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Antes del exterminio de los charrúas

A la formidable serie de obras, referidas a Artigas, le falta una página, el capítulo correspondiente a su relación estructural con su gente. La valiosa historiografía de Artigas, no es nada banal, y culmina con el momento más fulgurante de su vida, cuando dicta: “Nuestra victoria, victoria, victoria es a favor de los orientales” – lo dictó estando en el centro de sus recursos, en Arenrunguá y en la cumbre del poder; en el desierto, a 500 km de Montevideo. Había vencido a todas las Provincias Unidas del Río de la Plata, juntas, el 10 de enero de 1815.
La guerra duró un año, durante el cual Artigas no salió del territorio indígena (La Sierra) ni estuvo presente en ningún combate. Y sin embargo, Buenos Aires reconoció explícitamente que no podía vencerlo, a tal grado, que le ofreció al Emperador de Portugal (en Brasil) que invadiera la Provincia Oriental; y que se quedara con ella, con tal de suprimir al jefe de una revolución que abarcaba la independencia de España, la supresi

A la formidable serie de obras, referidas a Artigas, le falta una página, el capítulo correspondiente a su relación estructural con su gente. La valiosa historiografía de Artigas, no es nada banal, y culmina con el momento más fulgurante de su vida, cuando dicta: “Nuestra victoria, victoria, victoria es a favor de los orientales” – lo dictó estando en el centro de sus recursos, en Arenrunguá y en la cumbre del poder; en el desierto, a 500 km de Montevideo. Había vencido a todas las Provincias Unidas del Río de la Plata, juntas, el 10 de enero de 1815.
La guerra duró un año, durante el cual Artigas no salió del territorio indígena (La Sierra) ni estuvo presente en ningún combate. Y sin embargo, Buenos Aires reconoció explícitamente que no podía vencerlo, a tal grado, que le ofreció al Emperador de Portugal (en Brasil) que invadiera la Provincia Oriental; y que se quedara con ella, con tal de suprimir al jefe de una revolución que abarcaba la independencia de España, la supresión de la monarquía y el establecimiento de una república independiente, igualitaria en toda su extensión imaginable.
Artigas derrotó a la capital porteña dirigiendo a la distancia, los soldados de las principales provincias, sin salir personalmente en ninguna circunstancia, del territorio oriental. Los charrúas cumplieron complicadas operaciones de carácter logístico; y no pocas operaciones correspondientes a la guerra de recursos, un modo creado en el desierto verde de La Sierra: agredir de manera indirecta, espantando las vacas de día o apoderándose de los caballos de noche; dos modos posibles y eficaces en un desierto, capaces dejar al enemigo sin poder comer o sin poder moverse o pelear. En una ocasión, Rondeau le escribe al gobierno porteño:
-- “Siempre vence el que está mejor montado. Nosotros estábamos a pie; el ejército oriental, a caballo. “
Al mismo tiempo, mediante múltiples y pequeñas acciones bélicas a cargo de partidas volantes, la revolución federal hostilizaba a Buenos Aires desde esta Banda. Artigas había montado una agencia de publicidad que un inglés, John P. Robertson, vió con sorpresa:
-- “El Protector estaba dictando a dos secretarios que ocupaban en torno de una mesa de pino las dos únicas sillas que había en toda la choza y esas mismas, con el asiento de esterilla roto.
Para completar la singular incongruencia de la escena, el piso del departamento, de la choza (que era grande y hermosa) en que estaban reunidos el general, su estado mayor y sus secretarios, se encontraba sembrado de ostentosos sobres de todas las provincias (distantes algunas de ellas 1.500 millas de ese centro de operaciones) dirigidas por “Su Excelencia El Protector”.” De todos los campamentos llegaban al galope soldados, edecanes, exploradores.”
Buenos Aires perdía en cada escaramuza; los oficiales se le cambiaban de bando en pleno combate.
Nicolás Herrera, uno de los enviados de Buenos Aires ante El Emperador lusitano, le escribe:
-- “ Las doctrinas pestilentes de los filósofos, que consagrando quimeras bajo los grandes nombres de Libertad e Igualdad, han inundado en sangre la tierra, vinieron a acelerar la desorganización general. … El dogma de la igualdad agita a la multitud contra todo gobierno.”
Los enviados de Buenos Aires no mienten. La guerra federal de Artigas fue decididamente clasista; no admite diferencias de abolengo, ni diferencias de raza, ni aún de cultura; y tampoco distingue entre ricos y pobres.
En el año 1815, hubo un big bang, por una fracción de segundo, cuando los de abajo vencieron, cesó la impenetrabilidad de dos culturas; indios y gauchos fueron fraternos y resultaron asombrosamente ganadores, llevados por el fomes igualitario que movía Artigas. (Fomes: “Causa que excita y promueve algo.”
Pero la región entera quería otra cosa, en vez de la igualdad absoluta. La cultura es un ente que suele estar inmaduro; y la cultura se opuso. Nada enaltece más a quien promovió el “fomes” igualitario y la aplicación del “sistema” federal entre provincias soberanas, que el contraste con el más grande y más representativo de los porteños de todos los tiempos, el atronador Domingo Faustino Sarmiento, que escribió años después:
-- “Tengo odio a la barbarie popular. Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden.... Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas” (Carta a Mitre, 24 de septiembre de 1861).”
“¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado” (El Progreso, 27 de septiembre de 1844).
La prédica de Sarmiento agregó desprecio a la soberbia porteña y complicó sin ningún provecho, el nacimiento de la República Argentina, federal e igualitaria.
Terminé un estudio titulado “El libro de Artigas” sobre las Instrucciones del año XIII y me quedé pensando una vez más en el arranque de la Banda Oriental, diferente a todos los pueblos de América Latina.
Artigas sirvió de un modo u otro, a una solución opuesta a la metrópolis imperial y opuesta a crear un poder personalizado, ajeno a la esencia del ser republicano: la ciudadanía según él, debía ser dueña de sustituir a quienes gobiernan, durante un periodo predeterminado. Esta sustitución es de la esencia del sistema y no la admitían San Martín, O´higgins, ni Bolivar…. Artigas creyó que los más desgraciados podían alcanzar la magnitud civil de “ciudadanos”. Y creyó mucho más: creyó que dos culturas separadas por siglos de historia, podían concertarse, fundirse en una, tal cual estaban armonizadas en su fuero íntimo.
Y tanto lo creyó, que los demás, le creyeron. Artigas fue un ícono vencedor de la impenetrabilidad de las culturas.
Dos edades separadas por milenios, pudieron congeniarse; y esa fantasía fue aplicada con tanta fe, que se cumplió en los hechos: mientras “el sistema” ganaba, durante la guerra federal, en los meses que culminan en Guayabos. El mundo actual favorece la comprensión de lo que estoy diciendo, es una y mil veces incompatible; es global, pero exasperado. La geografía se mueve; la gente viaja y por sobre todo, se conecta torrencialmente por Internet. Aun en las culturas más sólidas, se siente la presión de otras culturas imposibles de admitir. En principio, lo diferente resulta malo y peligroso.
Nadie deja de formarse, sea para bien o sea para mal. Fernando Savater no se equivoca, cuando lo muestra como si fueran vientos entrecruzados, arrasadores, los empujes culturales adversos a muerte.
Gasto esta disquisición para ganar el derecho a decir que Artigas protagoniza una rara experiencia creadora. Su vida pública duró muy poco, tuvo poder durante menos cinco años. Y en ese lapso, viró el sentido del coloniaje (una invasión a sangre y fuego). Nació desde entonces un aprecio humanístico memorable por ciertos valores; ese es el color de su bandera, el alma republicana que unió a los diferentes.

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