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Un espejo de su tiempo

Nombrar a Javier de Viana (descendiente del primer Gobernador de Montevideo, el Mariscal José Joaquín de Viana), es recordar al más prolífico escritor de temas gauchescos del Uruguay. Un clásico de nuestras letras. Fue estanciero, y murió en la pobreza.

Nombrar a Javier de Viana (descendiente del primer Gobernador de Montevideo, el Mariscal José Joaquín de Viana), es recordar al más prolífico escritor de temas gauchescos del Uruguay. Un clásico de nuestras letras. Fue estanciero, y murió en la pobreza.

Como periodista de envidiable pluma dejó su sello en las páginas de "El País". Fue, joven, revolucionario en las filas del Partido Nacional, en Quebracho y en 1904. Alma entusiasta y altiva, levantó el vuelo hace ochenta y ocho años.

En "Villa de Nuestra Señora de Guadalupe" (Canelones) nació Javier Nieves de Viana, el 5 de agosto de 1868. Está documentado en la partida número 384, inserta en folio 136, del libro 12 de Bautismos de aquella Parroquia, donde se establece que el niño, hijo de Joaquín de Viana y de doña Desideria Pérez ("naturales del país y vecinos de esta Villa"), fue bautizado por el Presbítero Andrés Bañati.

Javier de Viana se crió en la estancia paterna. Y recordaba: "No sabía leer en los libros, pero sabía hacerlo en la naturaleza, y cuando me enviaron a la capital para iniciar los estudios elementales mi alma iba imbuida de inmenso amor a lo bello, a lo noble, a lo fuerte y a lo justo".

Su obra literaria cuenta con numerosos cuentos, reunidos en diversos libros. Es verdad que no pocos de ellos permanecen aún dispersos en diarios y revistas en ambas márgenes platenses. A su pluma debemos novelas clásicas de nuestras letras, como "Campo" y "Gurí". Y, asimismo, títulos entrañables como son sus "Crónicas de la Revolución del Quebracho" así como el titulado "Con divisa blanca" (Ediciones De la Plaza). En este último, Javier de Viana recoge "una dolorida y heroica circunstancia", al decir del Dr. Enrique Beltrán en el prólogo de esta obra.

Javier de Viana fue un conocedor profundo de lo que pasaba en su época, dentro y fuera de fronteras. Era un hombre de su tiempo. Por lo demás, en cuanto hombre de letras, fue un escritor naturalista y realista, y su obra tenía no pocos rasgos del modernismo.

De Viana pintó al gaucho con trazos vigorosos y creó algunos personajes que no se olvidan. Tras sus huellas, hacia los años 30, llegó a nuestra literatura una nueva generación, con autores como Morosoli, Santiago Dossetti y Espínola, quienes mostraron una nueva visión de la literatura rural. No hablaron del gaucho, desdibujado en el horizonte histórico, sino del paisano, el hombre de a pie, como decía Morosoli.

A Javier de Viana, un hombre alto y delgado, de tez aceitunada, cabellos oscuros y mirar profundo, le gustaba vestir de gaucho o bien trajeado de negro. Enfermo y muy pobre, murió en La Paz, el 5 de octubre de 1926, a los cincuenta y ocho años.

A partir de entonces, sus personajes trabajan por su memoria. Me refiero a sus gauchos, hombres que miran los campos desde la altura del caballo y protagonizan historias donde las aventuras y el riesgo se dan la mano. Por ellos, Javier de Viana es un clásico de nuestras letras. Un autor muy nuestro, al que enriquecen los años, a pesar del olvido que cubre estas zonas de nuestra literatura.

Sus libros nos devuelven las pasiones de aquellos seres un poco rudos, hombres de otra época y otro tiempo, que se templaron en la soledad, en el áspero paisaje, y que tuvieron (al decir de Borges) un solo lujo, el coraje. De Viana, como Chéjov, es un espejo del alma de su tiempo.

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