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Una huella imborrable

Escribí “El libro de Artigas” a propósito de las instrucciones del año trece y sus monumentales consecuencias culturales. Transcribo un fragmento del último capítulo:

Escribí “El libro de Artigas” a propósito de las instrucciones del año trece y sus monumentales consecuencias culturales. Transcribo un fragmento del último capítulo:

La esencia del aporte artiguista, corresponde a una percepción del otro, magnificada hasta los bordes de la demencia. Artigas creyó que los más desgraciados podían alcanzar la magnitud civil de ciudadanos. Y creyó mucho más: creyó que dos culturas dispares, podían concertarse, tal cual se habían concertado, fundido, en su fuero íntimo.
Y tanto lo creyó, que los demás, le creyeron. Artigas fue un ícono pudiente en cuanto a vencer la impenetrabilidad de las culturas. Dos edades separadas por milenios, podían congeniarse; y la fantasía fue aplicada con tanta fe, que se cumplió en los hechos, mientras “el sistema” ganaba, durante la guerra federal, en los meses que culminan en Guayabos.
La brevedad del éxito y la brutal fiereza de su fracaso, no hace desaparecer el big bang que aconteció, lo que efectivamente se había combinado y provocó un impulso cuya onda se puede registrar todavía. Se hermanaron y fueron iguales los subyugados por el fomes artiguista y nadie pudo contener esa fraternidad nueva.
El mundo actual favorece la comprensión de lo que estoy diciendo, es ríspido por miles de razones; es global, pero exasperado. La geografía se mueve; la gente viaja y emigra; y por sobre todo se conecta torrencialmente por Internet.
Aun en las culturas más sólidas, en este batido constante, se siente la presión de otras culturas imposibles de conciliar; se interfieren, se hieren recíprocamente.
El Viejo Continente, se ve asediado por olas emigratorias, desde el Islam o desde África.
Cuanto mejor es una democracia, más depende, de la formación de cada ciudadano. Fernando Savater no se equivoca, cuando lo muestra como si fueran vientos entrecruzados, arrasadores, los empujes culturales.
El lugar de los fanáticos religiosos se agrandó para mal con el espacio que ocupan los creyentes políticos, afiliados a dogmas empecinados. La solución humanista requiere ante todo, percibir al otro; entenderlo; asimilarse a “ellos”. La realidad enseña que sin asimilación, no hay esperanza inter nacional.
Gasto esta disquisición para ganar el derecho a decir que Artigas protagoniza una experiencia, nada común. Fue en el desierto indígena, uno de “ellos”; vivió en La Sierra como en la civilización. Su vida pública duró muy poco, tuvo poder durante menos cinco años. Y en ese lapso, viró el sentido del coloniaje (una invasión a sangre y fuego). Igualó a los desiguales. Implantó como viable, una esperanza que fulguró por poco tiempo, pero que compenetró vivamente los dos polos más humildes.
La historia en uso, reseca, repite sin saber ni entender el límite del odio tradicional; no registra siquiera, que la guerra federal se llevó a cabo desde Arerunguá y su desierto circundante; un indicador irrefutable, que delata algo nunca sucedido: los federales de la Liga federal, establecieron su capital en medio del desierto indígena; cuando la mitad de ellos eran gauchos indigentes y la otra mitad eran indios nómades.
El lugar físico de los hechos estratégicos es un indicador y no lo quieren ver. Por eso funciona la historia empedernida a la manera de un cargo de conciencia; suprime lo rechazado y allí se queda, enquistado en la negritud subconsciente.
Un investigador sagaz, Javier Fernández Sebastián dice: “El mandato de “promover la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable” (art. 3° de las instrucciones) resulta en su misma formulación de una vaguedad e inde?nición desconcertantes.” Y tiene razón.
La bibliografía nacional necesita sicoanalizarse para disipar esa niebla espesa (hecha de vaguedad e indefinición y deseo de no admitir una verdad que incomoda).
A la formidable serie de obras referidas a Artigas, le falta siempre la misma página, el capítulo referido a la relación creada con sus seguidores, que pertenecen a dos mundos radicalmente diversos. ¿Cómo los concilió?
-- “Nuestra victoria, victoria, victoria es a favor de los orientales” – así lo aclaró el 11 de enero de 1815, en el centro de sus recursos, en Arenrunguá; y en la cumbre del poder; en el desierto, a 500 kilómetros de Montevideo.
Los hechos están ahí. Sólo dos excepciones puedo salvar de esta acusación de parcialidad: los documentos recopilados en “La guerra de los charrúas” de Eduardo F. Acosta y Lara; y los treinta y siete grandes tomos llamados A. A. (Archivo Artigas). Esos son mis testigos y dan fe de lo que digo.
En medio de una sociedad bárbara, los días de Artigas, lograron un entendimiento único en las acciones y en el sueño compartido de dos culturas. Eso rescato: el alma de los de abajo, que ganó la guerra federal desde “el centro de sus recursos”…indios. No se vio, nunca, en las tres Américas, un caso igual: una revolución popular llevada a cabo por los dos extremos más infelices.
Yo sé: duró poco y fue cosa chica para el mundo, pero grande para el lugar donde sucedió; por eso no pudo borrarse, en esta banda, ese soplo de igualdad triunfante.
Se puede medir el tamaño del “siniestro” que provocó la unión de los artiguistas, por la magnitud del cuerpo de bomberos que fue necesario para extinguirlo: la fuerza de medio continente, Brasil, actuando cuatro años (1816-1820). Durante ese tiempo, morían en los combates, indistintamente, orientales y charrúas; y está probado que en cada encuentro, la seguridad personal de Artigas quedaba a cargo de los charrúas. Por ser dueños de los mejores caballos, eran los dueños de la huida, para rehacerse, después de cada derrota.
Un hombre público se define por lo que hace y por lo que piensa y también, por lo que hacen y piensan sus adversarios. Y nada enaltece más a quien promovió el “fomes” igualitario y la aplicación del “sistema federal” entre provincias soberanas, que el contraste con el más grande de los porteños de todos los tiempos, el atronador Domingo Faustino Sarmiento, quien escribió:
-- “Tengo odio a la barbarie popular. Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas” (Carta a Mitre, 24 de septiembre de 1861).
“¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado” (El Progreso, 27 de septiembre de 1844; El Nacional, 25 de noviembre de 1876; 8 de febrero de 1879 y 19 de mayo de 1887).
Los uruguayos de 1830 se formaron en esa “barbarie culta”, exterminadora de gauchos y de indios, capaz de un inmenso desprecio por el valor de la vida humana (se llegó a degollar los prisioneros hechos en los campos de batalla) se llegó a mantener una guerra civil intermitente, que duró tres cuartos de siglo, los 74 años que van de 1830 a 1904.
Promover la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable, se retomó como tarea, recién en los tiempos dorados del 900.

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