas de Estado consensuadas y beneficiosas para todos sin importar si son de izquierda o de derecha. La educación, la seguridad, la inserción internacional, la cobertura de salud eficaz, por citar algunos temas que piden una solución y hoy se discuten y cuestionan, no son patrimonio de ninguna posición ideológica. Son problemas que hay que resolver con inteligencia y sin posturas dogmáticas para alivio de la mayoría.

Como decía Shakespeare, existen más cosas entre el cielo y el infierno que las que caben en una módica filosofía. Y si hay algo anacrónico y maniqueo hoy es esa tajante división política entre izquierda y derecha, resabio de otra época y herencia de un momento histórico determinado. Por eso, cuando las encuestas de opinión señalan que hay personas que no quieren votar izquierda pero no se animan a apoyar otras opciones, quizá les pesa el cuco de esa derecha política que la izquierda ha definido con astucia como parte de una cultura que polariza y simplifica las opciones democráticas de la gente. 

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