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Un espíritu andariego

Se cumplen (mañana) 25 años del adiós del ilustre escritor húngaro Sandor Marai, autor de una novela que goza del interés de todos los lectores, llamada “El último encuentro”. Para recordarlo, tenemos a la mano otro libro no menos emotivo, enteramente personal. Hablo de sus memorias, que tituló “Confesiones de un burgués” (Salamandra/Gussi), en cuyas páginas recrea con melancolía sus momentos esenciales. Estas memorias, que podríamos definir como las aventuras de un espíritu andariego de alma refinada, nos ayudan a comprender mejor su obra, donde destellan “El último encuentro” y “Divorcio en Buda”, libros que lo han convertido en uno de los maestros literarios del siglo XX.

Se cumplen (mañana) 25 años del adiós del ilustre escritor húngaro Sandor Marai, autor de una novela que goza del interés de todos los lectores, llamada “El último encuentro”. Para recordarlo, tenemos a la mano otro libro no menos emotivo, enteramente personal. Hablo de sus memorias, que tituló “Confesiones de un burgués” (Salamandra/Gussi), en cuyas páginas recrea con melancolía sus momentos esenciales. Estas memorias, que podríamos definir como las aventuras de un espíritu andariego de alma refinada, nos ayudan a comprender mejor su obra, donde destellan “El último encuentro” y “Divorcio en Buda”, libros que lo han convertido en uno de los maestros literarios del siglo XX.

Nacido en 1900, en la ciudad húngara de Kassa (hoy pertenece a Eslovaquia), Sándor Márai se marchó de su país en 1948, cuando la llegada del régimen comunista. Naturalmente, de inmediato se prohibieron sus libros en su patria. Pasaron decenios hasta que pudieron ser publicados. Y entonces fue redescubierto por los suyos, y descubierto por el mundo entero. Hoy es valorado como una de las grandes plumas de las letras modernas. En 1989, Sándor Márai se quitó la vida, en California, sin imaginar, por cierto, de qué manera su obra seduce sin parar a los lectores.

“Confesiones de un burgués” es un libro escrito a los 34 años. Sorprende, de entrada, por su madurez. Narra al comienzo la infancia en una pequeña ciudad, la vida cotidiana, muestra las calles burbujeantes de vida y nos habla de los mínimos detalles cotidianos, como, por ejemplo, la infaltable escena de caza en los cepilleros del recibidor de cualquier lugar.

Con el tiempo, le toca el alma la seducción de la literatura. “Puedo decir sin exagerar que la burguesía de fin de siglo de nuestra provincia necesitaba los libros como el pan de cada día”, escribe. “Raro era el día en que una persona culta de la clase media no leía algo en la cama, unas páginas de algún libro nuevo o de grato recuerdo”. Asistimos, así, a la formación de los gustos que aflorarán en el futuro gran escritor, mientras a su alrededor vemos desarrollarse y expandirse un mundo bullicioso, que entra sale de su vida, y que, con su pluma, el oro de su memoria recupera.

Hacia 1914, esa plácida existencia se ve truncada. Sándor Márai es llamado a filas. Terminada la guerra, su familia lo envía a Alemania; allí se dedica al periodismo. Comienza una vida andariega por Leipzig, Weimar, Berlín, y acaba convirtiéndose en un testigo lúcido, privilegiado, de la transformación del continente.

Dos ciudades, París y Londres, se convierten en universos sustanciales de su espíritu. París le impresiona como una ciudad “sucia, maloliente, destartalada”, aunque, sin embargo, él y su mujer, que fueron por un mes, se quedaron seis años. Lentamente París les conquista, y así, descubre los encantos de los cafés de Montparnasse, conoce famosos escritores franceses y otros llegados desde más allá, como Miguel de Unamuno, del que recuerda su confianza en España. De Londres, que lo seduce de inmediato, realiza una aguda pintura; si bien la encuentra muy silenciosa y disciplinada, la nota un poco más triste. El espíritu inglés le dicta, aquí, páginas memorables.

Al igual que sus libros de ficción, estas memorias de Sándor Márai resultan emocionantes y profundamente conmovedoras. Quien lo lee, no lo olvida.

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