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De Gaulle, el ejemplo

"La soledad fue mi tentación. Se convirtió en mi compañera. ¿Qué otra cosa me hubiera podido satisfacer después de haberme topado con la historia”. Estas palabras son del general Charles de Gaulle, de cuya muerte se cumplen este mes de noviembre cuarenta y cuatro años. También había nacido en noviembre, el día 22 de 1890.

"La soledad fue mi tentación. Se convirtió en mi compañera. ¿Qué otra cosa me hubiera podido satisfacer después de haberme topado con la historia”. Estas palabras son del general Charles de Gaulle, de cuya muerte se cumplen este mes de noviembre cuarenta y cuatro años. También había nacido en noviembre, el día 22 de 1890.

Me ha parecido interesante recordarlo a través de algunos detalles de su último día de vida, en su lejano retiro en Colombey-les-Deux-Eglises, donde se encontraba y el ámbito donde dialogara con André Malraux, dando lugar al inolvidable libro que este último escribió, “La hoguera de encinas”. Se trata aquí de evocar las palabras de su legado, tan conmovedor como emocionante.

Ese día 9, el general de Gaulle escribió hasta la hora del almuerzo. Tras la comida dio un paseo por el jardín, con su esposa. Recibió a su vecino, M. Piot. Redactó luego dos cartas; al atardecer, en la biblioteca, donde tenía además de sus libros, el televisor, se sentó ante la mesa de bridge a jugar un “solitario”, a la espera de la cena. Eran las 19.15 cuando se quejó: “¡Ay! Me duele aquí, en la espalda...”. Eso dijo. Y cayó sobre un lado, sin conocimiento. Los primeros en llegar fueron el doctor Lacheny y el padre Jauguey. El médico detectó la rotura de la aorta abdominal. A las 19.30 horas, Charles de Gaulle había muerto.

Poco después le llegó la información de la muerte del general de Gaulle al presidente Pompidou, quien tenía en su poder desde hacía dieciocho años, un sobre con las últimas voluntades del general de Gaulle. Debía abrirlo sin demora.

Y allí, el general había escrito: “Quiero que mis funerales tengan lugar en Colombey-les-Deux-Eglises. Si muero en otro lugar, deseo que mi cuerpo sea trasladado sin ninguna ceremonia pública. Mi tumba deberá ser aquella en la que ya descansa mi hija Anne y en la que, un día, habrá de descansar mi mujer. Inscripción: Charles de Gau-lle (1890-...) Nada más”.

Decía también: “La ceremonia deberán organizarla mi hijo, mi hija, mi yerno y mi nuera, con la ayuda de mi gabinete, procurando que sea lo más sencilla posible. No quiero exequias nacionales; ni la presencia del presidente, ministros, representaciones de asambleas o cuerpos constituidos. Las fuerzas armadas francesas serán las únicas que podrán participar oficialmente como tales: su participación, sin embargo, habrá de tener unas proporciones modestas, sin música, marchas militares ni toques de trompeta”.

Así continuaban sus palabras: “No se pronunciará discurso alguno, ni en la iglesia ni en ningún otro lugar. No habrá oración fúnebre en el Parlamento. Durante la ceremonia, no habrá lugares reservados, salvo para mi familia, mis compañeros miembros de la orden de la Liberación y el ayuntamiento de Colombey. Los hombres y mujeres de Francia y otros países del mundo que así lo deseen, podrán rendir honor a mi memoria acompañando mi cuerpo hasta su última morada. Pero deseo que sea conducido hasta ella en silencio”. Las últimas palabras de Charles de Gaulle eran estas: “Declaro de antemano que rechazo toda distinción, promoción, dignidad, citación o condecoración, ya sea francesa o extranjera. Si alguna de ellas me fuera concedida, estarían violando mis últimas voluntades”. En su vida, y en su adiós, de Gaulle fue y sigue siendo una figura ejemplar de la historia moderna.

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